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El dictamen de Daniel Anguiano sobre las condiciones de la III Internacional


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

Continuando con nuestro estudio sobre el intenso debate que supuso entre 1920 y 1921 en el PSOE la cuestión de la entrada o no en la Tercera Internacional, abordamos el dictamen favorable de Daniel Anguiano a las condiciones planteadas por la misma para dicho ingreso. En realidad, en el informe no se analizaban dichas condiciones, sino que su autor lo dedicó a justificar la necesidad de emprender el camino comunista por la situación revolucionaria existente, rechazando la vía reformista clásica socialista.

La situación revolucionaria habría llegado por la exacerbación de los antagonismos de clase generados por el capitalismo, provocando la guerra mundial. Anguiano consideraba que la “organización democrática burguesa” de las naciones, en nombre de un falso concepto nacional, había impuesto al proletariado cruentos sacrificios, siendo el más inhumano el de sacrificar a sus compañeros, explotados a su vez por la burguesía de las naciones enemigas. Además, la realización de esos hechos, calificados de bárbaros, se había hecho desde la legalidad, fruto de lo que Anguiano afirmaba era la dictadura de la clase burguesa, imponiendo además el terror a quien se negase a cumplir los deberes impuestos. Pero esos hechos despertaron conciencias de muchos trabajadores que pudieron constituir fuerzas para tomar el poder ante una clase dominante debilitada, como consecuencia de la misma guerra. La Revolución rusa era la prueba, aunque también se habían producido despertares de conciencias y aumento de las fuerzas de los trabajadores en otros lugares.

Esta cuestión de la fuerza obrera interesaba mucho a Anguiano, afirmando que, precisamente, estaba aumentado gracias a las dificultades que estaba encontrando el capitalismo en la reconstrucción posterior a la guerra y por los sufrimientos que imponía a los trabajadores para conseguirla. El capitalismo pretendía recuperar la fortuna gastada en la guerra y percibir los intereses de esos capitales, y para ello llevaba al máximo la explotación sobre los trabajadores.

En consecuencia, mientras la clase capitalista conservase en su mano el poder no renunciaría, en opinión de nuestro protagonista, a su propósito, y como no lo iba a abandonar por iniciativa propia sino por la fuerza y la acción del proletariado organizado, preparado para luchar, parecía evidente que la acción revolucionaria se imponía, además de por las propias condiciones económicas generadas por la guerra.

Una vez demostrada esa situación revolucionaria la argumentación de Anguiano pasaba por analizar qué es lo que había hecho el socialismo.

Se partía de la obligación que se tenía de comprender las situaciones y utilizarlas para despertar al proletariado, pero lo que se estaba haciendo era confundir el pensamiento, debilitar la fuerza de los trabajadores y hacer imposible la acción. Si ante el sufrimiento que se había generado se inducía a los trabajadores a buscar soluciones circunstanciales lo que realmente se estaba logrando era fomentar acciones de colaboración con la burguesía para facilitar la solución de sus problemas. En una palabra, los partidos socialistas se habían convertido en fuerzas obreras organizadas a disposición de la clase capitalista, que seguían con la ilusión de conquistar lentamente el poder, pero con prolongación de los sufrimientos, para al final tener que comprender que la solución no podía pasar más que por preparar la lucha para conquistar el poder.

En conclusión, el reformismo socialista forjaba esa ilusión en el proletariado, y lo convertía en una fuerza manejada por el capitalismo, y al final, defensora de sus intereses. Así pues, Anguiano defendía la necesidad de luchar contra ese reformismo en el seno del Partido y de las organizaciones proletarias.

La revolución, y una vez que triunfara la necesidad de conservarla, imponían otra necesidad, la de la dictadura. Anguiano, seguramente consciente de que este concepto generaba preocupación o rechazo, intentaba demostrar en el informe que ya se vivía en dictadura, eso sí, de otro tipo, una “dictadura y terror de clase capitalista, engañosa y burdamente disfrazada de democracia burguesa”, es decir, “con apariencias de democracia, la burguesía no hace mas que encubrir su dictadura y su terror”.

Pero, además, al triunfar la revolución, el capitalismo no se resignaría a abandonar el poder, por lo que procuraría sublevarse y sublevar a masas ignorantes para reconquistar su dominación. Así pues, sin dictadura del proletariado no se podría conservar la revolución, y los trabajadores volverían a ser esclavos y víctimas del terror. Y para eso estaba el ejemplo húngaro.

Pero, aunque no había estado más que dos meses en Rusia, por lo que el propio Anguiano reconocía que no era tiempo suficiente, sí había observado algunas cuestiones que, en su opinión había que tener en cuenta en relación con la dictadura del proletariado. Al parecer, consideraba que era necesario que el Partido debía anticiparse a formar el pensamiento de las masas proletarias para, realizado el acto de fuerza, es decir, la revolución y conquistado, en consecuencia, el poder, estar en situación de fundirse en el conjunto de fuerzas obreras que habían realizado la revolución, querían conservarla y decían participar en la obra de construir un régimen comunista. Anguiano opinaba que la dictadura era menos cruel y más eficaz cuando no la ejercía un Partido en nombre y representación del proletariado, sino por parte de todas las fuerzas proletarias que se habían sumido conscientemente a la lucha. Esta salvedad de Anguiano, en realidad, puede parecer problemática desde la consideración que los bolcheviques tenían de la dictadura del proletariado, porque admitía una pluralidad, aunque también es cierto que hablaba de fusión.

El informe terminaba con una defensa de los soviets como órganos de democracia proletaria. Entendía que no podían constituirse hasta que no tuvieran que ejercer su función, es decir, una vez conquistado el poder. Pero, es más, consideraba que aun conquistado el poder carecerían de eficacia si antes no se había generado entre los trabajadores conciencia de clase, espíritu de sacrificio y un elevado concepto del deber ante la obra que había que emprender. Estas tareas, consideradas como indispensables, no eran fáciles de realizar en España en un corto plazo. Pero era imprescindible que el Partido emprendiese su inicio para que el proletariado pudiera utilizar las circunstancias favorables que el propio régimen capitalista generaba. Anguiano expresaba que la Tercera Internacional no obligaba a realizar actos revolucionarios “a tontas y locas”. Adherirse a la misma no quería decir que había que emprender una revolución en facha próxima. A lo que obligaba era a que el Partido en su ideología y táctica no se apartarse de las que conducía necesariamente a examinar la realidad y a crear en los trabajadores las condiciones precisas para emprender la acción revolucionaria, eso sí, sin olvidar la existencia de circunstancias favorables para la lucha con garantías de victoria.

Por su parte, negaba que la burguesía pudiera criticar a la democracia proletaria en los soviets porque en los mismos los obreros manuales e intelectuales explotados negasen el derecho de representación a los que habían sido capitalistas y no querían en el nuevo régimen convertirse en productores. La nueva sociedad negaba personalidad jurídica a quien pudiendo ser productor luchaba para mantener el privilegio de enriquecerse con el producto del trabajo ajeno.

Anguiano terminaba afirmando que como las condiciones de Moscú conducían a lo que había expuesto y argumentado, mostraba su conformidad. Pero, además, porque consideraba que la personalidad de las masas no quedaba anulada por la voluntad del grupo elegido para dirigirlas, y porque los actos de estos dirigentes eran fiscalizados por los trabajadores.

Próximamente, la visión de Fernando de los Ríos.

El dictamen puede consultarse en el número 3726 de El Socialista (enero de 1921).

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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