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Una mirada urgente a la adolescencia


El mes de septiembre suele mostrársenos con un sabor agridulce. Acaba el buen tiempo y el cambio de estación preludia el comienza del rigor laboral o la necesaria aplicación escolar posteriores a las vacaciones. Este desenlace resulta ser muy agrio. Y percibido como muy dañino, también para y por los adolescentes, segmento social tan importante como denostado: apenas hay relato, libro o película donde la adolescencia no resulte maltratada. En casi todos estos medios sale malparada, criticada y ridiculizada. Muchos adolescentes se han blindado tras los muros de la telemática, telefonía más informática, y en ella permanecen atrincherados. Es el único dominio donde, según creen, no se les agrede tanto.

Hay muchas interpretaciones posibles y legítimas al respecto. La que aquí se propone sitúa el origen de este específico maltrato social hacia los adolescentes en la incomprensión generalizada del fenómeno de la adolescencia. Esto lo saben bien los mejores enseñantes, aquellos adultos que luchan denodadamente a favor suyo, para guarecerla de tanta insidia y con suficiente empatía como para saber indagar qué es lo que sucede en el interior de los adolescentes y en qué consiste el desconcierto que suele asociarse a la adolescencia.

No tratan de amistarse con los pre-jóvenes, cuestión que suelen considerar secundaria, porque la cuestión prioritaria consistirá para ellos en averiguar el origen de su desazón y los medios con los cuales cabe orientarles hacia una salida conforme a ellos mismos. Al modo socrático, los mejores entre los educadores no se plantean decirles qué deben hacer, sino despejarles las cuestiones menores y situarles ante las grandes preguntas que solo el adolescente habrá de averiguar, poco a poco, cómo responder, en un proceso que comienza entonces y abarcará toda su vida.

Transformación conflictiva

Y lo que algunos de los mejores maestros dicen es que la adolescencia consiste en una edad, vinculada a un estado de ánimo, en la que el ser humano experimenta conflictivamente una transformación profunda que abarca el tránsito entre la infancia y la juventud. A veces, la hondura de esta transformación se torna insoportable para quien la experimenta. Por ende, su insoportabilidad se ve proyectada hacia quienes rodean al adolescente. Tanto el cuerpo como la mente del afectado se expanden entonces a una velocidad generalmente tan acelerada, que el intento de ajuste al nuevo estado provoca desequilibrios evidentes. Y molestos, que no cesan hasta el acceso a un reacomodo que no llega sino a través de un laborioso proceso.

Dada la manía, tan extendida entre tantos adultos, de analizar tan solo los efectos y no las causas de cuanto sucede, la incomprensión al respecto se perpetúa y la adolescencia queda socialmente orillada a un lado, de tal manera que el desconcierto de quienes sufren su instalación y consecuencias se prolonga indefinidamente. La hegemonía del mundo adulto yergue entonces su lógica aplastante hasta la cima del proceso y contribuye, tal vez inintencionadamente, a aislar cada vez más al adolescente y a desesperar a sus allegados.

Introspección inquietante

Hacia adentro, el adolescente, cuando es tal, ve su mente abismada hacia una introspección que percibe como inquietante. No sabe qué va a encontrar dentro de sí mismo. Surge, además una suerte de escozor cordial, palpitante, por el preludio vital en el que se encuentra. “El placer está en la víspera”, señalaba el poeta francés. Pero la mocedad no sabe cuál va a ser el desenlace que le aguarda. Lo más adverso para su interés es que desconoce que solo la percepción plena de sus sentidos, vista, oído, tacto y gusto, más la reflexión racional sobre todo cuanto le acontece, van a ser las mejores brújulas para orientarse en el todavía oscuro laberinto que se abre ante su mirada.

Asistido por esas dos importantes muletas, sentidos y razón, para acceder a la comprensión de la realidad circundante, le cabe arribar al gozoso puerto de la juventud donde le aguardan nuevos retos. Pero, fatalmente y en demasiadas ocasiones, desalentado por la incertidumbre, el adolescente acostumbra desertar de iniciar este trayecto hacia sí mismo guiado por sus sentidos y sus reflexiones. Por fallos generalmente atribuibles al sistema económico, a la configuración del poder, a los sistemas educativos trazados para reproducir la desigualdad social y a sus efectos sobre los esquemas familiares resultantes, y, señaladamente, a la falta de la atención requerida por cada individuo para madurar, el adolescente no ha podido descubrir la potencia de la razón, de la que podría echar mano, ni la pujanza sensorial con la que podría contar para sortear la ristra de obstáculos que le salen al paso. Se le niega así la capacidad que le permitiría percibir la realidad en toda su creadora plenitud. Bastante tiene con afrontar las proyecciones tan adversas que sobre él recaen.

Frente a las visiones idílicas de la adolescencia, como fase esperanzada de la vida, otras miradas señalan, con fundamento, que se trata de una época agónica, en el sentido griego de la combativa agoné, donde entre zozobras tristezas y afanes se va a dirimir el primer desafío para trazar el rumbo que cada vida habrá de tomar.

Diversidad de hipótesis

También aquí, como en casi todos los escenarios vitales, las diferencias de género trazan sus propias fronteras y circuitos. Hay criterios, más o menos fundados, según los cuales, la cultura secular dominante hizo que las niñas desplegaran durante la primera infancia un mayor contingente léxico, cuyas dimensiones amplían el horizonte de su propia realidad. Por el contrario, según esta reflexión, los niños, al movilizar generalmente menores recursos de lenguaje, accederán a la adolescencia con menor sensibilidad que ellas.

Pero, si bien en un principio, un arranque vital basado en la inteligencia infantil femenina constituía una ventaja, al llegar a la pubertad, las niñas interiorizan hacia sí, de manera más honda, el mensaje de refreno, cuando no de represión, que las superestructuras patriarcales de la vida en comunidad a todos nos demandan. Los niños, no obstante, ya que culminan el tránsito con un menor contingente de sensibilidad y de inteligencia, sufrirán en menor medida los desgarros de tal tránsito y su emancipación de las ataduras sociales les resultaría más fácil.

Empero, hay motivos fundados para considerar como muy mecánica esta distinción tan tajante entre niños y niñas, sin tener en cuenta los nuevos supuestos analíticos que han incorporado visiones mucho más precisas, transversales y ricas sobre la problemática de género, la sexualidad y la autoconciencia de la mocedad.

Atajos químicos

En ocasiones, cuando el adolescente se instala en el desconcierto, surge el acecho de aquellos individuos que les ofrecen potentes atajos –químicos- para acallar la sensación de impotencia que se apodera de él y el pánico que concita en ellos la introspección. Nunca le hablan del deterioro vital, orgánico, neurológico, mental y psíquico que esa vía le reserva. Para que caiga en la tupida malla adictiva de la que tan difícilmente podrá escapar, será preciso que previamente, quede bloqueada su propia capacidad sensorial, la única que le puede asegurar la plenitud que le hubiera permitido alcanzar el armonioso equilibrio creador, cuyo corazón y cuya mente le anuncian, pero al que cree, descorazonado, que no puede o no sabe acceder. Y es en ese momento cuando con ensordecedoras oleadas de decibelios, percusiones desenfrenadas, cegadores reflejos y emociones salvajemente inducidas, sea cromáticas –recordemos la psicodelia de nuestro no tan lejano pasado-, icónicas o simbólicas, se produce algo muy similar a un cierre completo de la conexión adolescente con el entorno social. Los sentidos se ven colapsados por una descomunal carga emocional e irracional así inducida.

Si la felicidad consiste en salir al mundo y dejar que el mundo penetre en cada uno de nosotros, como subrayara el filósofo Jorge Guillermo Federico Hegel, en este preciso punto de la encrucijada vital adolescente, el individuo mozo, enredado en tan prieta red dependiente de un agente externo que no puede controlar, se ve atrozmente escorado y arrinconado hacia el aislamiento; el gozo del hallazgo sensorial, vista, oído, tacto, sexo, de los tesoros que habitan en su interior y en su contorno, que la racional introspección cabal podría procurarle, se ve trocado por una atroz presencia de cierta forma de nihilismo autodestructor, el rostro hueco de la nada, la misma nada que preludia la que será su muerte como individuo. Muerte completa a la que, de no corregir el rumbo, sus pasos inexorablemente le conducirán. ¿Moralina? Preguntarán algunos. No. Más bien, realismo. Tal es lo que desgraciadamente acostumbra suceder.

Este circuito lo conocen muy bien los mentores que idean las sustancias que comercializan los traficantes de estupefacientes, los mismos que se ceban en idear cómo allanar criminalmente el territorio adolescente, movilizando para ello recursos de todo tipo, desde determinadas compañías discográficas, hasta supuestos artistas que desconocen que la libertad creativa de la que se reivindican, para ser tal, se encuentra estrechamente conectada a la responsabilidad social. Y resulta irresponsable que seres en formación como lo son los adolescentes, se vean asaeteados por estímulos químicos tan adictivos y tóxicos como aquellos con los que los capos de los traficantes les acosan de continuo. La obtención del placer inmediato, truncará la posibilidad del gozo humano recreado por los sentidos.

Hay, sin duda, toda una constelación de problemas sociales y políticos que a escala micro o macro ceban esta deriva, no cabe la menor duda. El narco es a escala mundial un poder fáctico evidente. La reciente caída de Afganistán en manos de los talibanes –tampoco quedó casi nada asegurado en manos estadounidenses- preludia una expansiva fase de irrupción mundial de los opiáceos. Su materia prima, en un 90% según informes fiables de Naciones Unidas, se produce en los valles del país afgano, hoy bajo el control casi pleno de los enturbantados y machistas estudiantes coránicos, tan apegados a sus fusiles ametralladores y, a partir de ahora, a todo el arsenal dejado sobre el terreno por los ocupantes norteamericanos.

Cabe recordar que las históricas guerras del opio trajeron mucha destrucción, mucha sangre y enorme mortandad sobre el mundo. Nuevos torrentes de tribulación se dibujan en el inmediato horizonte de Afganistán, desde una guerra civil entre las etnias pastunes y hazaras, tayikos y uzbekos, por una parte, hasta islamistas fundamentalistas talibanes y partidarios del Califato, más la presumible contienda feroz entre clanes y carteles sobre la escena; sin olvidar, desde luego, la básica y perenne lucha de los pueblos por su emancipación contra la irrupción foránea y frente a los señores de la guerra locales - señores asimismo del opio y de la tierra- que coparon, copan y coparán, sin duda, los resortes políticos y armados del atribulado país centroasiático.

El sector de la población mundial más desprotegido y vulnerable ante las dentelladas del rampante narcotráfico es, precisamente el de la adolescencia. Por ello, el tratamiento de los problemas que todo ello puede acarrear vuelve a ser una prioridad y un necesario objeto de estudio. No se trata de encarar de entrada, represivamente, su tratamiento, menudeando en sus efectos y sin combatir sus profundas causas y conexiones; que se trata, más bien, de prevenir una nueva catástrofe a añadir a la que el bíblico éxodo masivo de mujeres, menores y ancianos ya testimonia a través de las escarpadas fronteras de Afganistán.

El libre albedrío asiste a todo ser humano, adulto, a la hora de optar entre la construcción o la destrucción de la propia vida. Pero colocar ante tal tesitura a un ser humano aún en formación, como es el caso del adolescente, es un atentado repugnante, donde ni un ápice de libertad existe. La adolescencia es el futuro. Arrebatárselo es un crimen de lesa humanidad, porque solo a ellos les pertenece.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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