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EL PERIÓDICO
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Política y Felicidad Pública


En la antigüedad griega, Sófocles en “Edipo en Colona” – obra de su vejez – nos hace saber, por la boca de Teseo, el fundador legendario de Atenas y su portavoz, que lo que hacía posible que los hombres corrientes, jóvenes y viejos, pudiesen soportar las cargas de la vida: era la “polis”, el espacio donde se manifestaban los actos libres y las palabras del hombre, lo que podía dar esplendor a la vida.

Muchos siglos más tarde, Thomas Jefferson – en un comunicado a la Convención de Virginia de 1744 que, en muchos aspectos, fue una anticipación a la Declaración de Independencia – había declarado que “nuestros antepasados”, al abandonar los “dominios británicos de Europa”, ejercieron “un derecho que la naturaleza ha conferido a todos los hombres… de establecer nuevas sociedades, bajo las leyes y estatutos que estimen más convenientes, para promover la ‘felicidad pública’”. Si Jefferson estuvo en lo cierto, los colonos debieron ser movidos, incluso entonces, por una especie de insatisfacción con los derechos y libertades de los ingleses, estimulados por el deseo de hallar un tipo de libertad, de la que los “habitantes libres” de la madre patria no gozaban. A esta libertad la llamaron más tarde, cuando ya gozaban de ella, “felicidad pública”, y consistía en el derecho que tiene el ciudadano a acceder a la esfera pública, a participar del poder público – a ser “partícipe en el gobierno de los asuntos”, según una notable frase de Jefferson – como un derecho distinto de los que normalmente se reconocían a los súbditos, a ser protegidos por el gobierno en la búsqueda de la felicidad privada. El hecho de que la palabra “felicidad”, fuese elegida para fundar la pretensión a participar en el poder público indica, sin lugar a dudas, que existía en el país, con anterioridad a la revolución, algo parecido a la “felicidad pública”, y que esos hombres sabían que no podían ser completamente “felices”, si su felicidad estaba localizada en la vida privada, única esfera en la que se podía gozar de ella.

No obstante, el hecho histórico, me parece, es que la Declaración de Independencia habla de “búsqueda de la felicidad”, no de felicidad pública. Quizá ello se deba a que Jefferson no estaba muy seguro, de que clase de felicidad hablaba, cuando hizo de su búsqueda, uno de los derechos inalienables del hombre.

Recordemos que la tiranía, según terminaron por entenderla las revoluciones, era una forma de gobierno en la que el gobernante, incluso aunque gobernase de acuerdo a la leyes del reino, había monopolizado para sí mismo el derecho de acción, había relegado a los ciudadanos de la esfera pública a la intimidad de sus hogares, y les había exigido que se ocupasen de sus asuntos privados. En otras palabras, la tiranía despojaba de la felicidad pública, aunque no necesariamente del bienestar privado.

Hacia el final de su vida, Jefferson concluía una carta a Adams (su duro adversario de toda la vida y, sin embargo, amigo) con estas palabras: “Quizá nos encontremos de nuevo en el Congreso, junto a nuestros antiguos colegas, y recibamos con ellos la fórmula de aprobación ‘Bien hecho, funcionarios fieles y bondadosos’”. A mi modo de ver, estas palabras, aun en su ironía, expresan la cándida admisión de que la vida en el Congreso, las alegrías de los discursos, de la legislación, de la transacción, de la persuasión, del propio convencimiento… “la felicidad pública”, constituían en no menor medida para Jefferson, un goce anticipado de una eterna bienaventuranza futura, lo que la contemplación había representado para la piedad medieval.

A fin de comprender lo inusitado que era en el cuadro de la tradición occidental, en la segunda mitad del siglo XVIII, concebir la felicidad política y pública, a imagen de la bienaventuranza eterna, no estará de más recordar que para Tomás de Aquino, por ejemplo, la “perfecta beatitud” consistía exclusivamente en una visión, la visión de Dios, y que para alcanzar esta visión no se requería la presencia de ningún amigo, todo lo cual, dicho sea de paso, está en consonancia con la idea platónica, de la vida de un alma inmortal. Jefferson, por el contrario, sólo era capaz de concebir un perfeccionamiento de los mejores momentos y más felices de su vida, si ensanchaba el círculo de sus amigos, de tal forma que pudiera sentarse “en el Congreso”, con los más ilustres de sus “colegas”.

Y finalmente, ya más en nuestra época, el poeta René Char, probablemente el más leído de cuantos escritores franceses, se unieron a la Resistencia frente a los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial, también nos habla del tema de la “felicidad pública”. Su libro de aforismos “Feuillets d’Hypnos” (París 1946) es una anticipación francamente pesimista, de la ya próxima liberación de Francia. De su lectura deducimos que sabía bien, al menos en lo que a él atañía, que se trataría no sólo de la liberación bien recibida de la ocupación alemana, sino también de la liberación de la “carga” de los asuntos públicos. Significaría regresar de nuevo alépaisseur tistede sus vidas y ocupaciones privadas. “Si sobrevivo – escribe – sé que tendré que prescindir, de la fragancia de estos años fundamentales, que tendré que renunciar (no reprimir) a mi tesoro”. Para él el tesoro era haberse “encontrado a sí mismo”, no tener que dudar más de su propia “sinceridad”, no necesitar de máscara ni ficción para presentarse en público, poder presentarse ante los demás y ante sí mismo como era en realidad, poder, en fin, soportar “su propia desnudez”. Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.