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La Oficina Pro Cautivos de Alfonso XIII durante la Primera Guerra Mundial


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Personal de la Oficina en el Palacio Real. 1917. / Wikipedia Personal de la Oficina en el Palacio Real. 1917. / Wikipedia

Al estallar la Gran Guerra en la Europa de 1914, el gobierno español adoptó una política de neutralidad, aprovechando que la nación no se encontraba atada a ninguna de las grandes alianzas de los países beligerantes. Ni tenía compromisos internacionales con la Entente ruso-franco-británica ni con los Imperios Centrales. Conforme fue alargándose en el tiempo un conflicto que había generado muertos, desaparecidos y prisioneros, llegaron cientos de cartas de familias al palacio real de Madrid -la mayoría escritas en francés- solicitando la ayuda de Alfonso XIII para saber la situación de sus seres queridos, de los que desconocían su suerte en el campo de batalla. En enero de 1915 llegaron unos 1.800 telegramas o cartas, aumentando a 3.000 solicitudes en febrero, 5.000 en junio y 8.000 en julio.

Estas circunstancias motivaron que el rey de España comenzara una sobresaliente labor humanitaria, ayudando a miles de europeos que demandaran su ayuda para saber si sus hijos, hermanos, padres o esposos se encontraban refugiado, desaparecidos o presos en campos enemigos o eran rehenes civiles. La secretaría particular del monarca se componía, normalmente, de seis funcionarios pertenecientes en su mayoría al Cuerpo Diplomático, pero la gran cantidad de trabajo que comenzó a llegar con este motivo hizo necesaria la contratación de 5 mujeres y 16 hombres, creándose, en julio de 1915, la Oficina Pro Cautivos en palacio, costeada por el rey. Además, colaboraron algunas órdenes religiosas femeninas como las del Real Colegio de Santa Isabel, la Asunción, Reparadoras, Cluny, etc. Resultaba imprescindible, lógicamente, el dominio de idiomas, la mecanografía y la creación de un gran archivo de información que aún se custodia en el Archivo General del Palacio Real.

La Oficina solicitó información y ayuda a las embajadas y consulados españoles en los países en guerra. El flujo postal llegaba a palacio para ser luego reenviado a las familias, a los gobiernos y ayuntamientos extranjeros, en algunos casos a través de las representaciones diplomáticas europeas radicadas en Madrid. Ante la humanitaria labor de Alfonso XIII los gobiernos en guerra decidieron que la administración de sus residencias diplomáticas en países enemigos pasara a España, mientras durara el conflicto. Aceptaron que la diplomacia hispana participara, junto a la Cruz Roja y otros países neutrales, en la inspección de los campos de prisioneros, analizando el trato que se dispensaba a los presos en más de 4.000 ocasiones, facilitando información sobre su situación a sus familias, a través de la Oficina Pro Cautivos. Incluso se consiguió un acuerdo de no agresión a los buques hospitales británicos.

Teniendo en cuenta que las familias reales se encontraban en permanente comunicación, el rey español intentó utilizar ese canal para salvar vidas. Por ejemplo, cuando en octubre de 1916 los alemanes anunciaron la ejecución de diez ciudadanos belgas, miembros de una red para la liberación de presos y civiles aliados en campos de trabajo, entre ellos varias mujeres. Al estar previsto su fusilamiento para el día 18, Alfonso XIII sólo tuvo 50 horas para actuar, solicitando al emperador alemán, Guillermo II, el indulto de los condenados. La emperatriz Augusta, su esposa, apoyó la petición del rey español y logró retrasar la ejecución hasta conseguir de su marido la conmutación de las penas de muerte. Pero, pese a los esfuerzos españolas, una de las condenadas, Edith Cavell, fue ejecutada, presentándose su caso como una injusticia más de la ocupación alemana de Bélgica.

No obstante, la Oficina Pro Cautivos logró numerosos éxitos, sobre todo al trasmitir a las familias de desaparecidos la existencia como prisionero de sus parientes, al notificarles exactamente su situación en los campos de trabajo, promoviendo la repatriación de heridos graves -extendido a civiles de edad avanzada, esposas y niños o movilizados que fueran padres de más de cuatro hijos- indultos entre prisioneros austrohúngaros y rusos, o canjes entre militares capturados por los británicos y los alemanes. Además, el rey envió donaciones en metálico a la Comisión para Socorro de Bélgica, impulsada por Estados Unidos, además de promover otras dos en Madrid, debido a la situación de sus habitantes, atrapados entre la ocupación alemana y la proximidad del frente bélico occidental.

Las cifras hablan por sí solas: 500 peticiones urgentes de indulto de condenados a muerte, más de 5.000 peticiones de repatriación de heridos, 25.000 solicitudes de información sobre familiares en territorios ocupados y más de 250.000 solicitudes sobre desaparecidos o prisioneros. Se atendieron a 122.000 prisioneros franceses y belgas, 8.000 británicos, 6.400 italianos, 400 portugueses, 350 estadounidenses y 250 rusos. En puertos españoles se canjearon 21.000 prisioneros enfermos y alrededor de 70.000 civiles pudieron ser trasladados a zona segura.

Esta labor humanitaria, que no cesó pese a los problemas internos españoles como la famosa crisis de 1917, acrecentó una buena imagen internacional de España ante las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial, especialmente entre las pequeñas, ya que las grandes -Francia y Gran Bretaña-, una vez alcanzada la victoria, volvieron a imponer sus intereses particulares en sus relaciones diplomáticas con Madrid.

 

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

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