Talleyrand. El Consulado. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Para Talleyrand, la batalla de Marengo fue una encrucijada azarosa. Indudablemente la victoria constituyó un éxito para una Francia alicaída y confusa. Cuando le dijo a Napoleón que “Marengo decidirá el destino de Europa”, no se trataba de un halago más. Como le dijo a un banquero amigo suyo, la victoria que había puesto a Italia a los pies del general vencedor, le habría dos caminos y, esperaba que el cónsul fuera a elegir “el correcto”. Podía optar por una Europa federal, en la que cada uno de sus príncipes, si era derrotado, siguiera siendo dueño de su reino, a cambio de conceder unas condiciones de paz favorables al vencedor, pero siempre manteniendo su independencia. Pero ¿y si el vencedor optaba por la anexión de sus conquistas? En este último caso, se adentraría por una senda que no tendría fin, en detrimento, en última instancia, de su propio país.
De momento Francia se disponía a inaugurar un periodo de dos años, que iba a ser el más productivo desde que empezó la Revolución. Napoleón había puesto punto final a la misma, como se encargó de hacer constatar expresamente él mismo, al promulgar la Constitución del año VIII. Sin andarse con chiquitas, Fouché silenció unos sesenta periódicos de la capital. La idea que el primer cónsul tenía del progreso, no pasaba por la libertad de expresión. Talleyrand, en cambio, decía odiar la censura, pero no puso obstáculos, en vista de la situación vivida en los últimos tiempos. Años más tarde, ya bajo la Restauración, volverá a cantar las alabanzas de la libertad de expresión.
En cuanto a las demás naciones europeas, visto el éxito de Marengo, optaron por prestarse a firmar cuantos tratados de paz les pusieran por delante, a poco razonables que fueran. Incluso la pérfida Albión acabó firmando uno. Talleyrand estaba entusiasmado. “Un tratado de paz, decía, es algo que fija los términos finales de una disputa y, por lo tanto, crea una situación de paz en lugar de una situación de guerra y de amistad en lugar de odio”.
El tratado con América fue negociado de primera mano por el cónsul. Talleyrand había dejado un mal recuerdo y, quiso hacerse perdonar, levantando un monumento a Washington, “en honor del pueblo que un día será grande y que hoy es el más sabio y feliz de la tierra”. La paz se firmó el 30 de septiembre de 1800, permitió a EE.UU. no solo comerciar donde y con quienes quisiera, sino también convertirse en una potencia militar autónoma. Finalmente, el proyecto del monumento a Washington, no prosperó.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.