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La preparación de los socialistas para la consolidación de la Segunda República


En distintas ocasiones hemos estudiado los manifiestos y las posturas de la primera hora en la proclamación de la República, tanto del PSOE como de la UGT. En este nuevo trabajo, en el 90 aniversario de este hecho capital de la Historia contemporánea de España, vamos a comentar un largo artículo de El Socialista, del día 23 de abril de 1931 que hablaba de prepararse para el futuro. Puede ayudarnos a seguir profundizando sobre qué se pensaba en el seno del socialismo acerca de lo que había que emprender, y sobre lo que podía ocurrir en el nuevo régimen político que comenzaba a andar.

La tesis socialista partía del hecho de que no bastaba con que las derechas y la alta jerarquía eclesiásticas hubieran declarado que acataban la República. Eso había tranquilizado a los republicanos, pero eso no consolidaba el cambio. Éste, considerado como una revolución, no se afianzaría si no se hacía una profunda obra de transformación social, sobre todo en la agricultura, y como los cambios que había que emprender eran tan grandes generarían a buen seguro la reacción de los terratenientes, que sería aprovechada por las derechas para enfrentarse a la República e intentar recuperar el poder. Por consiguiente, era un deber de los republicanos y socialistas estar alerta, es decir, la República era para éstos últimos un cambio más allá de lo político, en la línea siempre defendida de asociar el republicanismo con su dimensión de cambio social. Pero, además, se reconocía que ese cambio generaría resistencias evidentes, una consecuencia que, como bien sabemos, tuvo lugar.

A continuación, se reconocía que el cambio en sí no había parecido muy difícil, y ello se interpretaba por la descomposición a la que había llegado el viejo régimen monárquico. Se había cedido por puro desfallecimiento, por falta de energías. El día 14 de abril el poder había estado en la calle, a merced de quien quisiera ocuparlo. Se consideraba como un acierto el acuerdo de republicanos y socialistas, que había desembocado en la creación de un órgano adecuado para encauzar la revolución y constituir inmediatamente un Gobierno como una garantía para todo el país. ¿Qué hubiera pasado sin este acuerdo? La respuesta producía, en opinión del periódico, un hondo estremecimiento, porque se podía haber caído en una tiranía extremista, que disfrazada de “huera fraseología revolucionaria”, seguiría en la política una orientación profundamente reaccionaria. Como vemos, esta es una postura bien moderada desde el socialismo, alabando cómo se había canalizado el cambio impidiendo la violencia y el extremismo.

Los republicanos y los socialistas debían comprender que poseer el poder no significaba la revolución. Ésta comenzaba ahora, con trabajo constante, orientando la República hacia soluciones modernas para todos los problemas planteados. Ya no era posible la restauración porque la democracia española había alcanzado un grado de madurez que lo impediría. La juventud, además, estaba impregnada de idealismo moderno y tenía un acusado sentido de independencia ciudadana. No era, por lo tanto, posible esa restauración monárquica, aunque sí el intento perturbador de restaurarla, por lo que había que hacer frente a ese peligro de forma enérgica. Y esto supondría sacrificios.

Por otro lado, se interpretaba que cuando la derecha se convenciese de que la restauración no era posible, se agruparía en una fuerza poderosa con el fin de mediatizar y dominar la República, orientándola de forma reaccionaria. Este era un serio peligro para los socialistas, y al que había que hacer frente desde las dos organizaciones, la política y la sindical. La alegría no debía impedir la meditación. No deja de ser interesante que los socialistas vaticinasen, con su propia interpretación de lo que ello podía suponer, la evolución de una parte fundamental de la derecha, que se fue agrupando hasta formar la CEDA.

Las necesidades del nuevo régimen requerían que se desarrollase una actividad máxima en relación con la propaganda y la organización. Era responsabilidad socialista conseguir que en España el sentimiento democrático, socialista y republicano pasara a ser conciencia republicana, porque no era lo mismo. La conciencia, y no podía ser de otra manera en el socialismo, era quien imprimía su sello a las revoluciones.

También se teorizaba en el artículo sobre los beneficios de la revolución. En general, los hombres que las hacían no gozaban de los beneficios producidos, pertenecían a una generación condenada al sacrificio. Solamente disfrutaban del placer de destruir el viejo régimen, para crear un mundo mejor para las generaciones venideras, que serían las que terminaría gozando los beneficios que se obtenían.

Los socialistas, en conclusión, tenían que prepararse para el sacrificio constante con el fin de consolidar la República y orientarla en un sentido de progreso.

La columna se publicó en el número 6928 de El Socialista. En la hemeroteca de El Obrero contamos con distintos trabajos sobre esta primera hora republicana desde la perspectiva socialista.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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