Un apunte sobre la Iglesia católica
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
La Religión es el corazón de un mundo sin corazón. Así la describió aquel alemán barbudo -y sabio- llamado Karl Marx. El pensador alemán se refería a que las penalidades sufridas por los desheredados de la Tierra hallaban en la Religión un consuelo frente a la adversidad. Las religiones se proponen dar forma a la espiritualidad y, para ello, aúnan creencias, moralidad y ritos. Cuando se institucionalizan, surgen las Iglesias. Y las Iglesias cobran importancia al convertirse en administradoras de la moral y de su práctica social, ética, asociadas siempre a cada religión.
Las Iglesias han sido aparatos organizados y potentes, generalmente muy jerarquizados, con cuadros especializados -obispos, pastores, sacerdotes-, que componen el clero y versan su actividad hacia una grey de seguidores denominados fieles. Estos, con su obediencia a los preceptos morales emitidos y administrados por el clero, legitiman el sistema religioso y creencial en su conjunto.
El ejemplo eclesial más cercano es el de la Iglesia católica que, en España, ha desplegado numerosos cometidos y ha gozado históricamente de copiosos beneficios derivados del poder que su duradero monopolio de la educación, de la moral pública y privada, le ha deparado. Su ascendiente social resultó y aún resulta inigualable con el de otras confesiones e instituciones religiosas. Esa inercia de poder le ha granjeado una posición única en la escena política, tan singular como para desbordar el marco que la Constitución de 1978 le asignaba, al definir la democracia española como un régimen aconfesional.
Cuando el Estado, a través de sus representantes gubernamentales, se sienta a negociar con la jerarquía católica sobre asuntos de Educación, de fiscalidad, de propiedades inmatriculadas, por ejemplo, el ciudadano de a pié suele reparar en que siempre ésta jerarquía gana frente a aquel. Y suele ser cierto. Cabe preguntarse a qué se debería tal constante. Los que hilan más fino dicen que en esas negociaciones siempre sale a relucir ese intangible concepto de la unidad de España tan incrustado en el meollo mismo del Estado. En tales casos, los representantes eclesiales suelen 1 alardear, al parecer, de que disponen del único lenguaje que, en verdad, puede ser compartido por catalanes, vascos, castellanos, aragoneses, gallegos, valencianos, cántabros, madrileños, murcianos, navarros, asturianos, andaluces, extremeños, riojanos, mallorquines, canarios, ceutíes y melillenses: el catolicismo. Y, comoquiera que la cohesión nacional preocupa sobremanera al Estado, éste siempre acaba por ceder. Y si olvidara el Estado lo que debe hacer en tales casos, surge de pronto el amargo recuerdo de la Iglesia vasca, tan nacional- nacionalista ella durante tanto tiempo.
No obstante, la Iglesia católica encara hoy una crisis muy intensa, más si cabe en España, donde cada vez resulta más raro encontrar una iglesia abierta para que un fiel cualquiera pueda, simplemente, orar. Eso sí, estará de par en par si para visitar el templo hay que pagar entrada, como sucede ya en muchas catedrales y basílicas, como si en su construcción y en su financiación no hubieran participado por doquier obreros ni donantes civiles ya que lo recaudado va, presuntamente, a financiar el patrimonio histórico artístico regido por la institución eclesial, gestión que presenta trayectorias manifiestamente mejorables.
La crisis afecta a las denominadas vocaciones, los seminarios se vacían y, sobre todo, al ascendiente moral de una organización eclesial que, presumiblemente, en el mejor de los casos para evitar el “escándalo”, y en el peor, por mera complicidad, decidió esconder la extensa práctica de actividades pederastas en colegios religiosos. Era frecuente que el religioso descubierto en tan nefanda actividad fuera meramente trasladado a un enclave alejado, por citar un ejemplo. La plaga pederasta se extendió por doquier, Irlanda, Francia, Estados Unidos... afilando lo que muchos cristianos consideran un rejón de muerte para la institución eclesial, algunos de cuyos exponentes alardeaba de permanecer vigente e incólume durante casi dos milenos. Las medidas correctoras adoptadas llegan demasiado tarde para mitigar la honda erosión derivada de todo aquello y algunos otros señalan que el surgimiento de un nuevo Savonarola no está lejos.
En el plano social, tan solo algunas ONG,s y pequeñas comunidades de base, parecen haber recogido el testigo del amor al prójimo heredado del legado de Cristo, ya que algunas prelaturas o pomposas fundaciones, otrora semillero de ministros y autoridades gubernamentales y estatales, 2 parecen más dedicadas a acuñar otras herencias que nada tienen que ver con la caridad cristiana y sí mucho que ver con distintas formas de poder.
En el ámbito doctrinal, los púlpitos siguen siendo todo un signo de la verticalidad de la enseñanza cristiana, con el olvido del carácter eclesial, es decir, asambleario y horizontal, del que la Iglesia originaria se vio dotada. Y en el proceloso mundo de los valores, las interpretaciones masoquistas de la existencia humana, las recetas culposas, la victimización, el aguante, las amplias tragaderas ante el dolor propio y ajeno, todo ello impuesto desde los confesonarios, oscurecen lo que un día fue una vigorosa creencia. Otrora sus fieles valientemente, frente al martirio, la persecución y el tormento, lucharon por la igualdad del género humano y el amor al prójimo como medida de todas las cosas.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.