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La República, según Constantí Llombart


  • Escrito por Constantí Llombart
  • Publicado en Historalia
(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

El valenciano Constantí Llombart (1848-1893) fue una figura capital de la cultura de su tierra, impulsor de la Reinaxença valenciana, y protagonista del republicanismo y el valencianismo del último tercio del siglo XIX. En este especial nos acercamos a su idea de la República:

La República

Bendiga Dios á quien tenga el anhelo de saber, para ser justo.

Roque Barcia.

Hace tiempo que en las altas regiones de la especulativa fué condenada la monarquía, para dejar el paso franco á la espléndida imágen de la República.

Ya no se trata ahora de discutir preferencias en las dos formas de gobierno.

La fórmula política que la filosofía moderna enseña á las sociedades civilizadas es el gobierno republicano.

En teoría no tiene adversarios que temer.

Cuando la República se manifiesta en su realización aplicativa, práctica, surgen para combatirla sus enemigos conscientes y los ignorantes de buena fé.

Los primeros adoradores del derecho divino, ostras pegadas al viejo régimen, no creen en el Evangelio social, porque no hallan en él un solo versículo donde se lea: Favoritismo, Derechi hereditario, Privilegios.

Estos cuatro vocablos, que significan cuatro absurdos monstruosos, son los elementos esenciales de la vida de estos enemigos de la República. Hé ahí por qué la combaten.

Los segundos, almas timoratas, que por falta de instrucción é independencia creen que la República viene siempre cortejada por la revolución, por la sangre, por la anarquía y el desórden. Por esto no la aceptan.

Sinceramente:

Es preciso que los verdaderos republicanos trabajemos ya en el campo de los principios.

Es preciso que nos coloquemos de frente á los reyes y sus defensores, para decirles que renuncien el papel anacrónico y ridículo que hoy representan.

Muchos reyes depondrían su cetro y su púrpura si tuvieran conocimiento completo de la farsa burlesca que representan; habían de preferir ser ciudadanos libres é independientes á ser esclavos é irracionales: ¡que tanto importa la irresponsabilidad real y la cortesanía de los palacios!

Es preciso destruir las preocupaciones del pueblo y destruir las tramas ominosas de los vasallos del realismo.

Las calumnias con que pretenden manchar la blanca túnica de la República deben estamparse á la luz del dia en la frente de estos especuladores, para que el pueblo los conozca, y con este conocimiento pueda arrancarse de una vez la venda de su necia credulidad.

¡La ignorancia es el gran pedestal de las monarquías!

Los parásitos galardonados, los ociosos cubiertos con las veneras del monarquismo, andan atemorizando los espíritus con los horrores que en Francia acompañaron á la República!

¡Hipócritas ó ignorantes!

¿Queréis saber por qué el 93 y el 48 no significan el triunfo práctico de la idea que sustentamos? ¡Preguntadlo al 18 brumario y á la perfidia del 2 de Diciembre; preguntadlo á los dos modernos déspotas de la Francia; preguntadlo á los dos tiranos Bonapartes!

Si hubo excesos, si hubo revoluciones y sangre, no lo atribuyáis á la República, que implica el reconocimiento de los derechos humanos; buscad su origen en las opresiones y en la tiranía de los reyes, Saturnos del trabajo y de la vida de los pueblos.

¡No! La República, hija del Cristianismo y de la libertad, no se nutre de perturbaciones sociales.

Es la consagración de la triple democracia, religiosa, civil y política.

Democracia religiosa, que abomina las religiones oficiales, que apaga las hogueras inquisitoriales, que predica la tolerancia, que reconoce al hombre el derecho de adorar libremente al Dios de sus creencias. Enseña sin quemar y apostoliza sin guerras. (Camille Desmoullins)

Democracia civil, que significa la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley; que extingue los privilegios, porque tienden á fomentar la ociosidad; que proclama la desamortización de lo amortizado para el desenvolvimiento de la producción; que promueve y amplía las relaciones sociales.

Democracia política, que tiene por principios la inteligencia y la honradez para el desempeño de los cargos públicos; que repele la inamovilidad por absurda; que pide la descentralización administrativa y moral para la emancipación del municipio y de la provincia; tiene por base la soberanía popular, manifestada por el voto libre y universal; combate el censo, porque envilece la dignidad humana; proclama, en fin, la misma igualdad de respetos y consideraciones para todas las varías manifestaciones de la actividad humana.

Aquí tenéis rápidamente señaladas las principales bases religiosas, civiles y políticas sobre que se asienta el edificio social de las Repúblicas.

Vamos ahora al Código de las monarquías.

La sociedad se divide en clases aristocráticas y populares; nobleza y consideración para aquellas, que no trabajan, que viven la vida de sus mayores, que significa las más de las veces nulidad de verdaderos méritos; degradación y tiranía para estas, que fecundizan las industrias, que activan la producción y que crean las civilizaciones.

El principio vital del régimen monárquico es la herencia. ¡Fúndase el mérito del ciudadano en el acto casual del nacimiento!

Los ejércitos permanentes, que rompen los lazos de la familia, influyen poderosamente en el acrecentamiento del pauperismo, alimentan el vicio y la prostitución, producen el decaimiento de las industrias. ¡Los ejércitos permanentes son, pues, las indispensables columnas del realismo entronizado!

¡La intolerancia de cultos para constituir la fingida alianza del trono y del altar, como si una hipocresía pudiese influir en la moralidad de los pueblos ó en la salvación de las almas; la ciega, obediencia del súbdito para ejercer completamente las arbitrariedades del déspota; la pena de muerte para dejar correr desenfrenadamente la tiranía de los que en nada son útiles á la sociedad, son otros tantos artículos de los programas monárquicos!

Vemos, pues, que el rey, ó es un imposible político como los sistemas absolutos, ó es una nulidad antieconómica como las realezas constitucionales, y ahí tenéis la majestuosa pirámide de las monarquías!

¡Y aun existen y aun las consentimos después de tantos siglos de filosofía y de cristianismo!

¡Mas el pueblo no está preparado!

Este es el argumento común que nos presentan los adversarios de la República ó sus tibios defensores.

Analicémoslo.

Si decís que la ignorancia del pueblo es el único obstáculo á la realización práctica de la República, afirmáis implícitamente que la República es un bien.

Si es así, debéis de concluir lógicamente que es un mal la monarquía.

¿Para qué está el pueblo preparado, para el bien ó para el mal?

Cuando enviasteis vuestros hijos á la escuela, ¿examinasteis si estaban educados, ó fuisteis á proporcionarles educación?

La República, antes que todo, es una grande escuela para el aprendizaje político. Bajo la influencia benéfica de sus instituciones los ciudadanos aprenden á practicar sus derechos y sus deberes.

Si así es, difundidla, pues, todos los que tuviereis alma para ello; propagadla, sí, propagadla todos los que os sintáis capaces de enseñar.

Sembrad, sembrad con profusión las doctrinas federales, que el dia de la justicia social recogeréis el apetecido fruto de vuestros esfuerzos.

La democracia, como decía López de Mendoza, se halla escrita por toda la tierra con el sudor de los operarios y de cuantos trabajan.

Nada nos intimide, republicanos. ¡Adelante!

Dificultades prácticas han surgido siempre que ha tenido que realizarse una idea fecunda y generosa.

Para que un pueblo sea republicano no es esencial que sea un pueblo de sabios. ¡Basta que oiga la voz de su conciencia, que es la verdad de la naturaleza, y que odiando el despotismo adore la libertad!

¡Las tempestades que van derrumbando los tronos europeos anuncian ya la alborada de un gran dia, el dia en que radiante brille el sol de la República democrática federal!”

La Ilustración Republicana Federal, número del 7 de enero de 1872.


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