Julián Zugazagoitia y las raíces del nacionalismo vasco
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
En el primer número de Leviatán (mayo de 1934) el destacado intelectual vasco y socialista, Julián Zugazagoitia, publicó un artículo sobre las raíces del nacionalismo vasco, que recordamos noventa años después.
Zugazagoitia planteaba que, en realidad, poco se sabía sobre lo que había en el fondo del movimiento nacionalista vasco porque la cuestión catalana había absorbido todo el interés. Los nacionalistas vascos habían desarrollado una táctica de alejamiento, muy contraria a la de los nacionalistas catalanes que habían emplazado todo su problema en Madrid. Pero se preguntaba si a ambos nacionalistas les separaba solamente una cuestión de táctica. Pensaba que había algo más, que la diferencia era más profunda. El nacionalismo vasco sería, siempre según su opinión, “más duro, más íntegro, más separatista”; sería como un nacionalismo cien por cien. Por su parte, los catalanes daban la impresión de que habían resuelto su problema de una manera satisfactoria a través de su Estatuto, de su autonomía. Era como si el Estatuto fuera un fin. Para los nacionalistas vascos, que en ese momento luchaban en las Cortes por conseguir el suyo, el Estatuto, si llegaban a conseguirlo, no sería un fin, sino un medio. No se conformarían más que con la independencia. Esa aspiración era para ellos firme. En ese sentido, recordaba unas palabras de Sabino Arana: “Todo para Euzkadi y Euzkadi para Dios”. También recordaba a Aranzadi que en un discurso pronunciado en las Cortes en diciembre de 1918 explicaba que el nacionalismo no era un partido político, ni se dedicaba a discutir programas de mejor o peor gobierno, sino que venía al parlamento en nombre de los vascos que tenían conciencia, que tenían el sentimiento de una nacionalidad perdida, en nombre de todos los nacionalistas de Euzkadi a protestar respetuosamente, pero con toda energía porque se considera que tenían derecho a vivir su propia vida, su nacionalidad, reivindicando todas “nuestras características raciales”. Zugazagoitia afirmaba que todo el nacionalismo vasco desarrollaba expresiones parecidas, y ponía más ejemplos.
Quien no era capaz de sentir la patria no se podía incorporar al nacionalismo. Se cultivaba el sentimiento, y para ello era necesario construir un mito. A eso se habría dedicado Sabino Arana, que había jurado en Larrazábal dejar a sus compatriotas un recuerdo imperecedero, aunque moriría pronto. Pero al morir fue cuando sus palabras comenzaron a hacerse oír. Su doctrina se condensaría en el lema nacionalista, que traducido al castellano decía: “Toda para Euzkadi y Euzkadi para Dios”. El nacionalismo vasco había terminado por hacer con los escritos de Sabino Arana una especie de texto entre místico y patriótico, y del que se habían derivado en ocasiones agrias polémicas, con sus correspondientes cismas y rupturas, entre ortodoxos y heterodoxos, o en lenguaje nacionalista: “comunionistas” y “aberrianos”.
El nacionalismo vasco no quedaba, por consiguiente, limitado exclusivamente a un simple anhelo patriótico, sino que se complicaba con un sentimiento religioso. El nacionalismo vasco se confundía muchas veces con el clericalismo. Sabino Arana había conseguido solucionar o conjurar el peligro de que un día pudiera establecerse un dilema entre Dios y la Patria. En realidad, el nacionalismo vasco había peleado con algunos obispos que habían trabajado para evitar que se empleara el euskera en los actos eclesiásticos. Pero una cosa era pelear con algunas jerarquías y otra muy distinta pelear contra la Iglesia. Además, Zugazagoitia consideraba que no había liberalismo propiamente dicho en el nacionalismo vasco, aunque hubiera hombres liberales en su seno o porque se hubiera creado Acción Nacionalista. En todo caso, los brotes liberales que se estuvieran dando tendrían hasta una motivación religiosa, la de emancipar al nacionalismo solamente de su excesiva sumisión a la Iglesia, aunque consideraba que era una tarea imposible. Emprender ese cambio sería aceptar una segunda batalla, quizá más dura que la primera, la que se tenía contra el Estado español.
El nacionalismo, insistía el político socialista, era católico desde su origen y se podría considerar un partido católico más, y también burgués, o si se quería, ajeno en absoluto al problema de la lucha de clases. La burguesía vizcaína terminaría por darse cuenta de que el movimiento nacionalista podía tener un valor instrumental en relación con las masas. No habría sido éste un interés o preocupación de los fundadores del nacionalismo, pero sí de los “hombres del dinero y de las empresas”. El nacionalismo podría servir para conjurar el grave peligro que supondría el socialismo. Por eso, el capítulo final de su artículo explicaba que el socialismo era el enemigo a combatir por parte del nacionalismo vasco.
En conclusión, ¿qué había en el fono del movimiento nacionalista vasco? Dejemos contestar directamente a Zugazagoitia:
“Hay en el movimiento nacionalista vasco una fervorosa apetencia de libertad, de independencia que calienta el pecho de muchos nacionalistas maduros y de la juventud que pertenece o simpatiza con el nacionalismo. No faltan en él los que buscan, por encima de los intereses de su patria, la victoria de la Iglesia, a la que lo supeditan todo, incluso la independencia. Ni están ausentes, sino muy presentes, los que atienden a que la victoria sea de la clase burguesa”
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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