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Asalto a la Democracia


El presidente saliente de Estados Unidos, Donald Trump. El presidente saliente de Estados Unidos, Donald Trump.

Un coche sin frenos, un personaje que parecía llevar siempre disfraces, pero que era y es el mismo con sus actitudes racistas, supremacistas, neofascistas, y alimentador de crispaciones y violencias. Si, estoy hablando del todavía presidente de los EEUU, Donald Trump, que el pasado miércoles día 6 de enero de este nuevo 2021, jaleó y azuzó a un numeroso grupo de sus partidarios tras una manifestación para llegar hasta el Capitolio, sede de la voluntad popular.

El aún Presidente, se había dirigido a los participantes en una marcha llamada ”Salvar EEUU”, para prometer que “nunca” concedería la derrota y les urgía a marchar hacia el Capitolio. Y que, aunque el final dijo que se comprometía a una transición ordenada para la toma de posesión de Biden el 20 de enero, pero promete seguir su lucha.

Y ocurrió lo que tenia que pasar, tras cuatro años alimentando discursos populistas y excluyentes, que una turba violenta que se consideran patriotas, iluminados y que han asumido llevados por el verbo flamígero de Trump, que los demócratas les habían robado las últimas Elecciones, asaltaron el templo de la democracia, del Congreso y el Senado.

En su recorrido bárbaro e inédito por los pasillos, escaleras, despachos, salas y plantas, como ha dicho el recién ratificado por las Cámaras como Presidente electo, legal y legítimo del País, el demócrata Joe Biden, esta actuación “no es la demostración de una disidencia, es desorden y caos”. Y lo ha calificado de “Ataque rastrero”.

Este acto contra la Política, que todos los demócratas del mundo sentimos, como un intento de Golpe de Estado. Y que nos debe dejar claro, una vez más lo fuerte y lo débil que puede resultar la democracia, si funcionan las instituciones y cumplimos las Leyes o si utilizamos la demagogia como alimento permanente de populistas, fanáticos y autócratas. Por eso tenemos y podemos decir con fuerza, “NO TODO VALE”, por muchos votos que nos hayan dado las urnas.

Podríamos poner muchos ejemplos de personajes con un amplio respaldo popular que han actuado como dictadores y seres autoritarios, pero en este artículo solo pretendo hacer una reflexión que nos sirva a todos, y no elaborar una tesis doctoral que canse a la mayoría sobre lo ya sabido.

Permítanme que subraye, que los populismos son un gran enemigo de la democracia, al igual que ha pretendido Trump, tras perder en las urnas, intentando hacer creer con todo tipo de fake news a propios y extraños que había sido víctima de todo tipo de fraudes, con tal de mantenerse en el poder.

Finalmente, el pasado jueves Trump admitió la derrota, condenó la violencia y prometió facilitar la transición de Biden, aunque no asistirá a la toma de posesión. En un breve discurso de dos minutos y cuarenta y un segundos, sin nombrar al presidente electo, condenó la violencia que él había alimentado. ¡Increíble, pero cierto! El asalto se había cobrado cinco vidas y desde el asalto ha habido 120 detenciones.

Curiosamente el mismo personaje el pasado día 6 de enero pidió a los asaltantes del Capitolio que “se fueran a sus casas”, pero insistía en el “robo” electoral, a la vez que había reafirmado que nunca reconocería su derrota y alababa a los golpistas afirmando “Sois muy especiales”.

A nivel internacional y nacional casi todos los líderes han condenado el asalto al Capitolio de los EEUU y han subrayado su compromiso con la democracia. Desde Pedro Sánchez hasta Merkel, pasando por Macron o los presidentes Buch, Clinton u Obama, han condenado el hecho calificándolo de golpe, insurrección, enemigos de la democracia, y otros muchos calificativos que harían interminable este breve análisis. La derecha española ha utilizado el suceso para atacar, como siempre, al Gobierno de Sánchez.

Llamó poderosamente la atención, la reacción de Abascal, el líder de VOX sobre el asalto al Capitolio de EEUU, que ha obligado a moderar sus discursos a PP y CIUDADANOS y que no ha sido capaz de mejorar ni su colega de la ultraderecha francesa Marie Le Pen.

Don Santiago ha arremetido contra la izquierda, dejándose caer con “Quizás lo que les molesta a los comunistas y socialistas es que en otros países las izquierdas hayan perdido el monopolio de la violencia” y ha añadido que “lleva años dinamitando instituciones, controlando medios y amparando la violencia en todo occidente”.

Este tipo de movimientos sociopolíticos como el trumpismo, no surge de pronto o por ciencia infusa, sino que es algo que se va construyendo cultural y sociológicamente, y va asumiendo un lenguaje, un relato y unos comportamientos. Por eso lo que ha ocurrido en el que se supone el País más poderoso del mundo es un fenómeno que puede darse en otros lugares en los que han llegado a la vida política movimientos situados en el marco ideológico de la ultraderecha y con notables apoyos sociales y económicos, de movilización que provocan la polarización social ¡Tengamos cuidado!

Aunque el líder es importante, resulta un interesante caldo de cultivo la situación social y el concepto de golpe de Estado a la democracia. Antes se daba con facilidad en un País con un alto nivel de conflictividad sociolaboral y cada vez con más frecuencia se provoca desde dentro del propio sistema político de la mano del populismo.

Resulta curioso y desconcertante que en las encuestas y sondeos realizados en EEUU que, casi la mitad de los votantes republicanos manifiesten que apoyan el asalto al Capitolio, lo que demuestra que estos movimientos estimulan una regresión democrática y alimentan los peores demonios.

La actitud del todavía Presidente Donald Trump ha supuesto una mascarada y una burla a gran parte del pueblo estadounidense. Los demócratas, una parte significativa de los republicamos les gustaría terminar con esta pesadilla, indignidad y deshonor. Y los primeros han anunciado su plan para abrir otro “impeachment” contra Trump y le acusan de “incitación a la insurrección”.

Podría dimitir e irse a su casa, pero no seamos ingenuos, ni soñemos, someterse a un nuevo impeachment o que el vicepresidente invocara la 25ª Enmienda de la Constitución para destituir al todavía Presidente, pero los síntomas no le presentan como muy dispuesto a hacerlo.

Lo ocurrido en EEUU , nos debe llevar a una reflexión seria y profunda que puede servirnos para otros países y es que los políticos, sean del Gobierno o de la oposición, no se pueden dedicar a fragmentar y enfrentar a la sociedad, a incrementar las desigualdades y hacer desaparecer las clases medias, para beneficiar a los ricos y que haya cada vez más pobres. Además, fomentar el deterioro político y empobrecer la democracia.

Será capaz el señor Trump, en el colmo de la amoralidad, utilizar sus poderes institucionales y ante una posible acusación por los hechos sucedidos, proponer su autoperdón. ¿Quién lo sabe?. ¿De qué manera influirá la desaparición del trumpismo en otros fenómenos populistas de otros lugares del mundo?

Lo cierto es que este personaje debería quedar inhabilitado políticamente para poder presentarse de nuevo a unas Elecciones a la Presidencia, por salud democrática y por el daño tan enorme hecho a su País, que precisa de una reconstrucción necesaria.