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EL PERIÓDICO
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La acción y el discurso


La esfera de lo propiamente humano

El “homo faber” construye el mundo pero no habita en él. Para vivir en el mundo, tiene que transformarse en el hombre de acción. La acción y el discurso, constituyen la esfera de lo propiamente humano. Hannah Arendt se apoya en Aristóteles, para aclarar esta excelencia de la acción: el humano sólo lo es, cuando actúa no condicionado por las necesidades de la vida. La acción es el resultado de la pluralidad y la natalidad. La pluralidad consiste en que los hombres, siendo iguales por nacimiento no lo son cuando actúan y hablan, para explicar sus propósitos y decisiones a otros hombres, en un espacio público compartido. La natalidad, como requisito de la acción, le fue descubierta a Arendt por San Agustín (El concepto del amor en San Agustín: ensayo de una interpretación filosófica). Se trata de su tesis doctoral publicada en 1929 en Berlín). “Para que hubiera un comienzo fue creado el hombre”. El hecho de nacer, significa que algo comienza con la llegada de un nuevo ser a la tierra, porque el recién llegado tiene la facultad de hacer cosas. La libertad, en el sentido kantiano de espontaneidad, o capacidad para iniciar una serie de acontecimientos y poner en marcha procesos, que no habrían existido sin una decisión.

La acción es inseparable de la palabra. Y sin el discurso que acompaña necesariamente a la acción, tampoco habría vida humana ni historia. Acción y palabra, son los dos ingredientes que determinan la forma específicamente humana de habitar la tierra, tanto a nivel individual como colectivo, en la biografía y en la Historia Universal. El alguien nacido, tiene el privilegio de ser un uno. Y por tanto, afirma Arendt, nadie “estuvo allí antes que él”. Pero este privilegio es inseparable del otro, el de la palabra:

“Si la acción como comienzo corresponde al hecho de nacer, si es la realización de la condición humana de la natalidad, entonces el discurso corresponde al hecho de la distinción, y es la realización de la condición humana de la pluralidad, es decir, de vivir como ser distinto y único entre iguales”. (Condición Humana” 1974).

Quien actúa tiene que presentar sus intenciones y propósitos a los demás hombres: “La acción sin discurso ya no sería acción, porque no habría actor, y éste, el agente de los hechos, solo es posible si, al mismo tiempo, pronuncia palabras. La acción que él inicia, se revela humanamente por la palabra”. Pero Arendt está muy lejos, de las simplificaciones de los manuales de moralidad. Siempre insiste en la imprevisibilidad de la acción, porque ésta escapa a las intenciones del actor, y porque es respondida por otros que, a su vez, la interpretan y modifican. Margaret Canovan subraya la insistencia de Arendt, en la necesidad de “proteger la estabilidad del mundo humano, contra la iniciativas anárquicas” de las nuevas generaciones que, por el misterio de la natalidad, se incorporan al mundo en marcha. Y argumenta con razón, que esta conciencia de la extrema fragilidad de la acción, es una de las causas del “aire conservador que advierte en muchas de las acciones de Arendt”.

Arendt separa, para luego volver a unir, acción y discurso, porque quiere que se entienda bien, el punto más oscuro de la acción humana. Ni en el teatro del mundo ni en la “polis”, el actor puede reclamarse “autor” de su propia acción, en un aspecto esencial:

“Aunque todo el mundo comienza su vida, insertándose en el mundo humano mediante la acción y el discurso, nadie es autor o productor de la historia de su propia vida. Dicho con otras palabras, las historias resultados de la acción y el discurso revelan un agente, pero este agente no es autor o productor. Alguien la comenzó y es su protagonista, en el doble sentido de la palabra, es decir, actor y paciente, pero nadie es su autor”

(“Condición Humana” 1974)

Y lo que vale para la biografía personal, vale para la Historia. Una historia, según Arendt, sin sujeto y sin demiurgo platónico, o espíritu del mundo que ordene el devenir de las cosas, y susurre al filósofo el sentido de la historia. No, nada de eso. La Historia universal no es sino “el libro de las narraciones de la humanidad, con muchos actores y oradores, y sin autores tangibles”, porque lo único que hace la historia, y por tanto aquello que la constituye en su esencia, es una pluralidad de hombres actuando y hablando, en un espacio público compartido. “La acción carece de fin”. Por eso mismo, el relato de la historia puede tener muchos comienzos, pero ningún fin. Las filosofías de la historia que le postulen un fin, son falsas de raíz.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

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