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Las élites y la “posverdad”

Seguimos con reflexiones acerca de las próximas elecciones en EE.UU. Y, a este respecto, he repasado unas notas que tomé en noviembre de 2016, sobre las primarias en Francia, en el Partido Republicano francés, para elegir a su candidato a Presidente de la República. Todos los que optaron al mismo, con excepción de uno, se presentaban como “anti-sistema”. El veterano Alain Juppé, fue el único que mantuvo la decencia, de no entrar en esa vergonzosa subasta por el electorado populista de Marine Le Pen ¿y así le fue?

Que los hechos objetivos, son menos influyentes en la opinión pública, que las opiniones y las creencias personales, tampoco me parece tan novedoso, aunque hoy lo denominemos “posverdad”. Las emociones y las creencias personales, han venido teniendo una importancia crucial en política, desde los inicios de la historia. Sólo de este modo se explica el “pathos” revolucionario o nacionalista, desde hace tanto tiempo presente en nuestras sociedades. Lo novedoso hoy, no es la fuerza de las emociones y las creencias, sino la frecuente incapacidad de la política para detectarlas. La “posverdad” estaría en las mentiras de los que intentan atraer a los votantes, presentándose como lo que no son, y prometiendo lo que no creen. Y lo grave es que la ciudadanía los tomé en serio. El PP y Trump, son dos grandes ejemplos de ello.

Este ¿comprensible? furor anti-sistema, proviene más bien, me parece, del hecho que la llamada “globalización”, reparte muy injustamente los costes y beneficios, y amenaza directamente la cohesión social. Como ha dicho Bruno Latour, es urgente abrir un camino entre la utopía globalizadora y la del regreso al pasado. Esta maniquea reducción del debate político, pone, sí, en evidencia, el fracaso de la ultra-izquierda, de ciertos movimientos ciudadanos, y la imperiosa necesidad de detener ese camino, hoy aparentemente imparable, hacia el autoritarismo liberal y posdemocrático.

Pongamos atención, ya lo he escrito antes, al hecho de que Trump ganó hace cuatro años, con el voto republicano de siempre. O sea que no parece que su apoyo electoral, hubiera expresado – decía Máriam Martínez Bascuñán – una confrontación del “buen pueblo”, frente a las aristocracias políticas, sino un problema dentro de estas mismas. Que no hay política sin élites políticas, ya nos lo explicó hace mucho tiempo Pareto. Lo que está fallando, opino, es el mecanismo de selección o circulación de dichas élites. Recordemos que los dirigentes republicanos, no querían a Trump, pero éste les derrotó con el apoyo de las “bases”.

A las élites les está perdiendo su soberbia, el pensar que pueden seguir haciendo política como siempre, como si nada hubiera ocurrido, como si bastara con el control de los medios tradicionales de opinión, para seguir mandando. Pero estos han dejado de conformar la opinión pública, y la autoridad en la interpretación informativa, al menos en gran parte. Para bien o para mal, ahora las comparten con las redes sociales y los medios digitales, aparentemente más capaces de detectar las nuevas sensibilidades, e incorporar la espontaneidad social. Las élites están viviendo ajenas a un mundo en plena transformación, pero tampoco es recurso válido, el regreso a arcaicas soluciones, a utopías regresivas.

Estamos ante nuevas reglas y prácticas, a las que el “establishment” político de hoy tiene que sabe dar respuesta. Triunfarán los que sepan “leer bien la batalla”, hacer la lectura adecuada del tiempo en que vivimos. Y ofrezcan un liderazgo renovado, para abordar los problemas del presente y del futuro. No aquellos que siguen conduciendo – apostillaba Máriam – con el espejo retrovisor, o se limitan a hacer de correa de transmisión de otras élites, quizá también ya arcaicas, pero aún más poderosas.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.