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Un atentado que conmovió al mundo. El 11 de septiembre de 2001 comenzó el declinar geopolítico de EEUU. (II)

Origen de la crisis de 2008/Lagunas interpretativas

Las investigaciones revelaron que los secuestradores contaban con un grupo de apoyo inicial de 27 suplentes que no llegaron a participar. Los 19 captores intervinientes, todos árabes, murieron dentro de los aviones. La suma aproximada empleada para perpetrar los atentados se estima en medio millón de dólares, suma de origen hasta hoy desconocido. Habida cuenta que Estados Unidos desde el mandato de Ronald Reagan se hallaba en recesión –entre 1990 y 2.000 se había perdido un millón de empleos- , y teniendo en consideración asimismo el miedo y la inseguridad que se apoderaron de la opinión pública estadounidense y de sus mercados tras los atentados, así como el abrupto descenso de viajeros en las líneas aéreas, la Casa Blanca -con el presumible propósito de sortear la crisis y promover el consumo- instó a la desregulación de operaciones financieras, seguida de una rebaja de impuestos y de tipos de interés y un estímulo a la circulación de hipotecas subprime, también llamadas hipotecas basura, concedidas a personas generalmente insolventes pero negociadas en paquetes sometidos a un frenético trasiego en codiciosos mercados exteriores e internos.

Estas medidas serían una de las principales causas desencadenantes de la crisis financiera de 2008, que hizo tambalearse la economía financiera mundial y cuyos lesivos efectos sobre el panorama social y laboral se prolongan hasta nuestros días, dada la financiarización de la economía estadounidense, que, según reputados economistas como el Nobel Paul Krugman, sacraliza la economía financiera frente a la economía productiva.

Desde el punto de vista técnico, las explicaciones oficiales sobre los atentados del 11-S de 2001, que en Estados Unidos se conocen como 9/11, muestran aún hoy algunas importantes lagunas, las más patentes las referidas al atentado en el Pentágono y a la caída del avión en Shanksville. Del primer episodio resalta la desproporción entre los efectos del impacto sobre el blindado muro del ala - en aquel momento en obras- del departamento de Defensa y las dimensiones de los planos, las alas, del Boeing que supuestamente se estrelló, hecho sobre el cual no hay registros gráficos. Nadie vio a un avión abalanzarse sobre el muro, tampoco lo registraron los controles fílmicos mediante video que peinaban el perímetro militar protegido, y sin embargo, si hay testimonios que aseguran haber visto algo semejante a un misil. Tampoco la defensa antiaérea del Pentágono entró en acción, como hubiera sido presumible al detectar los otros ataques, de no ser que el supuesto impacto procediera, por un error de teledirección, de un misil surgido de los arsenales defensivos propios.

Andreas von Bülow, ex ministro de Defensa del Gobierno alemán de Helmut Schmidt, fue uno de los principales refutadores de las versiones oficiales dadas sobre los atentados y sobre este episodio en particular. El ex ministro germano subrayó en su día que resultaba impensable realizar un atentado de aquella envergadura sin el apoyo, la presencia y la actuación de un potente servicio de inteligencia.

Respecto del cuarto avión caído sobre Pennsilvania, del cual se dijo que se había precipitado al suelo por descontrol de tripulación, en medio de la refriega abierta entre los pasajeros y los secuestradores, persisten sospechas de cierta consistencia que señalan que, pese a trasladar pasajeros secuestrados, pudo ser abatido por cazas de la Fuerza Aérea estadounidense con la supuesta finalidad de impedir que el avión fuera proyectado por sus captores contra el Capitolio, la Casa Blanca o la residencia presidencial de Camp David: así, el hallazgo del motor del avión, de media tonelada de peso, a 700 metros del aparato permitía contemplar la hipótesis de que el aparato pudiera haber recibido un impacto desde el exterior. Los riesgos que su trayectoria implicaba permiten cobijar esa hipótesis.

A propósito de los derrumbamientos de las torres y de los edificios circundantes, en 1946 se produjo el impacto de un avión militar contra la fachada del Empire State Building, entonces el más elevado rascacielos neoyorquino, sin consecuencias tan devastadoras. Por ello se piensa que tales interpretaciones sobre los procesos desencadenados por los impactos sobre las dos torres han sido técnicamente cuestionadas por las dudas existentes en torno a la fusión de las vigas de acero de carbono, llamado estructural, cuyo combamiento hacia el interior causó el desplome, acelerado por el abatimiento en secuencia de los pisos superiores cuyos forjados vencieron también hacia adentro. El cuestionamiento de esta tesis se fundamenta en que el calor desprendido por la ignición del keroseno del avión pudo ser menor del requerido para fundir el metal. Ello ha dado pie a considerar la posibilidad de que el desplome de los edificios fuera controlado, coadyuvado o simplemente causado por una explosión de un componente explosivo de alto potencial denominado termita, un compuesto ferroso de aluminio, que sí asegura un calor de fusión capaz de lograr el colapso estructural sufrido por el armazón de las torres.

Dudas sobre los autores: ¿eran o no pilotos militares?

En cuanto a la autoría en sí de los atentados, se duda de la verosimilitud de la información oficial dada entonces según la cual, el carné de identidad de uno de los atacantes fuera hallado por la Policía entre los escombros de la primera torre, como se dijo oficialmente, antes de la caída de la segunda torre. La propia composición del grupo atacante, a cuyo mando operativo figuraba el piloto Mohamed Atta, egipcio, desmiente el carácter de islamista radical de una de las cabezas de los asaltantes ya que se confirmó que Atta mantenía relaciones con una stripper, tomaba usualmente bebidas alcohólicas y llevaba una vida alejada de los preceptos básicos del islamismo riguroso al cual fueron adscritos tanto él como sus compañeros, según las versiones oficiales estadounidenses.

Cabe, desde luego, que adoptara esta conducta como camuflaje de su secreto propósito, como muestra la práctica de la taquiyya u ocultación apóstata de la verdadera confesión religiosa, si bien esta práctica es empleada por el islamismo chií, no sunnita al que se supone que Atta pertenecía y que es el vigente en Egipto.

Uno de los argumentos más consistentes que se han empleado para desmontar la tesis oficial sobre los atentados, tesis según la cual los pilotos aprendieron las técnicas de vuelo en escuelas privadas estadounidenses, procede de círculos europeos de inteligencia. Según estos medios, los pilotos terroristas eran en realidad militares profesionales árabes que estaban recibiendo instrucción directa y oficial por parte de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, en virtud de intercambios interestatales entre el país norteamericano y distintos países árabes, señaladamente Arabia Saudí, aliado estratégico de Washington en la crucial área del Medio Oriente. El perfil saudí de los autores de los atentados prácticamente ha desaparecido de las versiones interpretativas al uso.

Por cierto, el Federal Bureau of Investigation, FBI, no atribuyó hasta meses después del atentado la responsabilidad de los atentados a Ben Laden quien, en un principio, negó su autoría, si bien tres años después del 11-S de 2001, en vísperas electorales, si lo hizo, en un mensaje de video donde firmaba con la mano derecha un documento pese a ser zurdo.

La caza y captura de Ben Laden, diez años después del 11-S, calificada por el primer ministro israelí, Benjamín Nethanyahu como “un triunfo rotundo”, como “un paso adelante” por el premier británico David Cameron y de “hito victorioso” por el ministerio de Exteriores de la India, ha tenido un coste de casi millón y medio de víctimas en Irak, más de 10.000 civiles muertos en Afganistán, así como 7.000 soldados estadounidenses desplegados en ambos países, con elevadas cifras de víctimas.

Regreso al corazón de Eurasia

Con independencia de las lagunas que presentaron y presentan aún hoy las tesis oficiales sobre lo sucedido el 11-S de 2001, cabe destacar algunos aspectos muy relevantes sobre los efectos, señaladamente geoestratégicos, que desencadenaron los atentados. En primer lugar, dentro de la adversidad implícita en un atentado múltiple de aquellas características, con tan elevado número de víctimas, la ocasión hallada por los Estados Unidos de América por aquel suceso fue sin duda la mejor oportunidad posible de Washington para regresar militarmente al Medio Oriente, área crucial del mundo, de la cual había sido expulsado por la revolución islámica en Irán y por la impedimenta de instalarse en Afganistán habida cuenta de la ocupación militar por tropas de la URSS hasta su retirada en 1989.

Este regreso al corazón de Eurasia, de la Hearthland de la que hablara el geopolítico y geoestratega McKinder, implicó un giro geoestratégico capital de mundial alcance. Aquel giro emprendido entonces, ha venido determinando las geopolíticas no solo de la zona, sino del mundo, a partir de aquellas fechas. Afganistán limita con China, la gran superpotencia rival comercial, política y diplomática de Estados Unidos; limita asimismo con Pakistán, el único Estado nuclearizado de los países islámicos y con Irán, enemigo jurado de Washington por su apoyo al sha Reza Pahlevi y principal objetivo estadounidense, por el episodio del secuestro de los rehenes norteamericanos en la Embajada de EEUU en Teherán y, sobre todo, crucial estratégicamente por las reservas petroleras y de gas que Irán atesora; Afganistán no dista mucho de la India; controla además la producción de drogas distribuidas por las rutas mundiales del opio; y, sobre todo, se encuentra en el bajo vientre de la antigua URSS, y de las nuevas repúblicas exsoviéticas ricas en hidrocarburos, por donde se trazan hoy los principales oleoductos hacia el océano Índico y el Mediterráneo, causa eficiente de muchos de los conflictos y guerras históricas y actuales en el Medio y en el Próximo Oriente.

Por otra parte, la invasión de Irak, incluido en el Eje terrorista del Mal por Estados Unidos y el posterior derrocamiento y ahorcamiento de Saddam Hussein, en 2004, con el pretexto, falso, de su tenencia de armas de destrucción masiva, hallaron en los sucesos del 11-S de 2001 la coartada para su consumación y justificación ante la opinión pública estadounidense, de la cual numerosos observadores han destacado el proceso de infantilización a la cual está siendo desde entonces sometida, con el fin de promover la adhesión total a las conductas más belicistas de Washington y del Pentágono, embarcados en el dominio del mundo tras la disolución de la URSS.

Comoquiera que las estructuras militares y de inteligencia estadounidenses implicaban, tras la desintegración soviética, un remozamiento pleno y profundo de ambas, tras haberse extinguido las motivaciones que las determinaron durante la Guerra Fría; al requerir, además, tal empeño muchos recursos que la economía estadounidense entonces en recesión no se permitía de inmediato aplicar, el surgimiento de un nuevo enemigo global, en clave ideológico-cultural-étnica muy bien definida como el Islamismo árabe radical, enemistad sustitutoria de la extinta URSS, permitía perpetuar sus estructuras a aquellos aparatos militar-industriales y de inteligencia tal como permanecieron desde décadas atrás.

De esta manera se posponía el caro remozamiento de ambas estructuras que, además, permitía mantener el estatus de la política comercial estatal con las grandes firmas de armamento a escala interior y también exterior, cebando el rearme mundial por doquier. La presencia y el mordiente de un supuesto nuevo enemigo anti-estadounidense en la arena internacional fue, según muchos analistas, generada, exaltada y magnificada premeditadamente por Washington hasta extremos inverosímiles.

Terror frente a política

Desde el punto de vista analítico, los acontecimientos del 11-S de 2001 muestran perfiles políticos extraños. En primer lugar, el terrorismo tiene por objeto decisivo el de generar terror. Este es el fin que se propone. El ataque contra las Torres Gemelas, dado su carácter de emblema del sistema estadounidense de dominio del mundo, en sí mismo generaba una oleada insólita de terror. Quienes fueron capaces de perpetrar un ataque tan cruel e inhumano como técnicamente impecable, impactando sobre los centros de gravedad de los edificios, no podían desconocer que, desde el punto de vista político, el posterior y supuesto ataque de otro avión secuestrado contra el Pentágono no solo anulaba a la postre los efectos del terror aniquilante ya causado por el acto terrorista, sino que más bien generaría sin duda alguna, por tratarse de un acto de guerra, una reacción bélica del aparato militar atacado; pero también, por añadidura, despertaría el seguro aval popular a justificar y aplaudir una represalia militar, de alcance desconocido, contra cualquier individuo, organización, grupo social, o Estado, árabes y/islámicos.

Ello permite columbrar que la planificación de los ataques presenta una brecha conceptual de gran profundidad que, unida a las imprecisiones técnicas que se dieron oficialmente para explicar el ataque contra el Pentágono, abre paso a hipótesis que, de confirmarse, adquirirían por su hipotética sustancia supuestamente fraudulenta y manipuladora, una enorme gravedad.

No cabe olvidar que George W. Bush, que había trabajado en el área del petróleo desde donde pasó a ser Gobernador de Texas, tan solo llevaba 8 meses al frente del país, y que había llegado a la presidencia estadounidense tras una reñidísima confrontación con Al Gore, candidato demócrata, derrotado por un escaso margen de votos en Florida, estado decisivo, feudo entonces y hoy de Jeff Bush, a su vez candidato a la Presidencia estadounidense y hermano del entonces candidato republicano, vencedor de aquella lid electoral. George W. Bush, 43ª presidente de los Estados Unidos e hijo del 41º presidente y ex director de la CIA del mismo nombre, era el cuarto titular de la Casa Blanca que presidía la nación pese a tener menos votos que su rival, el demócrata Al Gore.

Las fricciones políticas eran tan intensas a la sazón en Estados Unidos, que algunos analistas vieron con horror que la polarización política e ideológica existente entonces en el país -tras aflora los efectos sociales de los mandatos del ultraconservador Ronald Reagan a quien se atribuyó la inhibición premeditada, en clave ultraconservadora, de toda dimensión social en la política de Washington- podía degenerar en una contienda civil puertas adentro de los Estados Unidos. Y ello ante el temor de que la desaparecida bipolaridad EEUU-URSS, se viera reeditada e introyectada intramuros del propio país norteamericano en clave de gravísimo conflicto social y político, cebado asimismo por las tensiones entre intervencionistas y aislacionistas que han presidido las principales actitudes de la clase política estadounidense a lo largo de su historia.

El horror de los agentes norteamericanos de la estrategia contempla siempre el peor supuesto, el que los regímenes bipartidarios como el del parlamentarismo estadounidense acostumbran barajar, que concretan en la hipótesis de una conflagración civil dentro del país, los Estados Unidos, como fruto del antagonismo de clase existente entre el sector ultra-pudiente y los sectores socialmente marginados, señaladamente de origen afroamericano. El número de personas en Estados Unidos, cuyo patrimonio superaba los mil millones de dólares se cifraba en 2015 en 537 individuos. En rarísimas ocasiones Hollywood, el gran escaparate ideológico del american way of life, el modo estadounidense de vida, lleva a las pantallas el drama de la pobreza en Estados Unidos, mucho menos la pobreza infantil.

Téngase en cuenta que el general Robert E. Lee, sudista, que peleó contra el Norte en la Guerra de Secesión, guerra civil registrada entre 1861 y 1865, no fue rehabilitado públicamente, ni se le devolvió la nacionalidad estadounidense, hasta la década de 1970, concretamente en 1975, bajo el mandato de Gerald Ford; es decir, un siglo después de aquella cruenta guerra civil, que dejó, entre otros efectos, una larvada guerra social, en clave racial, en los Estados sureños del país norteamericano, prolongada hasta nuestros días pese a su supuesta superación formal.

Desde el punto de vista geopolítico, los atentados del 11 de septiembre de 2001 sirvieron de coartada para erosionar el potente movimiento de impugnación de las políticas ultraconservadoras emprendidas y continuadas por los presidentes republicanos, con escasas trabas de los demócratas. De mismo modo, se aplicaron para justificar la represión de las movilizaciones contra las estafas financieras programadas, implícitas en la llamada globalización de la economía, con su correlato depredador del trabajo y de los salarios, y la degradación medioambiental fruto del descontrol de las grandes corporaciones y la desregulación estatal de sus prácticas según las pautas liberales al uso. Tras aquella fecha infausta del 11-S, desapareció todo tipo de freno a la financiación privada de cualquier tipo de iniciativa militar.

El movimiento antiglobalización, la justeza y el alcance social de su causa, sufrieron un parón premeditado por los gestores políticos de los efectos de los atentados, el sector más inmovilista del aparato militar-industrial y de espionaje estadounidense, que colocaron en primer plano de la actualidad y de la acción política gubernamental consignas supuestamente patrióticas, con leyes como la Patriot Act, bajo las cuales se ocultaba una pérdida de libertades individuales y colectivas estimada como muy grave por organizaciones de defensa de derechos civiles democráticos. Estas consideraron que se había producido un retroceso de trescientos años en este ámbito de libertades individuales y colectivas, así como una vulneración sistemática de los derechos humanos. Estos quedaron así sepultados en un magma de decretos-leyes presidenciales, concretamente 262 Órdenes Ejecutivas, sobre materias como la derogación de la ley de Registros Presidenciales a favor de la transparencia; la elusión de los Convenios de Ginebra, la retirada de documentos desclasificados; la permisión de todo tipo de abusos en Irak e, incluso, la alteración de leyes federales sobre política ambiental a favor de grandes compañías.

Este corpus de decretos-leyes, sin aval parlamentario por su carácter ejecutivo, implicaba, para muchos observadores, un verdadero estado de excepción de efectos prolongados incluso hasta nuestros días e interiorizados como inevitables por gran parte de la población estadounidense, infantilizada desde entonces por las producciones más belicistas, etno-céntricas y xenófobas de Hollywood, que a partir de aquellas fechas y descontroladamente inundan el mundo con ese tipo de mensajes: su resultado ha sido la policialización y la militarización del ocio inducido desde el cine y la televisión, incluido el ocio infantil, así como la información y la opinión de buena parte de la Prensa de los países de Occidente.

En el plano interestatal, tras el 11-S, Washington se atribuyó la potestad incontestada de una licencia de actuación por encima del Derecho Internacional, con asesinatos selectivos incluidos y bombardeos en masa. Además, Washington acometió el desmantelamiento de estructuras estatales en el explosivo Medio Oriente, como mostró en la guerra contra Irak. Invocando la lucha mundial contra el terrorismo, Bush desencadenó la invasión, destrucción y privatización del país mesopotámico, sin autorización alguna de la Organización de Naciones Unidas y con el apoyo del llamado Grupo de las Azores, Estados Unidos, Portugal, Gran Bretaña y España. En el caso español, aquel proceso quedó truncado por la movilización masiva contra la intervención española en aquella guerra ilegal, intervención decidida sin consenso parlamentario por el presidente José María Aznar que, además, perdió las elecciones por esta y otras causas, como la falsa atribución, premeditada, a ETA de los atentados contra trenes en Madrid, el 11 de marzo de 2004.

Bibliografía:

. Hemerotecas: NYT, Le Monde, El País, The Guardian. .

Politólogos españoles ante los desafíos del 11 de Septiembre. Coordinador: Lorenzo Navarrete. Artículos de David G. Cantalapiedra, Antonio M. Díez Fernández, Juan Carlos Monedero y Rafael Fraguas. Colegio Nacional de Doctores y Licenciados en Ciencias Políticas y Sociología y Universidad de Burgos.

. Manifiesto de Derechos Humanos. Julie Wark. Ediciones Barataria. 2011.

. Die CIA und der 11. September. Internationaler Terror und die Rolle der Geheimdienste. Andreas von Bülow. Piper Verlag.

. Manual de Geopolítica crítica. Claves geoestratégicas. Rafael Fraguas. Tirant lo blanc/Humanidades. Valencia, 2016.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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