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Demonios familiares


Cada familia es como un microcosmos, encierra lo bueno y lo malo que el mundo nos brinda, con sus bondades y maldades, con sus historias de las que sentirse orgullosos y que sus integrantes cuentan repetitivamente con satisfacción, honra y dignidad y otras que se ocultan como si nunca hubieran ocurrido, aunque todo el mundo las conozca.

El relato que voy a contarles no se basa en hechos reales, ni está sacado de ninguna leyenda de una familia maldita, pero bien podría ser el argumento de una novela de amores y odios, en el que podremos ver todo tipo de personajes, cada cual con su maleta de grandezas y miserias al margen de sus senderos reales por los caminos que hacemos al andar.

Se desarrolla en una ciudad imaginaria, Papelia, asomada al mar y corría el año 1954. Este bello enclave había sido conquistada y reconquistada multitud de veces. No era como Zenda, a la que la naturaleza no había favorecido por su belleza, pero con su inteligencia natural, había logrado un buen casar con Basilio que era el heredero de un famoso banquero, un hacendado con posibles que le permitía vivir holgadamente en una amplia mansión con servicio y todo tipo de comodidades.

Zenda era de buena familia y había tenido un padre al que todas sus hijas adoraban, pero al enviudar éste, casó en segundas nupcias, y nunca aceptó a su madrastra. Esto y el contraer matrimonio sin estar enamorada de Basilio había agriado su carácter , de tal manera que parecía estar enfadada con el resto de la humanidad, y unas veces sacaba de su interior lo más desagradable y agresivo y otras intentaba expresar con la mayor fuerza, la ausencia de cariño de la que se sentía huérfana.

Era un permanente huir de su propia huida, lo que le mostraba como un ser miedoso que se ocultaba tras una careta de agravios y desagravios, de la eterna descontenta que no estaba dispuesta a agradar a nadie, y que siempre procuraba hacer su santa voluntad, aunque solo fuera para fastidiar, lo que era capaz incluso de alterar el carácter calmoso y sacar de quicio al paciente de su marido Basilio.

Zenda había tenido cuatro hijos, Juan el mayor de todos era un ser corriente en cuanto a su presencia, más bien bajito y regordete, casi un calco de su padre, aunque con una gran simpatía. No era precisamente un hombre guapo, pero era muy inteligente, muy buen estudiante, con unos excelentes resultados académicos, de sobresalientes y matriculas, y una bellísima persona, dispuesto siempre a ayudar a quien se lo pidiera y a quien no.

La segunda era una cría llamada Melania, una belleza serena, la clásica buena persona, pero con vocación desde su nacimiento de ama de casa, encontrar un marido y formar una buena familia, respiraba bondad en todos sus gestos y actuaciones, proyectando una imagen de simpleza.

Parece que se cumplió el refrán, con lo de a la tercera va a la vencida, y se produjo el milagro, porque Francisco era todo un ser excepcional, alto, muy guapo, aunque eso sí mal estudiante y algo torpe. Pero como en la vida y tal como dice el refrán “más vale caer en gracia que ser gracioso”, era un seductor natural.

Mientras la cuarta de la familia, la pequeña, Caliope, era la clásica niña pija, a la que se le daban todos los caprichos antes de pedirlos, y que cada día se esforzaba en decir y hacer la mayor de las tonterías, de tal manera que sus máximas preocupaciones iban desde el último modelito a montar a caballo, pasando por los pretendientes que hacían cola en la puerta de su casa.

Esta era a grandes rasgos la fotografía de la familia Ferrer Riera de origen mallorquín, burguesa y con todos los condimentos para no tener problemas de dinero el resto de sus vidas. Con una existencia regalada e instalada en lo mejor de la sociedad de la época, pero sin dejar atrás las costumbres provincianas de aquella bella ciudad marinera de Papelia.

Eran muy amigos de los Puig Figueras y casi vecinos de Enric y Angels, de origen catalán, que tenían una sola hija, una belleza de mujer que con sus 21 años llamaba la atención y que tenía nombre de Princesa de Cuentos, Liduvina, que llevaba casi dos años saliendo con Francisco , el tercero de los Ferrer Riera .

A decir verdad , este noviazgo no era del total agrado de ninguna de las dos familias, ya que a unos y a otros, les hacía más tilín la pareja de Juan con Lidu , que era como familiarmente la conocía, desde pequeña, pero el porte de Francisco tenía sorbido el seso a nuestra joven princesa.

Tanto Zenda como su amiga Angels consideraban a Juan, mejor partido para Lidu, más feo por fuera pero más bello e inteligente por dentro, pero la naturaleza, la atracción y en muchas ocasiones la pasión seguía su camino, y Lidu y Francisco, no perdían ocasión de estar juntos, de buscarse el uno al otro.

Una tarde de primavera, Enric y Angels, como buenos aficionados al cine decidieron ir a ver la película Cañas y barro adaptación de la novela de Vicente Blasco Ibáñez del mismo nombre, y bajo la dirección de Juan de Orduña y protagonizada por Ana Amendola y Virgilio Texeira.

En cuanto los padres de Lidu salieron por la puerta, cogió el teléfono y llamó a Francisco, para decirle que estaba sola en casa y que podían aprovechar para estar juntos y tranquilos. El apuesto joven no se lo pensó dos veces y salió de su casa pitando en busca de su amada. Para tranquilizar a sus padres , y ante la pregunta de dónde iba como alma que lleva el diablo, les dijo que había quedado con su amigo Antonio, aunque Zenda , su madre, no terminó de creérselo y puso su clásico gesto de incredulidad.

La pareja ante el acoso y el control de los padres solía quedar en secreto. No era la primera vez que habían montado un encuentro, una aventura o lo que hoy, pasados 66 años podríamos llamar romance exprés.

Habían visto la ficha de la película, que venía en el periódico y la colocaban en la puerta de todas las iglesias. No era tolerada para menores de 16 años, y duraba aproximadamente unos 100 minutos, o sea algo más de hora y media. Entre pitos y flautas y con un poco de suerte podían disponer de dos horas.

A los veinte minutos de comenzar el film, Angels, la madre de Lidu, se sintió indispuesta, intentó aguantar, pero al final con su marido Enric, decidieron salir de la Sala Cinematográfica y marchar sin entretenerse para su casa que estaba a unos diez minutos andando.

Cuando Francisco y Lidu se encontraban en el mejor de los momentos, entre besos y caricias, oyeron la puerta que se abría, y no era por arte de magia, sino que era el familiar sonido de la llave que estaba girando y se oían con claridad meridiana las voces de Enric y Angels, que sonaban como a una alucinación acústica, o seres fantasmales venidos del más allá. Los jóvenes no esperaban los padres de Lidu y se sobresaltaron con un gran nerviosismo.

A una velocidad increíble, Francisco, recogió la ropa que tenía esparcida por la cama y se refugió en el armario del cuarto de LIdu, con la esperanza que en algún momento pudiera salir por donde había entrado, o sea por la puerta del domicilio.

Enric y Angels comenzaron a llamar con fuerza a su hija, hasta que ésta salió de su cuarto, y les preguntaba que les había pasado .Su padre le explicó que su madre se había sentido mal y habían decido volver a casa cuando apenas habían transcurrido veinte minutos de la proyección.

Angels rápidamente preguntó a su hija , a pesar de su fatiga, ¿Y tú que hacías? . Pues leer, y con una actitud aún más inquisitorial le preguntó ¿Qué leías? A la vez de paso para su dormitorio del matrimonio, echaba un ojo inspector al cuarto de su hija.

Y ésta manteniendo la frialdad, no se sabe si producto del miedo o teniendo clara la respuesta, recordó un libro del que habían hablado en clase de Literatura. Pues se trata de El anticuario, una de las obras maestras de Walter Scott, en la que el autor con su imaginación romántica despliega espectacularmente todos sus personajes, paisajes y conflictos.

De pronto, la madre, dijo la frase mágica, “parece que me encuentro algo mejor”. “Me tomaré una manzanilla y nos iremos al salón a escuchar la radio”. Eran los tiempos de las obras dramáticas y los seriales radiofónicos que tenían a España entera con el oído pegado al receptor para disfrutar de las voces como Pedro Pablo Ayuso y Guillermo Gautier Casaseca.

Habían pasado algo más de treinta minutos y había oscurecido. Eran las ocho y media de una tarde primaveral. A Francisco, con cuidado y sigilo le había dado tiempo a componerse dentro del armario de su amada y se había puesto bien la camisa, el pantalón y la corbata y se había colocado la chaqueta gris de cuadros que era una de sus preferidas.

Parece que la situación se había normalizado, cuando Francisco con la puerta del armario entreabierta vio a Lidu muy nerviosa y excitada entrar en su dormitorio y los dos atropelladamente querían hablar al mismo tiempo sin escucharse, hasta que siendo conscientes de ello, ella, le indicó que se callará.

Le dijo que esperara hasta que terminaran de cenar, mientras Francisco comenzaba a intranquilizarse, por lo que estaría pensando Zenda, su madre, ya que él solía estar antes de las nueve y media de la noche para cenar en casa, y solo faltaba un cuarto de hora. Aquellos eran tiempos de teléfono fijo, que solo tenían algunos privilegiados. Las líneas eran escasas y el consumo caro.

Tras la cena, nos habíamos plantado en el horizonte de las diez y media de la noche, y Francisco tenía cada vez la cara más descompuesta y desencajada imaginando lo que estarían pensando sus padres, que ya habían llamado a casa de los Puig Figueras, por ver si casualmente su hijo estaba allí y habían avisado a la policía por si tenían noticia de algún accidente, pero sin encontrar ninguna respuesta tranquilizadora.

Lidu se despide de los padres con la excusa de que tiene un dolor de cabeza y va a retirarse a su habitación a descansar. Cuando entra por tercera vez, Francisco apenas puede articular palabra del nerviosismo. En esa situación de estrés barajan a la desesperada, salir y decirle toda la verdad a sus padres y a continuación llamar a Zenda y Basilio, pero les parecía una locura. Viendo que el tiempo pasaba y Enric y Angels, habían cogido el carrete de una conversación que parecía iba para largo, y que por tanto de acostarse nada de nada y no se vislumbraba el que cayeran en poco tiempo en los brazos de Morfeo.

Finalmente entre palabras entrecortadas dichas en un volumen apenas audible, deciden hacer una liana valiéndose de sábanas y cortinas, para que Francisco se deslizara desde el tercer piso de 180 metros cuadrados en el que vivían los Puig Figueras.

El más alto y guapo de los Ferrer Riera con toda su envergadura y peso, comienza a deslizarse, con tan mala fortuna que a la altura del segundo piso, las cortinas que estaban desgastadas, raídas y podridas por el sol no soportan el deslizamiento de Francisco, se rompen e impacta fuertemente con la acera, quedando malherido.

Liduvina aterrada, primero se paraliza y entra en un mutismo de shock y a continuación como queriendo huir de lo que estaba viviendo cierra la ventana, en una especie de “Jamáis vu”, apaga la luz y se mete en la cama tapándose hasta la cabeza. Aquel cruel impacto parecía haberle dejado sin memoria, capacidad de reacción y era como si hubiera entrado en un terrible sueño, del que no quería admitir que era realidad.

Eran las once de la noche y mucha de las personas que pasaban cerca de Francisco, postrado en la acera, y oyendo sus gemidos incomprensibles, pensaban que se encontraba borracho, de un sujeto en estado de embriaguez.

Uno de los grupos que , habiendo salido de tapas iba por la acera de enfrente , era el de su hermano Juan y sus amigos , que ante la persistencia de éste guiado por su curiosidad de acercarse a ver que le ocurría a aquella persona, le insistían en que había bebido demasiado y no tenía más importancia.

Conforme se acerca la curiosidad se torna, en sorpresa, preocupación y pena. Descubre a su hermano y en un estado que a simple vista le parece grave. En el coche de uno de sus amigos lo llevan con toda urgencia al Hospital, dónde llega prácticamente cadáver.

Juan le tocó el duro trago de dar la noticia a sus padres y llamar a los Puig Figueras , que le pusieron con Liduvina, la cual soltó un grito desgarrador , que era como soltar toda la rabia contenida de lo que ella misma había presenciado.

No estábamos ante una historia cualquiera , sino que tenía todos los ingredientes para ser el drama de la pura realidad , de un relato de amor en el que dos jóvenes habían vivido algo que jamás olvidarían y que les marcaría para siempre. Lidu y Juan sabían que estaban predestinados el uno para el otro.

Desde aquel día ella había entrado en una profunda depresión y se había sumido en un estado de melancolía, sin ganas de vivir. Juan fue persistente y cada día la visitaba y tuvo la santa paciencia de estar a su lado y escuchar sus ecos de tristeza, hasta que a base persistencia y paciencia surgió el amor.

Dos años después, corría el año 1956, Juan y LIdu, decidieron unir sus vidas, y ser los protagonistas de una nueva historia, que había empezado con el amor, continuado con el drama y vuelto al punto de partida para recalar de nuevo en el amor, con un beso profundo que dejaba atrás las tragedias para abrir las puertas a las felicidades.

¡Pobre Francisco!