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Morris Hillquit y la Tercera Internacional desde Estados Unidos


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Morris Hillquit (1869-1933) fue un abogado y activista norteamericano socialista, pero originario de Riga. Siendo joven emigró a Estados Unidos, ingresando en 1887 en el Partido Socialista Laborista de América, para luego terminar en el Partido Socialista de América donde sería uno de sus principales líderes, junto con Eugene V. Debs, un personaje al que hemos dedicado atención monográfica en El Obrero. Fue candidato a la alcaldía de New York, pacifista y publicó distintos libros sobre el socialismo y la historia del socialismo en los Estados Unidos.

En este trabajo analizamos su posición ante la Tercera Internacional, en un artículo que se publicó en castellano El Socialista en junio de 1921, donde A.F.R. realizó un resumen de la posición del socialista norteamericano, dentro de nuestro esfuerzo por dar a conocer las distintas posturas dentro y fuera de España sobre la Internacional Comunista desde el universo socialista. Una vez que el PSOE había decidido no aceptar las 21 condiciones, el periódico obrero incluyó trabajos contrarios a las mismas, a pesar de que en el proceso previo había recogido opiniones también a favor, fomentando, sin lugar a dudas, el debate.

Hillquit había dirigido a Moscú una réplica ante la tendencia de la Internacional Comunista de intentar establecer como máximas sociales infalibles y de aplicación universal condiciones propias de Rusia, uno de los argumentos principales que muchos socialistas emplearon para no recomendar la entrada en la organización. También le había molestado el manifiesto de Zinoviev. La aportación de Hillquit también es importante, a nuestro juicio, por el análisis que hace de la situación obrera norteamericana al terminar la Gran Guerra. Por fin, nos aporta la visión del socialismo de este personaje, a todas luces, fundamental en la Historia del movimiento obrero en los Estados Unidos.

Como otros socialistas, Hillquit elogió la Revolución rusa, algo que no era obstáculo para no aceptar las 21 condiciones. El Gobierno de los soviets suponía una fuente de inspiración y esperanza para los trabajadores del mundo entero por los métodos de lucha, sacrificio y su idealismo social. Hillquit reconoció que se vio inclinado a evitar toda crítica a la Internacional de Moscú mientras los soviets estaban luchando contra el capitalismo europeo y norteamericano. Pero esa tolerancia no había sido seguida por los propios comunistas, como demostraba la crítica que habían recibido los socialistas como “renegados y traidores”. En este sentido, citaba párrafos del texto de Zinoviev en los que el mismo, junto con personajes como Martov, Adler, Ramsay MacDonald, entre otros, era calificados de traidores, agentes de la burguesía o antisocialistas.

Hillquit recordaba que Zinoviev había afirmado que los socialistas que no incitasen para sus respectivos países a una lucha activa para la realización de la dictadura del proletariado estaban obstaculizando el progreso socialista, por lo que actuaban como reaccionarios y traidores y, por tanto, no podían entrar en la Internacional Comunista. Esta era la conclusión del análisis que el ruso realizaba sobre la transformación revolucionaria del capitalismo al comunismo o socialismo en gran parte de Occidente, tanto en Europa como en Estados Unidos, y que debía hacerse bajo un gobierno de dictadura del proletariado.

Esta argumentación era contestada por el socialista norteamericano, partiendo de la idea de que en lo que concernía a las condiciones políticas, sociales y económicas norteamericanas no se podía afirmar que hubiera síntomas de una caída inminente del capitalismo. En Estados Unidos el capitalismo no se encontraba en una situación de colapso, y los trabajadores no vivían en estado de revolución. La guerra y los trastornos económicos generados por la misma sí habían debilitado los fundamentos del sistema capitalista en Estados Unidos, pero no los habían destruido. El poder capitalista seguía siendo muy fuerte.

Los trabajadores norteamericanos estaban descontentos y había agitación, tanto contra los empresarios como contra los líderes de las Sociedades Obreras conservadoras. Había muchas huelgas, que estallaban de forma espontánea, al margen de estos sindicatos clásicos. Pero eran conflictos de pequeña escala y por aumentos salariales. La inestabilidad y agitación obreras norteamericanas eran, a su juicio, favorables para la causa del socialismo, para el fomento de la conciencia de clase y para la formación de poderosas organizaciones obreras. Pero ese descontento y esa agitación no llevaban por sí solos al socialismo, y ni mucho menos significaban una lucha por la dictadura del proletariado.

Por otro lado, Hillquit consideraba que la teoría de la dictadura del proletariado era falsa. Bien es cierto que los socialistas aceptaban la afirmación marxista que la forma política durante el período revolucionario de transición debía ser una dictadura del proletariado, pero opinaba que con esto Marx no entendía necesariamente la supresión de toda oposición, sino que empleaba el concepto como equivalente de “gobierno político” o de “dominación política”. Por dictadura entendían los comunistas la privación total de derechos a la burguesía y la supresión de su fuerza política. Hillquit entendía que estos métodos había sido los únicos practicables en Rusia, pero eso no demostraba que podían dar resultados en el resto de los países. Los bolcheviques suponían que el soviet era el único instrumento adecuado de la dictadura, pero era una afirmación apriorista que no estaba probada en otros lugares. Los soviets eran instituciones específicamente rusas y debían su existencia a la falta de madurez del movimiento obrero ruso. La adopción de ese sistema habría sido impuesta por los bolcheviques después de haber pedido ellos mismos la convocatoria de una Asamblea Constituyente sobre la base de la mayor libertad política. Cuando los socialistas revolucionarios hubieron ganado una mayoría de votos en la Asamblea y los bolcheviques se sintieron los más fuertes en los soviets, éstos proclamaron “Todo el poder para los soviets”. ¿Hubieran proclamado esto si la situación hubiera sido al revés?, es decir, ¿si hubieran tenido mayoría en la Asamblea y los socialistas revolucionarios hubieran dominado en los soviets?.

El propio Hillquit contestaba en un sentido afirmativo porque el rasgo fundamental de los comunistas era, siempre según su opinión, su afán de imponer fórmulas dogmáticas en los demás países, mientras que seguían la vía del oportunismo político en su país, al que debían, en gran parte, su éxito.

En conclusión, para el norteamericano, el soviet era una táctica de éxito dudoso, sino imposible en la mayoría de los países. Además, la Internacional de Moscú no era realmente una Internacional, sino “intensa y estrechamente nacional”, es decir, era puramente rusa, ejerciendo una política de “imperialismo espiritual”.

Esta Internacional había aprovechado el fracaso ginebrino de resucitar la Segunda Internacional, pero, en realidad, sus líderes preferían más bien una “secta santa” a un movimiento internacional.

Hillquit consideraba, finalmente, que era poco probable que los socialistas occidentales se inclinasen hacia el comunismo. Los verdaderos socialistas seguirían prestando su apoyo al Gobierno de los soviets, a pesar de sus errores y deficiencias, pero se negarían a aceptar esos errores y deficiencias como artículos infalibles de una “nueva fe socialista”, y a someter al movimiento obrero internacional a la dictadura del comunismo ruso. Así pues, la tarea de construir la Tercera Internacional del Socialismo estaba por hacer.

El texto se publicó en el número 3856 de El Socialista, de 20 de junio de 1921.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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