Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

Tres escritores católicos, Tres Españas en 1936


Destacado periodista, pensador autodidacta y ensayista vasco Ramiro de Maeztu y Whitney. / © Real Academia Española Destacado periodista, pensador autodidacta y ensayista vasco Ramiro de Maeztu y Whitney. / © Real Academia Española

Como ya hemos visto en anteriores artículos, ecos de la renovación cultural católica de principios del siglo XX llegaron a España desde círculos franceses, británicos e italianos. Junto a receptores como Miguel de Unamuno y Joan Maragall -de los cuales ya hemos hablado- habría que añadir otras figuras como las de Marichalar, Bergamín y Maeztu, cuyas plumas brillaron durante la Edad de Plata de la cultura española, aunque terminarían siendo cada uno de ellos reflejo de las Tres Españas de 1936.

Antonio Marichalar (1893-1973) fue, esencialmente, un excelente crítico literario, labor a través de la cual ayudó a divulgar la obra de la renovación católica francesa e inglesa en los círculos literarios y periodísticos nacionales. Y, a su vez, gracias al dominio de idiomas extranjeros, intentó dar a conocer la literatura española por Europa. Sus críticas se llenaron de referencias religiosas, divulgando la espiritualidad de escritores como el bengalí Rabindranath Tagore, autor de obras de teatro, novelas y poemarios por los cuales llegó a recibir el premio Nobel de Literatura en 1913. Marichalar escribió tanto textos poéticos -El Espejo de Dios, Sacrificio, (1920)- como aproximaciones biográficas como Riesgo y ventura del duque de Osuna (1930). Colaboró en la revista The Criterion, el órgano más famoso de la intelectualidad británica, y se posicionó a favor de la nueva crítica católica francesa, que defendió que ésta debía formar también parte del arte y de la literatura, para orientar a los autores en sentido afirmativo, dotando al lector de un órgano visual lo más perfecto posible de una obra. La crítica debía asumir los contornos de una atenta dirección espiritual, que no debía conformar al autor según la opinión del crítico, sino potenciar aquello que había mejor en el literato y que, por estar todavía en ciernes, aún resultaba posible la plena realización de un estilo propio. Y, teniendo en cuenta estas ideas, realizó su labor crítica, colaborando en numerosas revistas como Revista de Occidente y La Gaceta Literaria, en cuya fundación participó en 1927, la cual llegó a ser la revista más emblemática de la vanguardia española. Miembro de la nobleza titulada, Marichalar formó parte de esa “Tercera España” desangrada y desgarrada por ambos bandos en la guerra civil, con ninguno de los cuales llegó a identificarse.

Amigo suyo fue José Bergamín (1895-1983) cuyo su pensamiento estuvo marcado por un catolicismo sincero, comprometido socialmente con su tiempo. En su obra destacó la exaltación de la mujer y la reivindicación de la infancia como en El cohete y la estrella (1923). Su máximo logro fue la fundación y dirección de la revista mensual Cruz y Raya (1933-1936), en la que participaron el músico Manuel de Falla, el crítico José María de Cossío, los escritores José María Semprún y Antonio Garrigues, además de numerosos miembros de las generaciones de 1914 y 1927. Sin embargo, su núcleo principal fueron intelectuales católicos que se sintieron alejados del confesionalismo, posicionándose a favor de una apertura a todos los valores del espíritu, puesto que Bergamín siempre se mostró contrario a postulados clericales y tradicionalistas. Los editores de esta revista quisieron “hacer cruz y raya” ante el liberalismo individualista y el tradicionalismo inmovilizador que, a su parecer, habían caracterizado al siglo XIX, buscando nuevos caminos creativos e ideológicos. En este sentido, transitaron sobre el filo de una navaja, pues no quisieron un catolicismo autoindulgente y acrítico, sino autocrítico para apurar su acción y pensamiento, divulgando, en este sentido, lo mejor del intelectualismo católico europeo. Por ello, en aquellos tiempos convulsos recibieron rechazos tanto desde posturas anticlericales como confesionales. El estallido de la guerra civil radicalizó a José Bergamín, de tal manera que buscó caminos y herramientas para unir el comunismo revolucionario con el cristianismo, apoyando la labor depuradora de retaguardia en la sección “A paseo” en El Mono Azul, todo lo cual le empujaría al exilio tras la derrota republicana.

Ramiro de Maeztu (1875-1936) fue un escritor singular, pues atravesó postulados anarquistas para pasar a defender un socialismo moderado e intelectual durante su larga estancia en Gran Bretaña. Desde ese horizonte pasó a interesarse por el gremialismo y el corporativismo en fechas muy tempranas, antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. Si bien en su juventud renegó de la religión, comenzó a mostrar inquietudes espirituales desde 1907, retornando al catolicismo a partir de 1916, periplo vital que le llevó a escribir La crisis del humanismo, tras la Gran Guerra. En esta obra revalorizó los aportes culturales de la Edad Media frente a la ética renacentista que, a su entender, había provocado la crisis moderna del ser humano al impulsarle a no sentirse pecador, es decir, imperfecto, capaz de cometer acciones buenas pero también errores profundos. Por ello argumentó que la autoridad política -incluso en el siglo XX- debía basarse en el ejercicio continuo de valores profundos, renegando de los postulados maquiavélicos.

La vuelta de Maeztu a España fue traumática, al estar habituado a vivir -según sus palabras- en países donde el orden público era considerado una necesidad vital y la ley era sagrada. La crisis del pensamiento liberal, luchas laborales, el terrorismo anarquista, el desorden y la inmoralidad que, según su visión, campeaban por la España de los años veinte le llevaron hacia posiciones anticomunistas y a favor de soluciones autoritarias como la dictadura del general Miguel Primo de Rivera. Escribió ensayos sobre Don Quijote, don Juan y la Celestina (1926) y fundó -durante la Segunda República- junto a Eugenio Vegas Latapié, la revista quincenal Acción Española, ligada al autoritarismo corporativo. Varios de sus artículos formaron el libro Defensa de la Hispanidad (1934) donde defendió un conjunto de valores espirituales y culturales que -según su cosmovisión – se habían desgranado del tronco católico hispánico y desarrollado en el árbol común hispanoamericano. Defendió que la España imperial había sido la España más pura y con más valores, por lo tanto, debía ser el espejo inspirador de los movimientos autoritarios antirrepublicanos. Como otros intelectuales de su época, terminó radicalizando así su pensamiento, siendo asesinado en los comienzos de la Guerra Civil.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.