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László Almásy. El Sahara. I


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Con todo lo inhóspito y misterioso que fuera el territorio del Sahara, desde los albores de la humanidad, muchos pueblos han recorrido sus solitarias extensiones, buscando en ellas un pobre sustento, para sí y sus rebaños de cabras, vacas y camellos. Sus diferentes culturas y la riqueza de sus costumbres, demuestran el triunfo del ingenio del ser humano, frente a las adversidades naturales.

Pero ¿por qué atrae el desierto a los hombres? ¿En dónde reside o en qué consiste, su indiscutible poder de seducción? Los beduinos, señores de las arenas, son los primeros en reconocer este hecho, en su famosos proverbio: “El desierto es terrible e implacable, pero quien lo haya conocido, jamás dejará de intentar volver a él”. Pude comprobar en persona la verdad de este proverbio, en una cena de recepción que nos ofrecieron las autoridades mauritanas, en Nuakchot, a una delegación del PSOE. A mi lado se sentaba el embajador mauritano en Bruselas. Hablábamos en francés. Y en un momento me dijo, que lo que más ansiaba en el mundo, era abandonar las ciudades y, volver a su tienda o jaima del desierto. Debe ser así como, una imposible mezcla del tormento con el éxtasis, del paraíso con el infierno. Lo incuestionable, con contradicciones o sin ellas, es que desde René Caillé a Heinrich Barth, de Lawrence de Arabia a László Almásy, cuantos han buscado su sino en estos “círculos de navegación, tan regulares como un mar sin navíos y sin orillas” – la frase es de Pierre Loti, el incansable viajero francés, finales del XIX – lo han hecho guiados por motivos tan variados, como los propios desiertos. Y todos, para conseguir sus metas, han puesto en juego su habilidad y su ingenio, su fortaleza y su valor y, por supuesto, sus vidas.

El desierto, ya desde sus umbrales, ejerce de filtro depurador. Su inmensidad lo oprime todo, lo engrandece todo, ante su presencia, uno olvida la mezquindad de los seres. Es la catarsis de lo absoluto. “La infinidad purifica el cuerpo y el alma”, refiere Almásy en su libro “Sahara desconocido”.

El Shara, palabra árabe que sígnica precisamente eso, “desierto”, se extiende por todo el tercio norte, del continente africano. Con una anchura de 1.600 km y una longitud de 5.000, su superficie total abarca 8 millones de km². Australia cabría entera en su seno y aún sobraría espacio. Sólo una cuarta parte está recubierta por dunas, los territorios que sus moradores llaman “erg”, por oposición a la “hammada” o “reg”, el desierto de roca o pedregoso. En cuanto a sus oasis, únicos lugares, aparte del valle de Nilo, donde al agua subterránea permite la agricultura, apenas alcanzan en conjunto 2.000 km², los cuales soportan la existencia, hoy en día, de dos millones y medio de personas.

Para la Europa del Siglo de las Luces, catapultada hacia el futuro, por su fe en la razón y en la ciencia, todo podía y debía saberse. En consecuencia, la virginidad geográfica del Continente Negro, representaba un desafío mortificante. No hacían falta otros motivos, para lanzarse a la tarea de descorrer los velos de lo ignoto y, eso fue lo que la incipiente Asociación Africana de Londres, se propuso realizar. En 1791, la Asociación, ya tenía 95 afiliados. Y en 43 años de existencia, llegó a contar con el mecenazgo – tanto económico, como social y político – de un total de 212 acaudalados filántropos, entre aristócratas, hombres de ciencia y militares de alta graduación. De este modo se fraguó la mayor empresa exploratoria, en tierras africanas, desde los ya lejanos días, en que los portugueses iniciaran el reconocimiento global, de sus costas. Los éxitos fueron tales, que, en 1870, a los 18 años de cumplirse el centenario, del establecimiento de la Asociación, la célebre Real Sociedad Geográfica de Londres, que había absorbido a aquella, era la orgullosa propietaria, de la más exhaustiva información topográfica existente, sobre África.

Después de los repetidos fracasos iniciales, tratando de resolver los misterios de río Níger – sus exploradores morían en el intento, o regresaban con resultados decepcionantes – la Asociación, se apuntó en el Sahara su primer éxito notable, con un alemán de 25 años, que se llamaba Federico Hornemann.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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