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El perdón


Hannah Arendt © The Hannah Arendt Center for politics and humanities at Bard College. Hannah Arendt © The Hannah Arendt Center for politics and humanities at Bard College.

En estos tiempos en que andamos tan airados, y en los que tantos se creen poseedores de la única verdad, y defensores de una acertada moral intransigente. En el que a nadie se le perdona ni el mínimo fallo o error cometido en el pasado, como si en la vida ya no se pudiera tropezar y volverse a levantar. En el que ya no se le permite a nadie rectificar ni enmendar su andadura. Unas reflexiones de Hannah Arendt, me vuelven a diario a la memoria.

Nos recordaba Arendt que la incertidumbre de la acción humana, en el sentido de que nunca sabemos del todo, qué es lo que estamos haciendo, cuando comenzamos a actuar dentro de la red de interrelaciones y dependencias mutuas, que conforman el campo de la acción de la política, esta incertidumbre, decimos, fue tomada por la filosofía antigua, como el argumento supremo contra la seriedad de los asuntos humanos. Y que, más adelante, fue esta incertidumbre, la que provocó la aparición de todas esas afirmaciones, de sobra conocidas, según las cuales los hombres que actúan, se mueven en una red de errores y de culpabilidad inevitables.

Con Kant y con Hegel se hacía precisa una fuerza secreta, la “estrategia de la naturaleza” o la “astucia de la razón”, que funcionaba a espaldas del hombre, para explicar, a modo de “deus ex machina”, como la historia, que es hecha por hombres que nunca saben lo que están haciendo, pueda constituir una narración que transmita un cierto sentido.

Pero contra esa preocupación tradicional, se sitúa el interés inmediatamente político por encontrar un remedio, en la propia naturaleza de la acción humana, que ponga la vida en común de los hombres a salvo de su incertidumbre de base, y de sus errores y culpas inevitables.

Una personalidad nada religioso como Hannah Arendt, nos explica que Jesús encontró ese remedio, en la capacidad humana para perdonar, que se basa asimismo en la comprensión de que en la acción, nunca sabemos lo que estamos haciendo (Lucas 23, 34), de modo que, no pudiendo dejar de actuar mientras vivamos, no debemos tampoco dejar nunca de perdonar (Lucas 17, 3-4).

La gran audacia y el mérito incomparable de este concepto del perdón – nos explica Arendt – consiste en que el perdón pretende hacer lo que parece imposible: deshacer lo que ha sido hecho, y establecer un nuevo comienzo, allí donde los comienzos parecían haberse hecho imposibles. Que los hombres no saben lo que están haciendo con respecto a los otros, que pueden querer el bien y hacer el mal, ha sido el gran tema de la tragedia desde la antigüedad griega.

Lo que se perdió por parte de la tradición de pensamiento político, y sobrevivió únicamente en la tradición religiosa, donde era válido para los homines religiosi, fue la relación entre hacer y perdonar, como un elemento constitutivo del trato entre los hombres, lo cual era la novedad específicamente política, y no religiosa, de las enseñanzas de Jesús.

Todos nosotros sabemos que somos, al mismo tiempo, el actor y la víctima en esta cadena de consecuencias, que los antiguos llamaban “destino”, los cristianos “providencia”, y que nosotros los modernos hemos degradado, arrogantemente, a “mero azar”. Perdonar es la única acción estrictamente humana, que nos libera a nosotros mismos y a los demás, del encadenamiento y la pauta de consecuencias, que toda acción engendra. Como tal, perdonar es una acción que garantiza la continuidad de la capacidad de actuar, de comenzar de nuevo, en todo ser humano, el cual, si no perdonara ni fuera perdonado, se parecería al hombre de la fábula a quien se le concede un deseo, y es castigado, para siempre, con la satisfacción de ese deseo.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.