Talleyrand. Primer cargo importante. VIII
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Probablemente Mme Staël habló muy bien de Talleyrand a su padre, pero, como sea que aquel momento el joven era el agente general del clero católico francés y, Necker un calvinista recalcitrante, el ministro no le debió hacer ningún caso. En cuanto a las relacione entre Germaine y Charles-Maurice, algunos suponen que fue el primer amante de la embajadora, una afirmación por lo menos dudosa y, la que el historiador Waresquiel, desmiente. La Revolución y el exilio no tardaron en separarlos, aunque se reencontraron a partir de 1795. Los dos habían cambiado mucho, pero la amistad perduró.
A Charles-Maurice le encantaban las maneras un poco teatrales características de los salones: permitían un educado descaro, consistente en pasar de una observación maliciosa o casi grosera, a un cumplido afectado. Sacó mucho partido de ellas e hizo de la politesse extremada allí aprendida, un arma desde sus primeros pasos por el mundo, arma que siguió utilizando a lo largo de toda su vida y, con la cual conseguía desconcertar a Napoleón, totalmente ajeno a aquella cultura de cortesía y civilización. En aquellas peceras, en la que tanto contaba el atuendo de los asistentes, el joven Talleyrand lucía su elegante indumentaria eclesiástica que tan bien le sentaba, si bien a veces prefería el atuendo laico y atildado de un viscontino.
Uno de los salones en los que se inició Talleyrand, fue le de Mme de Montesson, famosa por haber sido la amante y luego esposa morganática del duque de Orleans, cabeza de la dinastía rival de los Borbones. No tardaría en pasarse al de su hijo, por entonces duque de Chartres y futuro “Felipe Igualdad”. En todos los salones que frecuentó, Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord se ganó una reputación única, tanto por su reserva un tanto disciplente, como por sus fulminantes respuestas que descolocaban al contrincante más impertinente. Todo ello sin olvidar su impecable dominio de le bon maintien, la “buena compostura”, aprendida en el seminario.
Vale la pena apuntar aquí que, entre los salones visitados, no olvidó el de su madre. Con ella aprendió el arte de hablar maravillosamente sin decir nada. La lección de su madre añadió un punto de naturalidad, al cúmulo de artificios que el abbé Périgord había ido acumulando desde que se reconoció a sí mismo en casa de su bisabuela. A lo largo de toda su vida, siempre destacó más por sus silencios que por sus intervenciones en las conversaciones y, siempre prefirió lo que él llamaba el mot juste al inane bon mot. Tenía el arte de saber escuchar en las conversaciones, incluso cuando lo relatado o comentado lo había oído mil veces, un arte que pocos conversadores dominan y, fue precisamente ese arte el que le hizo famoso.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.