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Impasse en Ucrania, alivio en una Europa escindida


(Tiempo de lectura: 6 - 12 minutos)

Todas las miradas se dirigen hacia Ucrania. Hoy se encuentra en el vórtice de una tormenta geopolítica de alcance inusitado. Lo que está sucediendo puertas adentro y en torno de este país eslavo y ex soviético, pareciera haber removido las placas tectónicas sobre las que se asienta la estabilidad mundial. Rusia se muestra en ascuas por la presión de la OTAN para meterse en Ucrania, vecino meridional de la Federación Rusa. Hay movimientos de tropas a uno y otro lado de la frontera común. Sobre el área planea la sombra de una guerra de alcance insospechado, solo posible en caso de que no prosperasen las negociaciones, hoy afortunadamente, en marcha. Hay animus negotiandi, propósito de negociar, como lo prueban propuestas rusas y estadounidenses, recién conocidas, que figuran encima de la mesa. Pero la complejidad de la contienda es enorme. Adentrarse en una charada como la que implica la actual crisis en ese país de la Europa oriental invita a una pequeña expedición hacia la Historia, donde suelen hallarse hondas raíces de los grandes conflictos.

“El Este y el Oeste de Europa deben permanecer siempre divididos”. Tal es la sentencia aplicada a las relaciones mundiales por Estados Unidos desde 1945. La heredó de Inglaterra que, a su vez, la aplicaba ininterrumpidamente desde el siglo XVIII para hacerse con el dominio de los mares; tal poderío naval le procuraría, a partir de entonces, la hegemonía mundial. Aquel axioma sería reformulado por el inglés Haltford McKinder (1861-1947), geógrafo, diplomático, consejero de la Corona británica y Comisionado en la Guerra Civil rusa de 1919 como connotado antibolchevique.

Es sabido que el geógrafo y estratego McKinder dividía el mundo en seis zonas, aunadas en tres que, a grandes rasgos, las constituían los mares, los litorales y la tierra firme continental. En esta última se hallaba Eurasia, que constituía, según él, “el corazón del mundo”. Y establecía un silogismo según el cual “quien domine los mares, dominará los litorales y quien domine los litorales, dominará Eurasia”, el enorme continente de tierra firme que abarca desde España, en el Extremo Occidente europeo, hasta la fachada de Rusia y China al Pacífico, en el Extremo Oriente, incluyendo, claro está, la India, la Península arábica y la Europa Oriental. En base a ello, el poder mundial deberá concentrarse en el control del denominado por Mackinder “pivote del Mundo”, es decir, la bisagra de Eurasia, que se encuentra, precisamente, en la Europa del Este donde Ucrania se ubica.

Para desgracia de Europa continental, el fin de la Segunda Guerra Mundial no trajo una paz desarmada. Cargada de implicaciones políticas y militares, aquella sentencia axiomática, que predica la permanente escisión de Europa en dos áreas divididas y enfrentadas, a mayor gloria del poder hegemónico anglosajón mundial, se transformó en doctrina geopolítica, duradera hasta nuestros días. Y ello porque Estados Unidos la integró plenamente en su conducta geopolítica y se atuvo a ella desde entonces hasta hoy mismo: fue su principal fruto la OTAN, alianza político-militar nacida en 1949 y pilotada por Washington., adentrada primero en Europa Occidental, recientemente ampliada a Europa Central y, tras haberlo hecho ya en Polonia, Rumanía, República Checa, Eslovaquia, Hungría y Bulgaria, hoy muestra fuertes pulsiones por penetrar en Ucrania. He aquí una de las claves principales del problema que agita hoy Europa y conmueve las placas tectónicas de la geopolítica.

Bien. Pues tenemos un nuevo conflicto en el corazón de la Tierra. Y esta contienda ahonda la brecha divisoria de Europa. En líneas generales cabe decir que Ucrania (¿U Cronos, más allá del tiempo?), donde nació la Rusia histórica, se independizó de la antigua URSS en un proceso iniciado tras la desmembración soviética a partir de 1989. Fue entonces cuando George Bush padre, presidente de los Estados Unidos de América y exdirector de la CIA, y su Secretario de Estado, James Baker, prometieron solemnemente a Mijail Gorbachov, líder de la URSS, que tras la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Estados Unidos y la OTAN no avanzarían “ni un centímetro más en las fronteras de Rusia”. Así lo publica M.E. Sarotte en su reciente libro “Not one inch”, ya en el mercado estadounidense.

El caso fue que Rusia perdió a partir de entonces 15 repúblicas que se desplegaban desde el Asia Central hasta su frontera occidental entre el Mar Báltico y el Mar Negro: los tres países bálticos, Letonia, Estonia y Lituania, Bielorrusia, Moldavia y Ucrania, ésta en la zona meridional euro-oriental.

Unificada Alemania con la aquiescencia de Rusia para integrarse unida en la OTAN, las antiguas Repúblicas Democráticas Populares de Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía y Bulgaria, hasta los años 90 adscritas al bloque soviético, salieron de él y del Pacto de Varsovia, acuerdo militar creado en 1953, hegemonizado y disuelto por la URSS. Comenzaron entonces distintos procesos para integrarse aquellos países en la Unión Europa.

Al igual que sucediera en España en los años 80, la OTAN presionó a los países del Este para meterlos en la Alianza militar hegemonizada por Washington, como condición sine qua non para hacer posible su entrada en la Unión Europea. Eso es lo que, a juicio de analistas, expertos y estudiosos, ha sucedido como fenómeno básico desencadenante de la crisis de Ucrania. Y ello pese a que hubo países, como en un principio Irlanda, y hoy, como lo son Suecia, Austria o Finlandia, integrados en la Unión Europea y ausentes de la denominada Alianza Atlántica.

Acercamiento fallido a la UE

Antes de la crisis entre Ucrania y Rusia de 2014, el Gobierno de Kiev mantuvo contactos con Bruselas, sede comunitaria, para integrarse en la Unión Europea; el entonces Presidente Víktor Yanukovich entendió que, dadas las rígidas exigencias fiscales, presupuestarias, democráticas y anticorrupción impuestas para acceder a la Unión, resultaba más ventajoso entonces para Ucrania pactar acuerdos económicos con su vecina Rusia. Y ello, ya que las consideraba mejores habida cuenta de la dependencia energética ucraniana hacia el gas ruso, entre otras razones. Fue entonces cuando la UE congeló los fondos ucranianos y sobrevino allí un golpe de Estado encubierto, arropado en una la denominada revolución naranja seguida por miles de manifestantes, tras la cual el presidente ucraniano Yanukovich fue derrocado y huyó. La tensión, con ribetes militares, escaló hasta el enfrentamiento, pero tras un año de escaramuzas, quedó en sordina en función de acuerdos ruso-ucranianos adoptados en la ciudad Bielorrusa de Minsk, en 2015. El incumplimiento de aquel acuerdo ha sido denunciado ahora por ambas partes.

Previamente Crimea en 2014, península histórica y salida natural de Rusia al Mar Negro, que había sido cedida en 1954 a la República Socialista Soviética de Ucrania por el secretario general del Partido Comunista de la URSS, y ucraniano de origen, Nikita Kruschev, se declaró República Autónoma contra los deseos de Kiev; celebró un referéndum aprobado mayoritariamente por la población pro-rusa –bajo atenta vigilancia de Moscú- y fue incorporada a la Federación Rusa. Las poblaciones pro-rusas de Donestk y Lugansk, la rica región minera de Donbas, emprendieron caminos semejantes y se distanciaron política y económicamente del gobierno ucraniano de Kiev. Moscú recibió graves sanciones económicas de Estados Unidos y la Unión Europea por todo aquello y sus repercusiones llegaron a sectores agroalimentarios occidentales, como concretamente el de los exportadores españoles de cítricos, con cuantiosas pérdidas para el sector.

Los dirigentes gubernamentales ucranianos, aleccionados por Londres y Washington, se propusieron entonces estrechar lazos militares y armamentísticos con la OTAN. Esta ya se había visto ampliada a 8 Estados de la antigua órbita soviética y vecinos de Rusia. Al sobrevenir la demanda ucraniana de integrarse en la OTAN, ante la posibilidad de que ello implicara el despliegue de armas consideradas amenazantes por Moscú, Vladimir Putin, presidente de la Federación Rusa, desplegó tropas en una cantidad estimada en 100.000 efectivos y en la linde limítrofe con Ucrania, según unas fuentes y, según fuentes distintas, a 300 kilómetros de su frontera. Ucrania, por su parte, movilizó de manera semejante sus tropas.

La situación se agravó tras la denuncia, por parte de Vladimir Putin, de que Estados Unidos había vulnerado los pactos de hace tres décadas para mantener desmilitarizada la fachada occidental de Rusia, como demostraba la instalación de la OTAN en los países precitados y anunció que no estaba dispuesto a tolerar que la Alianza Atlántica se adentrara en Ucrania. Y ello, ya que a sus miembros en la zona, Washington acostumbra proveerles de sofisticadas armas, como misiles Tomahawk –ya instalados en Rumanía y Bulgaria-, aviones de combate de última generación y otras refinadas clases de armamento entre las que los observadores no excluyen armas nucleares tácticas.

Por su parte, Estados Unidos, a través de Joe Biden, interpretó que Ucrania estaba amenazada y, mediante una dura réplica, anunció que no toleraría invasión alguna de Ucrania, amagando a Moscú con duras sanciones económicas y movimientos militares de sus aliados de la OTAN. Londres, como acostumbra, secundó la admonición de Biden.

Para complicar más las cosas hay que recordar que el actual presidente estadounidense estuvo a punto de perder su candidatura presidencial en la campaña electoral hacia la Casa Blanca tras las graves acusaciones contra un hijo suyo sobre supuestas conexiones financieras ilícitas con el Gobierno ucraniano; así lo denunció, sin éxito, el candidato republicano y presidente, Donald Trump, acusado a su vez de condicionar una ayuda oficial a Ucrania mientras Kiev no denunciara a Biden.

Las cosas llegaron recientemente a un punto en que el mismo presidente de Ucrania, Zelenski, en medio de la refriega, llegó a culpar a Estados Unidos de haber creado una situación prebélica que calificó de “irreal” y muy onerosa para su país, sobre todo, desde el punto de vista económico, con fuga de importantes inversionistas extranjeros.

Fouché, un Maquiavelo visionario

En la Federación Rusa, la historia nos cuenta una anécdota cuyos efectos perduran sobre la escena. Tras la victoria de Napoleón en Austerlitz, en 1805, entonces en la cresta de la ola de su poderío y empeñado en invadir Rusia, preguntó su opinión a su ministro y principal consejero, Josep Fouché (1759-1820): -“Sire”, le respondió, “en Rusia existen dos partidos: el de los viejos rusos, que nos odian y el de los nuevos rusos, que quieren entenderse con nosotros; cuanto más acerquemos nuestras tropas a las fronteras de Rusia, más se echarán los nuevos rusos en brazos de los que nos odian”.

Algo parecido sigue sucediendo allí. Tras la implosión de la URSS, una parte sustancial de las cúpulas política y económica del país se inclinaba por abrirse a Europa, ya despejadas las rivalidades ideológicas subyacentes a la Guerra Fría. Desde Europa Occidental muchos lo vieron, también, deseable, necesario y viable, con la esperanza de inaugurar una etapa de paz desarmada, de cooperación y aproximación unificadora y reconciliadora de Europa consigo misma, dentro de un compartido contexto euroasiático. De consumarse aquel anhelo, además de redimensionar las relaciones euro-estadounidenses fortaleciéndolas amistosamente junto con la autonomía política continental, permitiría inaugurar una fase de armonía también con China, vecina a su vez de Rusia, con su potente designio comercial y su enorme poder de venta ante un ávido comprador como lo es Europa.

Pero los estrategos de Washington, espoleados por el complejo militar- industrial norteamericano, instalados en una muy crematísticamente rentable e inercial rusofobia derivada de la Guerra Fría, decidieron perpetuar el viejo axioma de McKinder de mantener dividida a Europa a toda costa. Retuvieron sus tropas estacionadas en Alemania, sus bases en Inglaterra, Italia y España, más su VI Flota en el Mediterráneo. La OTAN extendió incesantemente su presencia hacia la bisagra oriental del Viejo Continente fronteriza con la Federación Rusa y Moscú, durante treinta años, transigió, incluso ofreciéndose en el año 2000 a integrarse en la Alianza, propuesta de Vladimir Putin a la sazón rechazada. Entonces, el partido de los viejos rusos, en boca del ministro napoleónida Fouché, se blindó, fortificado por los decepcionados nuevos rusos, y asumió una actitud de evidente rencor por el desdén recibido de Washington y por la aproximación militar a sus fronteras. Si en la Guerra Fría, las tropas estadounidenses estacionadas en Alemania occidental distaban 2.000 kilómetros de la ciudad de Leningrado, hoy se encuentran apenas a 150 kilómetros de la misma ciudad, rebautizada San Petersburgo.

Rusia, problemas internos

Rusia tiene problemas internos, qué duda cabe. Tras el desmembramiento de la URSS, la esperanza media de vida descendió allí diez años. Hoy remonta gradualmente. Sin embargo, ciertos hábitos autoritarios no han desaparecido de las prácticas políticas allí aplicadas y la democracia tarda en asentarse, sobre todo si Moscú cree percibir, como lo hace obsesivamente, infiltraciones foráneas al respecto. Tiene fronteras con 16 Estados, lo cual convierte su custodia en una fijación perenne para sus gobernantes.

Con 144 millones de moradores y un aparato productivo considerable, goza de tradiciones culturales, académicas, artísticas y deportivas evidentes; posee una estructura estatal sólida, multiconfesional y multiétnica y es, para Europa Occidental, un socio potencial muy relevante –que se lo pregunten a Alemania-; dados su potencial energético, sus materias primas y minerales, su presencia en el espacio exterior y la infinita extensión siberiana cargada de posibilidades desde los Urales hasta el Océano Pacífico, la Federación Rusa es, sin duda, una gran potencia, dotada de un muy considerable arsenal nuclear y perteneciente al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

La pretensión de algunos supuestos estrategos anglosajones de fragmentar Rusia, como hicieron con Yugoslavia, incluso la de reducirla a un Estado fallido, como hemos visto hacer en Irak, Libia, Yemen o como lo intentan en Siria, cobra visos fantasmagóricos. Menos mal que la cordura se ha impuesto y tanto Moscú como Washington se han comprometido a abrir conversaciones con ofertas negociadoras concretas –y complejas- sobre la mesa. No hay muchas esperanzas de conseguir grandes avances, por lo que la preservación del statu quo ante, dada la tensión militar latente, desencadenada hace apenas unas semanas, podría ser ya considerada como un éxito.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.


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