Crítica siempre, insulto nunca
Las tendencias al linchamiento como arma de descalificación personal van cobrando cada vez más arraigo en las prácticas mediáticas y políticas. Parece como si la crítica objetiva, contundente pero respetuosa con la persona y desprovista del insulto, resultara ser una quimera en la esfera de la vida pública. Tales tendencias al acoso personal esconden casi siempre pulsiones odiosas, signadas por prejuicios ideológicos, racistas, xenófobos, clasistas, supremacistas y/o etnocéntricos. Basta comprobarlo observando con cierta atención el tenor de lo que se vierte hacia el exterior desde las cabeceras de tantos medios que han olvidado los sustantivos a la hora de titular sus informaciones, para sustituirlos por toda una gama de adjetivos hirientes, descalificadores y humillantes. Otro tanto ocurre con la mayoría de los discursos políticos, parlamentarios o con declaraciones de exponentes judiciales al uso. Insultar no forma parte de la libertad de expresión, debiera tenerlo en cuenta tanto personaje público, con o sin toga.
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