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Los Estados Generales. I


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Los Estados Generales constituían en la Francia del Antiguo Régimen, una asamblea o junta magna que convocaban los reyes para, con carácter excepcional, tratar asuntos urgentes, fundamentalmente de índole legal o financiera, como era recabar impuestos extraordinarios.

Después de muchos, muchos años sin reunirse, en 1789 Luis XVI, se encontró ante la tesitura de tener que convocarlos. El reglamento del 24 de enero, había establecido para la reunión de los mismos, un procedimiento muy completo. Todos los franceses mayores de 25 años tenían derecho a votarlos. Eligieron 1.165 diputados, algo menos de 600 para el Tercer Estado, y también algo menos de 300, para cada uno de los dos estamentos privilegiados, la nobleza y el clero.

En el clero, en el que las luchas interiores habían sido intensas, sólo fueron elegidos 46 obispos, algunos de ellos liberales, como por ejemplo Talleyrand, nombrado el año anterior para la sede de Autun. El resto era de condición modesta, con predominio de sencillos párrocos. En la nobleza, el dinamismo, la popularidad y el talento, estuvieron del lado de los liberales. 90 de sus diputados fueron denominados en función de su competencia y/o popularidad, como la de La Fayette “el americano”. Por el contrario, la nutrida diputación del Tercer Estado (compuesta por la población no privilegiada), impresionaba por su homogeneidad social y política, nada de artesanos, ni de aldeanos, ni de obreros, sino una extensa colectividad burguesa, instruida y seria, unánimemente deseosa de asentar el Estado, sobre una base nueva. Los hombres de leyes – que eran los más numerosos en el mismo – no se sentían distintos de los comerciantes o de los negociantes.

Sin embargo, fue un signo de aquellos tiempos aristocráticos, que todos cedieran el primer papel, a dos tránsfugas de los estamentos privilegiados: el abate Sieyès, elegido diputado del Tercer Estado por Paris, tras un resonante folleto publicado en febrero, que era de mentalidad estrecha, pero de convicciones muy firmes; y el conde de Mirabeau, que había sido rechazado por su propio estamento, y elegido, en cambio, por el Tercer Estado en Aix-en-Provence, y que tenía una reputación deplorable, pero al que le desbordaba el talento.

El 5 de mayo, Luis XVI abrió la sesión con un breve discurso, cuyo carácter anodino y tradicional, había sido cuidadosamente sospesado. Después le toco el turno a Jacques Necker, responsable de las finanzas del reino. Su discurso, que por supuesto había sido previamente sometido al rey, fue una exposición meramente técnica que duró tres horas. En él no confesó más que 56 millones de déficit, y propuso un empréstito de 80 millones. Lo que equivalía decir a los diputados, en contra de las esperanzas de todo el reino, que el rey limitaba el mandato de los Estados Generales, a la aprobación de un expediente financiero. Nada sobre una eventual Constitución del reino, nada o casi nada, sobre el voto por cabeza y no por estamento, que reclama el Tercer Estado.

Pero ya era demasiado tarde, pues ya hacía mucho tiempo, que la cuestión financiera había dejado de ser, un problema meramente técnico, para convertirse en la chispa de una crisis política nacional. Al negarse a abordar el problema de fondo, el rey se debilitó. Si hubiera ordenado el voto por Estados, hubiera tenido a su favor el del clero y el de la nobleza; si hubiera ordenado el voto de los tres Estados juntos, seguramente habría contado con muchos votos del Tercer Estado. En cualquiera de los dos supuestos, habría aumentado sus posibilidades de ser obedecido, cuando aún nadie le discutía el ejercicio del poder ejecutivo. Pero su indecisión le fue fatal.

A la mañana siguiente, la nobleza y el clero, empezaron a verificar, por separado, los poderes de los diputados. El Tercer Estado no se movió. Y los Estados Generales, quedaron así paralizados.

Pues eso.

(Continuará)

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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