El Papado ante los desafíos centrales del siglo XX
- Escrito por Antonio Manuel Moral Roncal
- Publicado en Historalia
El pontificado de Pío XII (1939-1958) estuvo marcado por la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias a nivel mundial. Meses antes del estallido de la conflagración europea, consciente de la crítica situación internacional, el papa pronunció un mensaje en el que exhortó a buscar la paz a todos los gobiernos del mundo. De marzo a septiembre de 1939, Pío XII intentó infructuosamente evitar la guerra, sin que recibiera amplios apoyos diplomáticos de ninguna de las grandes potencias. Como dominaba el alemán -desde sus tiempos como nuncio ante el reino de Baviera- escribió personalmente a Hitler e intentó una aproximación entre los gobiernos de Francia e Italia. Ante el fracaso de estas gestiones, Pío XII encargó al padre Tachi Venturi que promoviese contactos para celebrar una conferencia de cinco potencias (Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia y Polonia) para evitar una repetición de la guerra de 1914. Finalmente, sus constantes llamadas a la paz no recibieron ninguna respuesta positiva.
Alemania pactó con la Unión Soviética en agosto de 1939 un acuerdo diplomático que preveía la invasión y reparto de Polonia y de las repúblicas bálticas (Lituania, Letonia, Estonia) entre ambas potencias. Los nazis pactaban con los comunistas para invadir en septiembre un país católico, Polonia. A partir de estos momentos, todo podía suceder… ¿Dónde quedaban el pacto Antikomiterm y los Frentes Populares? A pesar de todo, en octubre la diplomacia vaticana intentó que se focalizara el conflicto en el Este europeo y, pese a las declaraciones de guerra de Francia y Gran Bretaña, se lograra acordar una paz en poco tiempo. Incluso algunos enviados norteamericanos a las capitales europeas analizaron esa posibilidad de cese de hostilidades. Pero los avances alemanes en la primavera y verano de 1940 destrozaron esa posibilidad, alargando la guerra. Ante esta situación, El Vaticano optó por desarrollar una diplomacia de asistencia y ayuda paralela en su voluntad de “evitar males mayores” a perseguidos, prisioneros y poblaciones derrotadas.
Años más tarde, concretamente en 1964, estalló una polémica en torno a la obra El vicario (1964) de R. Hochhut, en la cual se acusaba al papa de complicidad con los alemanes en el holocausto del pueblo judío. El Vaticano respondió con la publicación de varias actas y documentos de la Santa Sede durante la Segunda Guerra Mundial, custodiados en el Archivo Segreto. Los mismos demostraron que, durante el conflicto, la autoridad vaticana había considerado peligrosa la denuncia política y pública de los crímenes nazis por las consecuencias que podía generar, entre las cuales la más inmediata sería el agravamiento de la situación de los perseguidos. Pareció más oportuno emprender acciones para socorrer a las víctimas y arrancarlas de su destino, en la medida de lo posible. Elección dramática asumida por el papa y los gobiernos aliados, puesto que una condena pública a Alemania por la persecución y ejecución de los judíos hubiera supuesto la ruptura de relaciones diplomáticas, una vengativa política contra el clero y pueblo católico y, tal vez, hasta la propia invasión de la Ciudad-Estado del Vaticano. Una condena que tampoco realizaron Suecia, Suiza o la Cruz Roja Internacional, cuyos diplomáticos ayudaron -en la medida de sus posibilidades- a los judíos, salvándoles de la muerte en muchas ciudades europeas ocupadas. De haber emitido sus gobiernos esa condena, no hubieran podido realizar sus humanitarias gestiones en diversos países europeos. Cabe recordar también que Pío XII no apoyó ni declaró como “cruzada” la invasión alemana de la Unión Soviética en el verano de 1941.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial en 1945, Europa central y del Este estaban ocupados por ejércitos soviéticos que apoyaron la formación de regímenes comunistas en esa zona. El enfrentamiento entre las grandes potencias vencedoras, Estados Unidos y la URSS, caracterizaría toda la historia mundial hasta 1991. En ese contexto, Pío XII aceptó la organización de católicos en partidos demócrata-cristianos como freno -en las democracias occidentales- al avance de los partidos comunistas. Inicialmente nacidos en Europa, fueron surgiendo también en América, de tal manera que hacia 1975 se encontraban en activo unos 72 partidos católicos en todo el mundo. Los demócrata-cristianos defendieron que estas agrupaciones políticas estuvieran formadas por laicos, sin figuras provenientes del clero, para dejar claro los diferentes planos de actuación. Además, organizaron periódicos y medios de comunicación afines, apoyando la construcción del Estado del Bienestar allí donde se fuera erigiendo. Se mantuvo la confrontación dialéctica con el marxismo, paralelamente, y aumentó la presencia de católicos en mundo laboral obrero.
Durante el pontificado de Pío XII cristalizó la universalización de la imagen del papa que comenzó a ser un personaje mediático gracias a la revolución de las comunicaciones y la movilización de masas populares. A modo de ejemplo, dos millones y medio de personas acudieron como peregrinos a Roma el año santo de 1950.
Tras la muerte del papa Montini, le sucedió un emblemático patriarca de Venecia, el cardenal Roncalli, que asumió el nombre de Juan XXIII (1958-1963). Su pontificado e recordado por la convocatoria del Concilio Vaticano II, donde se reunieron 3.000 obispos, además de numerosos asistentes de todo el mundo. El papa invitó a los asistentes a no condenar nada ni a nadie y les animó a que intentaran buscar un punto de unión y encuentro con el mundo y sus problemas. Asimismo, fue recordado por el impacto mundial de sus encíclicas Pacem in terris y Mater et magistra en laicos y agnósticos. También aceptó los primeros acercamientos al mundo comunista, estableciendo relaciones diplomáticas con Estados musulmanes y asiáticos, nacidos del proceso descolonizador. En este sentido, Juan XIII fue consciente de la etapa de distensión que se vivía en la Guerra Fría, amenazada constantemente, no obstante, por crisis como la de los misiles en 1962.
A nadie extraño que, a su muerte, fuera sucedido por su principal colaborador con el nombre de Pablo VI (1963-1978), el cual presidió la última fase del Concilio Vaticano II hasta su cierre en 1965. Este papa continuó la estela de su antecesor, intensificando lazos con la cultura laica dominante, otras religiones y filosofías de todos los continentes. Pero también sufrió interiormente por el desgarro que el ejercicio de la conclusiones del Concilio produjo en la Iglesia, al enquistarse un debate entre partidarios de un mayor acercamiento a las demandas de la modernidad y aquellos que tuvieron miedo a perder la esencia religiosa, la espiritualidad inherente, porque nadie debía engañarse: la Iglesia católica no era -ni es- una ONG, puesto que siempre aspiraba tanto a mejorar la vida material de los seres humanos como su interior, estableciendo el reino de Dios en la tierra. Pablo VI permitió el abandono del sacerdocio a quienes lo desearan, de manera más fácil que en tiempos pasados, lo que produjo un abandono inesperado en su número, mientras las vocaciones religiosas entraban en crisis, y se expandía la teología de la liberación en América del Sur.
El lector interesado puede acudir a
-J. Paredes (dir.), Diccionario de los papas y los concilios, Barcelona, Ariel, 2004.
-D. G. Dalin, El mito del Papa de Hitler, Madrid, Ciudadela, 2005
- P. Hebblethwaite, Juan XXIII, el papa del Concilio, Barcelona, 2000.
Antonio Manuel Moral Roncal
Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.