Talleyrand. El Consulado. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
La primera cosa que hizo Napoleón al acceder al cargo de Primer Cónsul, fue nombrar a Talleyrand ministro de Asuntos Exteriores. Le recomendó a sus colegas del Consulado: Jean-Jacques de Cambécères, un jurista que había estado en la Convención y, Charles Lebrun, un experto en finanzas de simpatías monárquicas. Charles-Maurice hizo valer su influencia y, acabó relegándolos a funciones subalternas.
A continuación, recomendó que Cambecérès (segundo Cónsul) se encargara de Justicia y Lebrun (el tercero) de las finanzas de la nación. La idea pareció gustar a todos y, como resultado de esta, Talleyrand se convirtió en el segundo hombre más poderoso de Francia. Ello dio lugar a que entre el antiguo abbé y Bonaparte, se estableciera un duelo permanente, amable y pacífico en los primeros tiempos. Charles-Maurice se esforzó por mostrarse servicial y deferente “a la antigua”, mientras que el primer Cónsul, todavía intimidado por el pedigree de su ministro y su experiencia indudable, lo escuchaba atentamente y pocas veces discrepaba de él, aunque a veces no le hacía caso en la práctica. Si alguien lo criticaba en su presencia, lo defendía diciendo: “Proviene de un linaje ilustre y eso cuenta mucho”. A consecuencia de todo ello, Talleyrand no tardó en convertirse en lo que en el ancien régime llamaban “el favorito de la corte”.
Napoleón derramó riqueza y títulos sobre su empolvada cabeza. Años después, en sus memorias, el abbé de Périgord reconocía aquella situación que un día se torció. No podía ser de otra manera:
“Amaba a Napoleón. Me sentía ligado a su persona a pesar de sus defectos. Al principio me sentía arrastrado por la atracción irresistible que emana de los grandes genios. Su generosidad me hizo sinceramente agradecido. ¿A qué negarlo? Me bañaba en su gloria y en el resplandor que irradiaba a quienes lo ayudaban en su noble tarea”.
La noble tarea que el mismo se había impuesto fue seguir buscando la paz con Austria e Inglaterra. En enero de 1800 escribió en el nombre de Napoleón, sendas cartas dirigidas a Jorge III y a Francisco II. A ambos les decía que no entendía como Inglaterra no estaba empleando sumas prodigiosas para arruinar a la Francia republicana por razones erróneas. ¿Cómo podía el rey Jorge negarse a reconocer el derecho de las naciones a elegir su forma de gobierno? ¿Acaso Inglaterra no había hecho lo mismo con su Glorious Revolution de 1688, que expulsó de una vez por todas a los odiados criptocatólicos Estuardo del trono inglés y puso los cimientos de una nueva dinastía mucho más respetuosa con los derechos del ciudadano?
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.