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Del lobo feroz a la ovejita lucera

Hoy quiero anunciarles tres cosas. En primer lugar no les voy a hablar de política, en este artículo no habrá una sola línea para analizar las diferencias entre ambos Pablos, Iglesias y Casado, o las afinidades de este último con Santiago Abascal y la salud mental que demuestra Sánchez con los tres.

Por tanto y para no volverme loco, no reflexionaré sobre la situación actual de nuestro País entre la crisis sanitaria, económica y social, la posición actual de los líderes políticos, el abordaje de la reconstrucción o los posibles pactos para configurar unos Presupuestos necesarios para los momentos que vivimos. No abriguen falsas esperanzas. Nada de análisis ni de opiniones políticas. Nada de la necesaria vuelta al cole.

Espero que todo el que se acerque a este artículo recorra conmigo el viaje hacia atrás en el tiempo, una vuelta a la infancia, a través de dos canciones que representan la música de toda una época y por tanto ya habrán averiguado ustedes que les voy a contar un cuento, que espero no les aburra y les mantenga viva la atención.

Cuentan que en un País cercano y multicolor, de la serie la Abeja Maya, habían nacido Sigfrido y Thor, con dos años de diferencia, eran de la misma generación, pero de familias muy distantes, pensaban de forma muy distinta y a lo largo de sus vidas se intercambiaron los papeles de lobo feroz y de ovejita lucera, pero a decir verdad eran las dos personajes a la vez y ninguno de ellos.

Sigfrido que etimológicamente significa “victorioso pacificador “y cuya personalidad encantadora gozaba de la conversación de los demás, es por lo que desde temprana edad se interesaba por las profesiones de carácter humanitario y social. Como la realidad pone a cada cual en su sitio demostró en el caso de nuestro personaje que la etimología y la mitología no tenían nada que ver a como era el sujeto al verlo, oírlo o tocarlo.

Muy distinto. Había sido y era muy estudioso, activista en la Universidad, donde le gustaba destacar sobre los demás, como si permanentemente estuviera queriendo dar lecciones e impartir doctrina a todos sus compañeros y compañeras a quien los contemplaba con cierto aire de suficiencia cantando ¿Quién teme al lobo feroz?

A veces, eso sí, soñaba que era como Paff el dragón mágico que vivía al fondo del mar e imaginaba historias que no se creía ni convencían a nadie. Llenaba el aire de retórica y palabras vacías, que les servían para denominar todo aunque de diferente manera.

Mientras, algo más pequeño pero en la otra punta de la ciudad de las Maravillas, Thor, cuya familia acomodada, había decidido llamarle así, pensando en el dios del trueno y de la fuerza que era como se le conocía en la mitología nórdica y germánica .Aunque era una figura pagana que tenía influencia en áreas muy diferentes, como el clima, las cosechas, la protección, la justicia, las lidias, los viajes y las batallas.

En realidad y al igual que Sigfrido, la leyenda iba por un sitio y la autenticidad del personaje por el contrario. Ni era un trueno ni acumulaba la fuerza que anunciaba su nombre. Al igual que su familia era creyente y cristiana y muy conservadora.

Durante sus andares y caminos por su vida, cantaba en ocasiones con tono suave y quedo aquella balada de Pepe Mairena, que también hicieron famosa La Mandrágora que componían Joaquín Sabina, Javier Krahe y Alberto Pérez, “Mi ovejita lucera”, sobre todo en la estrofa en la que decía, me gusta cuando bala la ovejita ”beee”, y cuando le responde el corderito “baaa”, me sabe a música celestial ese dulce balar.

Tanto Sigfrido como Thor eran una muestra de la sociedad actual. Un día se conocieron en la Universidad en la que el primero daba clase y el segundo iba a hacer un master exprés para engordar su currículum. En un pis pas se dieron cuenta que no tenían nada en común, aunque el conservadurismo de uno y el radicalismo del otro coincidían en el populismo de ambos.

Sin embargo quedaron para el día siguiente y más tarde fijaron una nueva cita para ver series fantásticas. A pesar de que Thor se consideraba pragmático y Sigfrido racional, sentían una común y especial predilección por las espadas y los dragones y manera determinante por “Juego de Tronos”.

Al igual que sucede en la materia oscura les encantaba construir aventuras y universos paralelos, o en la serie Vikingos en la que se embebían adentrándose en las conquistas del rey Ragnar y sus descendientes o como el clan florentino de los Borgia se convertía en la familia más poderosa e influyente del siglo XV, cuando su patriarca es proclamado papa con el nombre de Alejandro VI.

También disfrutaban juntos, a pesar de sus diferencias, queriendo emular las hazañas, vida y milagros del famoso gladiador Espartaco, así como la de sus compañeros gladiadores y sus amos romanos o aprender todas las intrigas y maldades de los Tudor.

Les gustaba mezclar viajes en el tiempo con triángulos amorosos y como transportarse del pasado al presente o las peripecias del Príncipe Dragón que emprenden una épica aventura junto a una asesina, con objeto de detener la guerra entre sus reinos.

Disfrutaban con Black Sails, cuyos habitantes no eran muy honestos, pero la isla Nueva providencia, era el hogar del capitán Flint y se enfrentaba a todo el que se atreviera a reclamarla. O las historias de The Witcher, un brujo y cazador de monstruos modificados genéticamente, que busca su lugar en un mundo donde los humanos demuestran ser peores que las bestias.

Sigfrido y Thor, habían alimentado sus vidas a través de este punto en común por la ficción en series en los que “el cielo no se toma por consenso, del cielo se toma por asalto” o “la corrupción no puede ser la seña de identidad de nadie”, por mucho que lo dijera uno de nuestros protagonistas.

En los años más jóvenes de sus vidas habían aprendido la obsesión por el poder, la pregunta es ¿Hasta dónde les llevaría? ¿Terminarían trabajando en el mundo de la política, del que hoy no hemos querido hablar? Qué cada cual imagine lo que quiera, que los cuento se los lleva el viento…y colorín, colorado este cuento se ha acabado, mientras sonaban una alegrías de fondo que decían así “Ay pueblos de la tierra mía, qué blancos y bonitos son, pueblos de la tierra mía porque brillan más que el sol y en toita mi Andalucía“.