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Las oportunidades y las estatuas mudas


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La situación de excepcionalidad que se vive tras las elecciones del 23 de julio pasado admite muy pocas dudas respecto a que pudiera servir para la gestación de un status enteramente nuevo en el entendimiento territorial del Estado. La cuenta de escaños, con sus sumas y restas, ha desembocado en un azar con todas las adherencias de capricho y casualidad capaz por sí mismo de forzar una ocasión ciertamente histórica.

El adelanto electoral del presidente Sánchez desdibujó y emborronó la pizarra de las elecciones municipales y autonómicas de mayo. La audacia anticipatoria impidió la maniobra previsible de la desidia y la agonía del final de los períodos de gobierno bajo la lupa de un recambio próximo. El revés adivinatorio de las encuestas, en su mayor parte favorables a la posibilidad de gobierno del PP en cualquiera de sus fórmulas, propició esa suerte de escenario de imprevisión y de rareza al que las opciones de presunción ganadora no están dispuestas a la aceptación sin estridencia.

Al margen de la investidura hecha o no realidad en la segunda tentativa, la de Sánchez, sería lícito pensar que la pirueta histórica que permite la oportunidad de un entendimiento entre el nacionalismo catalán y un partido de vocación nacional era una cuestión pendiente que habría de resolverse de una manera o de otra. Esto es, que lo ocurrido en el otoño de 2017, nominado como procés, pudiera necesitar de una revisión, aparcada desde entonces y con todos los hitos sucedidos, desde la declaración de independencia, su suspensión, la intervención del Tribunal Constitucional, la aplicación del artículo 155, la convocatoria de elecciones, el juicio por los hechos de 2017, las condenas, los indultos, todo ello en paralelo con los distintos episodios con Carles Puigdemont como figura estelar, entre el simbolismo de una lucha heroica para sus simpatizantes y seguidores, y el repudio y animadversión odiosa de sus enemigos políticos.

El accidente producido el 23 de julio, que volvió del revés el calcetín de las encuestas, permitirá el acercamiento de los representantes de voluntades tan distantes en el pensamiento de un Estado. Hará lo propio respecto de las posibilidades de reforma y transformación del texto constitucional, tantas veces invocado como hábito y pocas como creencia. La abierta posibilidad de investidura ha descubierto del mismo modo la profundidad de las divergencias dentro del socialismo militante. Aunque también han emergido las flaquezas humanas de los protagonistas de la transición en las figuras de relumbrón (González, Guerra, Aznar), no menos compensadas por los silencios de distintos personajes clave de ese mismo momento histórico transicional, o más en la dirección del acuerdo, el caso del ex presidente Zapatero, ya con la distancia temporal de doce años desde su tiempo de gobierno.

El momento concreto abre ocasiones que negaba el apriorismo del diseño inmediatamente previo a la cita del 23 de julio. Si se produce el acuerdo de factura histórica de verdad, puede tenerse la esperanza de una solución de concordia, convivencia, ¿paz? De lo contrario, de no intentarlo, muy probablemente, la fractura territorial y el reparto obligado de papeles en un solo Estado, tendría siempre el regusto de lo inconcluso, de lo por terminar, lo procrastinado. Existe un pasaje en las memorias de Stefan Zweig, El mundo de ayer (Acantilado), donde pone unas palabras en boca de Rathenau, ministro de Exteriores alemán después de la primera guerra mundial, “primero tiene que desaparecer de la diplomacia la vieja generación y es preciso que los generales se limiten a hacer de estatuas mudas en las plazas públicas”. Después de esta sentencia aplicable al tiempo presente, lamentablemente Rathenau fue asesinado.

Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.