Serpientes de verano
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
Los veranos suelen caracterizarse por distintos tipos de sequías. En el mundo de los medios, la información escasea y se seca: la actividad política y social decrece para dar paso a vacaciones, con treguas más o menos gozosas. En España, estas son especialmente gratas, habida cuenta de la angustia que en la ciudadanía más sociable genera la persistente torpeza de la mitad de la clase política, caracterizada por su probada vacuidad, su insidioso decir y su frívolo quehacer orientado a negar, porque sí, todo tipo de iniciativa dotada de sentido. Por todo ello, surgen en el mundo mediático las llamadas serpientes de verano, noticias o especulaciones dotadas de cierto interés por su rareza y singularidad, capaz de producir divertimento o, en el caso que voy a referir, miedo. Si. Miedo.
Vayamos al año de gracia de 1978. En aquel ardiente verano, se registró un hecho insólito en el pueblo abulense de Las Navas del Marqués: al caer la tarde, con el ocaso, de los muros de una entonces semiderruida abadía situada entre un enorme risco y un orgulloso castillo medieval, surgía una respiración honda y misteriosa, audible a doscientos metros de distancia del desvencijado convento. Fatigosa pero dotada de ritmo humano, aquella respiración desaparecía cuando un grupo de niños del pueblo, poseídos por el miedo, apedreaba los muros de donde partía aquel lastimero suspiro, para recrecer una vez que los niños abandonaban su temerosa drea.
¿Qué era aquello? ¿Los quintos del pueblo tomado el pelo al personal desde un lugar ocultos? ¿La fuga de un dispositivo radioeléctrico, como la instalación espacial situada en el cercano pueblo de Robledo de Chavela, cuyas ondas reverberaban sobre los muros conventuales? ¿Aguas subterráneas? ¿Voluminosas lechuzas anidadas tras los lienzos de piedra berroqueña que conformaban el ruinoso edificio?
Preguntado al respecto Félix Rodríguez de la Fuente sobre si podría tratarse de una lechuza, el defensor de los animales respondió, con su característica voz, grave e inconfundible: “Querido amigo, de ser así, debería tratarse de una lechuza de p…. madre, pues su respiración se escucha a gran distancia”.
La vieja abadía se convirtió en un lugar de visita de muchos veraneantes de la zona, desde San Lorenzo y El Escorial, hasta Guadarrama, Villalba, Cercedilla, San Rafael y El Espinar. Cientos de personas se desplazaban allí para escuchar tan lastimero suspiro que desde el atardecer se prolongaba hasta el alba del siguiente día. En una noche, mientras casi un millar de personas atendía con unción el raro sonido que de los muros del convento emergía, un irresponsable a bordo de un jeep y provisto de un megáfono, se adentró entre la masa de asistentes mientras propalaba a los cuatro vientos: “Se ha fugado del manicomio de Ávila un enfermo mental que responde …”. Aquel anuncio estuvo a punto de provocar una letal estampida, habida cuenta del miedo que impregnaba los ánimos de los numerosos oyentes.
Un médico consultado al respecto, sobre si aquel suspiro pudiera proceder de alguna persona en trance agónico, dijo que, a su juicio, sí podría tratarse de alguien que agoniza, presumiblemente por un tumor cerebral. Una investigación entre las gentes del pueblo dio como resultado la confirmación de que una anciana había muerto por tal causa durante el invierno anterior. Ulteriores pesquisas en archivos de Ávila dieron noticia de que frente a ese convento, en el año de 1600, el mismo año en el que Giordano Bruno fue quemado vivo en el romano Campo de’Fiori, seis judíos y otras tantas brujas de Ávila fueron a la hoguera, precisamente frente a la abadía de San Pablo de Las Navas del Marqués, paraje donde, por cierto, pasaba temporadas Juan de Torquemada, franciscano, denunciado en México por maltrato hacia operarios de retablos de varios conventos que él allí restauraba.
Nunca se supo a qué ni a quién obedecían aquellos suspiros, que duraron todo aquel verano, para desaparecer en otoño y regresar en el hondón del invierno. Pero su misterio planteaba un interrogante para la Ciencia: pueden existir fenómenos cuyos efectos conocemos pero de los cuales ignoramos sus causas. ¿Pueden existir pervivencias sonoras encapsuladas en el tiempo? ¿Son posibles las denominadas psicofonías? Para personas como el autor de este escrito, resulta comprometido admitir que, sin un vector o vehículo determinado, un sonido pueda prolongarse en la historia. Pero, incluso desde una perspectiva científica, la Ciencia jamás hubiera progresado si todo fenómeno, de partida, hubiera sido conocido en sus causas y efectos.
La nota divertida de aquella curiosa serpiente de verano la puso un sacristán de la catedral de Salamanca, donde sobre una de sus fachadas, tiempo después en aquel mismo verano, surgieron suspiros muy semejantes a los de Las Navas del Marqués. Al preguntarle un reportero de Televisión Española cómo explicaba lo allí sucedido respondió. “Son lechuzas”. “¿De qué tipo?” le inquirió el reportero. Y con toda rotundidad el sacristán afirmó: “nocturnas”.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.