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EL PERIÓDICO
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Claves del avispero afgano


Afganistán encara hoy una nueva fase de su atribulada historia. El reavivamiento de una intermitente guerra civil es un hecho, tras la explosiva progresión de los combates desatados en numerosos puntos del país centroasiático. La pugna armada se desarrolla entre la poderosa formación político-militar talibán, de cuño islamista fundamentalista sunní y de base popular agraria, que promueve el alzamiento y el Gobierno central, de basamento social urbano, instalado en la capital Kabul al amparo de Washington y presidido desde 2014 por el Presidente Ashraf Ghani (Lawgar, 1949). La guerra, en su fase actual, sobreviene tras el anuncio del Presidente estadounidense Joe Biden (Scranton, 1942) de sacar, el 31 de agosto, las tropas norteamericanas que han ocupado buena parte del país a partir de 2002.

La ocupación militar se hizo entonces con el propósito de castigar al Gobierno talibán pretextando que dio apoyo y asilo a Osama ben Laden (Riad, 1957-Abbotabad, 2011), creador de la organización terrorista Al Qaeda. Al líder islamista saudí se atribuyó, sin pruebas concluyentes según el FBI, la inducción de los atentados terroristas contra las Torres Gemelas neoyorquinas y el Pentágono de Washington, el 11 de septiembre de 2001, que causaron cerca de 3.000 muertes, así como sangrientos atentados, estos sí, probados, contra personas e intereses de Estados Unidos en Kenia y Tanzania.

Parece iniciarse la cuenta atrás de los días del actual régimen pro-occidental afgano, presidido desde 2014 por Ashraf Ghani, antropólogo de formación, perteneciente a una familia de la aristocracia local, hijo de un ministro del rey Zahir, destronado en un golpe militar por el primo del monarca, Sardar Mohamed Daud en 1973. Ghani siguió estudios en Estados Unidos donde impartió clases en Stanford y Columbia, y posee experiencia en organizaciones internacionales como el Banco Mundial y Naciones Unidas. Tras su estadía en el extranjero, regresó a Afganistán para desempeñar la cartera de Finanzas bajo el mandato presidencial de Hamid Karzai, cuyo mandato se prolongó entre 2001 y 2014.

Ghani accedió entonces a la presidencia, tras haber acometido una serie de reformas institucionales y económicas de signo liberal en uno de los países más atrasados del mundo, donde perviven estructuras feudales en el campo y en el que la presencia política, social e ideológica del clero musulmán, sobre el que pivota el poderío talibán, sigue siendo determinante en la vida del país.

Un pueblo atribulado

La historia de Afganistán no es la propia de un Estado unificado, con una centralidad y un fundente social y nacional cohesivo. Afganistán es un Estado-tapón creado en el corazón del Asia Central por la Inglaterra imperial del siglo XIX para consolidar su dominio sobre la India y afirmar su predominio frente a sus rivales, la Rusia zarista y China. Sus actuales 32.200.000 moradores, la mitad de los cuales habla el dari, lengua derivada del persa y gran parte de la otra mitad habla pastún, habitan 34 provincias de un territorio de 653.000 kilómetros cuadrados. Pertenecen a pueblos de diferentes etnias y procedencias, pastunes, tayikos, hazaras, aymaq, uzbekos, turcomanos, baluchis…, con culturas y estructuras sociales distintas, que han vivido secularmente bajo la hegemonía pastún, hoy vigente. Emigrada parte de su población hacia el exterior iraní y paquistaní huyendo de las guerras incesantes, interiormente sus moradores viven en un territorio muy escabroso, de desoladas montañas con escasas zonas fértiles de regadío y cultivos; las gentes de Afganistán han subsistido históricamente merced al pastoreo, algunos frutales y a la producción de opiáceos, así como del pequeño comercio minorista. Sin embargo, algunos estudios geológicos señalaron que Afganistán posee elevadas reservas de cobre, oro, mineral de hierro, cromo, gas natural, petróleo y piedras preciosas y semipreciosas, lo cual permitiría explicar parte del apetito foráneo por asentarse allí.

Su territorio registra acusadas barreras orográficas, serranías y valles encajonados, con escasa o extrema pluviosidad, que determinan una inviable intercomunicación, por carecer el país de un buen sistema de carreteras, además de no disponer de salida al mar ni de vías férreas relevantes. Limita al Norte con Turkmenistán, Uzbekistán y Tajikistán, antiguas repúblicas soviéticas, hoy Estados formalmente soberanos, algunos con presencia militar estadounidense; al Sur linda con Pakistán, histórico aliado -aunque distanciado hoy- de Washington, que comparte importantes núcleos de población pastún asentada en las zonas fronterizas con Afganistán; hacia Occidente limita con la República Islámica de Irán, de gran ascendiente entre la población hazara, de lengua persa y religión chií, y al Este, a través de un angosto corredor en las estribaciones del Hindu Kush, limita con China, en la provincia denominada Badakhshan.

Verdadero rompecabezas geopolítico, vecindades conflictivas e irrupciones militares foráneas, determinaron y configuran un movedizo tropel de confrontaciones armadas y de efímeras y aceleradas alianzas políticas entre distintos señores de la guerra, titulares feudales de las armas, cuyos desenlaces sembraron periódicamente el país de terror, miseria y desolación. Todo ello en un país que figuró, desde casi siempre, entre los más pobres del mundo, determinación que no ha impedido durante siglos aplacar la apetitosa codicia de superpotencias como la Inglaterra victoriana, la Rusia zarista, la Unión Soviética y Estados Unidos, más potencias medias como Pakistán, la India, Irán o Turquía, que se propusieron, las primeras, siempre con clamorosos fracasos militares y políticos, controlar desde allí el corazón de Eurasia y las potencias medias, influir todo lo posible en la política interior afgana.

Ya en el siglo XX, afloraron reiteradas ambiciones paquistaníes, que posee también importantes núcleos de población pastún y ascendiente sobre los talibanes. La invasión militar soviética en apoyo de un régimen procomunista vigente hasta 1994, se prolongó desde diciembre de 1979 hasta 1989, impugnada soterradamente por el creciente ascendiente de la República Islámica de Irán sobre un Afganistán ocupado militarmente por el ejército estadounidense a partir de 2002 hasta hoy mismo.

La ocupación militar por Estados Unidos, que ha durado 20 años, se acaba de saldar estos días de agosto con la retirada oficial norteamericana, tras una guerra que ha causado al menos 120.000 muertos civiles entre la población afgana, más la muerte (según datos oficiales) de 2.500 soldados de la superpotencia trasatlántica y la de 91 militares españoles, allí desplegados en su día por los acuerdos del presidente español José María Aznar (Madrid, 1953), del Partido Popular, con el titular republicano de la Casa Blanca, George Bush junior (New Haven, 1946), que invocó los acuerdos OTAN. Las fuerzas no estadounidenses de la Alianza Atlántica desplegadas en Asia Central se retiraron en 2014.

En 2002, George Bush decidió convocar una coalición de aliados y ocupar militarmente el país centroasiático. Tal era su revancha por el presunto apoyo prestado por el entonces régimen talibán instalado en Kabul, capital afgana, al ingeniero wahabita saudí Osama Ben Laden, supuesto inductor de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Según la información oficial estadounidense, Osama Ben Laden (Riad, 1957) murió en las inmediaciones de un complejo militar de la ciudad paquistaní de Abbotabad, entre el 1 y el 2 de mayo de 2011, a manos de un comando de los Servicios Especiales de la Marina norteamericana, SEAL Team 6, cuyos integrantes dieron asimismo muerte a un hijo de Ben Laden y a otras dos personas, además de herir gravemente a una de sus esposas. La operación fue visionada en directo por Barack Obama, Hillary Clinton y altos dignatarios militares estadounidenses desde la Casa Blanca, según imágenes difundidas posteriormente. El cadáver del líder de Al Qaeda fue arrojado días después a un punto desconocido del Oceáno Índico.

Aunque la retirada militar estadounidense se consuma oficialmente el 31 de agosto de 2021, Washington ha prometido mantener cierto apoyo aéreo y los observadores prevén que, sobre el terreno, permanecerán poderosas compañías privadas de seguridad –mercenarios del estilo de la empresa Blackwater, que adquirió visibilidad en la ocupación norteamericana de Irak a partir de 2008- un precedente de la mercenarización de las guerras impulsada por la Casa Blanca, imitado luego por la Federación Rusa en Siria.

Diferencias de clase y confesionales

Siendo el Islam uno de los escasos vínculos ideológicos entre los núcleos creyentes de las etno-comunidades de Afganistán, hoy se ven disociados por diferencias confesionales. Sin embargo, sunnitas y chiíes, como en otros países y Estados de la zona, han coexistido pacíficamente durante siglos y no han entrado en liza hasta que su competencia doctrinal ha sido atizada en clave hostil por potencias foráneas. Lo que sí experimentaron estos países, desde siempre, han sido los conflictos derivados de las luchas por la propiedad de la tierra, del agua y los pastos. Por ello se han enfrentado históricamente las clases terratenientes, de hábitos feudales, frente a los movimientos campesinos de base, sumidos en la pobreza y sometidos a las consecuencias climáticas cambiantes y muy extremas en el país.

Frente a ello, importantes pulsiones laicistas, de cuño alternativamente marxista o liberal, se propusieron terminar, a fines de la década de los 70 del siglo XX, con la hegemonía política feudal, avalada por una monarquía corrupta, derrocada en 1973 por Sardar Daud, primo del rey Zahir al que sustituyó para instaurar un débil régimen republicano. Sin embargo, la interpretación arcaizante del Islam permaneció vigente en el universo ideocultural de la población de Afganistán. Se trata de un Islam concebido como religión política, basado en la aplicación de la sharia, legislación y principios consuetudinarios islámicos, al modo del aplicado por la vecina República Islámica de Irán. Esta actuación doctrinal coexistía con el mantenimiento de las citadas estructuras feudales sobre la tenencia de la tierra, el regadío, el ganado y la propiedad en su conjunto, además de implicar, con sus prácticas y preceptos, la reducción a la irrelevancia social y política de las mujeres y su absoluta sumisión al hombre; más la supremacía de la etnia pastún sobre las demás, considerada afrentosa, así como muchas otras características propias de tiempos remotos. La proporción de clérigos islamistas respecto de la de obreros era en Afganistán de 8 a 1 en los años 70. La mujer permanecía fuera del circuito laboral exterior al del hogar, donde quedaba sepultada.

El laicismo republicano consiguió abrirse paso con enormes dificultades a partir de 1979, tras el lustro de Gobierno de Daud, que fue asesinado en un complot militar. En un período de abarca desde 1979 hasta 1994, rigieron el país sucesivos Gobiernos procomunistas, con dirigentes como Nur Mohamad Taraki, Hafizullah Amin, Babrak Karmal y Mohamad Najibullah, de distintas corrientes marxistas en el poder, e ocasiones gravemente enfrentadas.

No obstante, entre 1979 y 1994, por impulso de los sucesivos Gobiernos republicanos comunistas, quedaron abolidas las discriminaciones de género que pesaban sobre las mujeres afganas; se permitió su acceso a la educación pública y su derecho al voto; arreció el combate contra el analfabetismo; se limitó el poder de los mullahs chiíes y se aplicó una reforma agraria favorable a los trabajadores obres del campo contra los latifundistas, avalados estos por señores de la guerra locales; surgió una incipiente industria vinculada a la explotación del gas, la hulla, el cemento, la automoción, con inversiones de países del pacto de Varsovia como Checoslovaquia, República Democrática de Alemania, Hungría y Bulgaria, entre otras acciones; asimismo, se estableció una legislación laica, entre otras importantes medidas con miras a modernizar el país, muy atrasado en todos los rubros imaginables.

La naciente República Democrática de Afganistán topó con la enemiga estadounidense, pese a haber sido reconocido el nuevo régimen por Washington en 1979. Los líderes comunistas afganos demandaron entonces el apoyo militar soviético directo, con la irrupción de tropas de la URSS en territorio afgano que comenzó a registrar una fuerte oposición militar por parte de numerosos señores feudales de la guerra. Los efectivos soviéticos, unos 80.000 hombres durante 11 años de ocupación, libraron numerosos combates con guerrilleros locales islamistas, financiados secretamente por Estados Unidos desde abril de 1979, meses antes de la irrupción militar soviética, como reconoció Zibgniew Brzeznski, Consejero de Seguridad Nacional del presidente estadounidense Jimmy Carter. Estados Unidos financió con 3.000 millones de dólares la lucha armada de los distintos grupos muyaidines (combatientes) afganos -de los que surgirían los talibanes- contra los Gobiernos procomunistas y los efectivos militares soviéticos, 15.000 de ellos muertos en combate. El desenlace militar soviético en Afganistán, con la retirada en 1989, sería concausa de la implosión de la URSS en 1991.

Apoyo, rechazo y vía libre de Washington a los talibanes

La financiación norteamericana de los muyaidines, de cuyas alianzas surgiría el movimiento talibán, sería gestionada, entre otros, por Osama Ben Laden, aliado entonces estadounidense y años después, protegido por los talibanes y enemigo jurado de Washington. En 1994, el apoyo norteamericano a los talibanes aceleraría el derrocamiento del régimen procomunista y el acceso al Gobierno de Kabul de los talibanes, movimiento político-militar fundamentalista sunni. En 2001, los talibanes serían acusados por Washington de auxiliar al grupo terrorista Al Qaeda, atribución que daría paso al derrocamiento del régimen talibán y a la ocupación militar estadounidense del país.

Hoy, 20 años después de iniciarse la presencia militar norteamericana, y con un desembolso en inversiones estadounidenses calibradas en 700.000 millones de dólares en el año 2016, señaladamente para formar una Policía y un Ejército afganos, el movimiento talibán se encuentra en trance de regresar al poder si consigue derrocar al presidente Ghani y su régimen prooccidental capitalista. En los mentideros se define con sorna a Ghani como “alcalde de Kabul”, ante el avance militar talibán por una decana de las provincias del Sur, del Norte y el Este del país. Este episodio convierte objetivamente en papel mojado la presencia política, la copiosa inversión económica y la ocupación militar de los Estados Unidos de América en el país centroasiático.

Fracaso con retranca

Es difícil negar la magnitud del fracaso estadounidense en la zona pues no solo deja vía libre y el espacio desocupado a un futuro régimen talibán, cuyo combate justificó la ocupación militar veinte años atrás, sino que abre la puerta a que tanto la Federación Rusa, como China, recobren posiciones perdidas en un área considerada de cardinal interés estratégico por Pekín y Moscú en el centro geográfico del continente euroasiático, disputado secularmente como botín geoestratégico de primera magnitud.

Empero, la partida de la lucha interior no ha terminado. Estados Unidos puede conseguir, mediante su retirada de Afganistán, empantanar a Moscú y, sobre todo a China, en el enclave centroasiático afgano de tan complejísima textura geopolítica interior y exterior como la historia demuestra. Algunos analistas señalan que la retirada –a la fuerza ahorcan- formaría parte de una premeditada táctica estadounidense similar a la empleada por Washington en Siria, donde Moscú ha de calibrar al milímetro cada paso político, militar y diplomático dados allí, para no caer en el pantano de una situación de extraordinaria complejidad, incertidumbre y muy difícil escape.

Por otra parte, la importante minoría hazara, de origen mongol, de confesión islámica chií, con importantes nexos con la República islámica de Irán y establecida en el centro geográfico del país, tiene motivos históricos para confrontar a la mayoría pastún, que ocupa las zonas periféricas y es mayoritaria entre los talibanes, que gozan de fuertes vínculos con el régimen paquistaní. Algo semejante sucede a los pastunes con respecto a la minoría tayika.

Cada comunidad étnica tiene sus propios señores de la guerra, mientras el gobierno de Kabul que preside Ashraf Ghani, cuenta aún con ciertos apoyos occidentales, un ejército regular y una cierta base social compuesta por aquellos integrantes de la sociedad que, influidos por el mimetismo hacia el Occidente capitalista, se oponen al enfeudamiento ideológico de un Islam, aplicado en clave talibán, considerado arcaizante y medieval. Empero, muchos de ellos, que han servido como funcionarios, colaboradores e intérpretes a las fuerzas ocupantes, suplican estos días a las autoridades de Estados Unidos que les permitan asentarse en el país norteamericano, ante el temor de ser represaliados por los talibanes, entre cuyas prácticas de venganza no se descartan ni el castramiento ni la decapitación. Durante las pasadas décadas, numerosos líderes talibanes y sus familias fueron aniquilados desde drones o a través de combatientes estadounidenses y británicos desplegados en las áreas montañosas donde aquellos se replegaron.

Por su parte, países como Irán, Turquía, la India, más las fronterizas repúblicas centroasiáticas, siguen con extrema atención los acontecimientos en Afganistán, así como los grandes carteles de la heroína, que tienen en el país algunas de sus principales plantaciones de opiáceas y desde donde se distribuye hacia numerosos enclaves de todo el mundo, ante la impotencia –o la anuencia, según algunos observadores- de las autoridades locales y sus aliados estadounidenses.

Otros observadores consideran que la guerra en ciernes no está ni mucho menos resuelta. Los efectos sociopolíticos de la modernización laica en clave comunista, hasta 1994 o liberal, desde 2002, consecutivamente, con el interregno talibán entre ambas fechas, han podido crear una base social renuente y comprometida contra el avance de los talibanes. La pregunta a plantear consiste en saber qué harán a partir de ahora las grandes potencias, China y la Federación Rusa, más las potencias regionales Pakistán, Irán, Turquía y Arabia Saudí: si se avendrán a despejar el camino hacia Kabul de los talibanes; si propondrán un pacto gubernamental entre ellos y Ghani; si apoyarán a éste contra aquellos o si promoverán nuevas fórmulas para salir del avispero geopolítico que Afganistán implica, avispero en el cual los pueblos afganos son, desde hace siglos, las víctimas perpetuas.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.