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Pureza Socialista


Hans Magnus Enzensberger, 2008 / Archivo. Hans Magnus Enzensberger, 2008 / Archivo.

No siempre estoy de acuerdo con Felipe González, y no de ahora desde que se ha jubilado. También lo estuve en su apogeo político, por ejemplo con el tema de la OTAN, aunque hoy ya está claro, que era él quien tenía razón, y yo el equivocado.

Pero lo que me ha llevado a redactar estas líneas ha sido, básicamente, la lluvia de comentarios intolerables, demagógicos y totalitarios, que han acompañado, sus últimas manifestaciones públicas. Y sí, ya sé que es una batalla que nunca ganaré. Pero no puedo callarme, ante lo que considero un grave ataque, al funcionamiento democrático de una organización como la del PSOE.

No voy a reproducir los comentarios más soeces y ofensivos. Sólo referiré que algunos llegaban a decir, que se fuera y nos dejara en paz a los socialistas de verdad ¡Que bonito "los socialistas de verdad"! ¿Y quien decide quienes lo son o no? ¿Quien reparte los certificados de socialistas de "verdad? Y otros le tachaban de desconocer lo que era la pureza y la ética socialista. Y yo me pregunto ¿que tribunal dictamina la pureza socialista, o que es exactamente eso de la "ética socialista"? Llevo 46 años en el PSOE, y aún nadie me ha examinado de ética, ni de pureza socialista ¿Vamos a comenzar ahora con tribunales de depuración, en la mejor tradición del estalinismo? ¡Venga ya!

Parecería como si muchos socialistas, estuvieran hoy de acuerdo con las concepciones políticas de Schmitt, en las que, teóricamente, el pueblo ocupa una posición de portador del poder supremo, pero a la vez aparece como incapaz de gobernarse. Por eso la voluntad general democrática, va asociada con el poder de un individuo o una minoría para plan­tear cuestiones al pueblo, que dependería totalmente de tales ini­ciativas, siendo su única facultad la de refrendar o rechazar. Porque al final – continúa Schmitt - y esta es la clave, todo lo que es político se funda en la distin­ción entre amigo y enemigo. El Estado no es en sí mismo políti­co, sino solo cuando puede distinguir al amigo del enemigo, tanto en cuanto al interior como al exterior. Por lo que respecta a la sociedad, al politizarse se convertiría en comunidad, y el Estado se fundaría, apoyándose en esta comunidad política, en un Pueblo. Los puros, los virtuosos, contra los enemigos.

Todo eso me retrotrae inevitablemente y para mal, a los años de mi juventud allá por los sesenta del siglo pasado. La historia estaba hecha de buenos y malos, y los malos eran los que no estaban con nosotros, el muro de Berlín garantizaba la pureza, la democracia burguesa contaminaba el aire y las cañerías. La izquierda era de izquierdas y el infierno eran los otros ¿En medio? En medio no había nada ni nadie. Puede pasar hoy en Venezuela o en Nicaragua o en Cuba, que cualquier cosa que no nos guste, si está protagonizada por los nuestros, debe ser buena. Y en mis tiempos nos ocurría con la URSS, con Cuba, Rumania, incluso con las Brigadas Rojas, con la Baader Meinhoff, hasta con ETA… ¿Son los nuestros? ¡Algo bueno tendrán!

Hay un libro que cura aquel mal de bajura, que acepta que lo de los nuestros es lo mejor, lo único. Ese libro es “Tumulto” (Malpaso 2015) de H. M. Enzensberger, que vivió aquellas revoluciones, convencido de quien eran los nuestros. Hasta que, pasadas las décadas, se encontró consigo mismo ante el espejo y se preguntó: pero ¿dónde estaban mi corazón y mis ojos? ¿Y yo era también de los nuestros?

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.