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Cien años de insulina. Los 40.000 pinchazos de Elizabeth Hughes Gossett


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Elizabeth Hughes Gossett y su madre c. 1923. Foto cortesía de la Universidad de Toronto  Se celebra en Canadá el centenario del mayor logro científico de ese país: la conc Elizabeth Hughes Gossett y su madre c. 1923. Foto cortesía de la Universidad de Toronto Se celebra en Canadá el centenario del mayor logro científico de ese país: la conc

Se celebra en Canadá el centenario del mayor logro científico de ese país: la concesión en noviembre de 1923 del premio Nobel de Fisiología y Medicina a los doctores de la Universidad de Toronto Frederick Banting y John Macleod por su descubrimiento de la insulina. Cada cierto tiempo vendemos a bombo y platillo que hay una droga milagro, un medicamento capaz de frenar una enfermedad incurable. La mayoría son puro humo, pero hay algunas (una o dos en cada generación) que sí lo consiguen. Adelantándose seis años al descubrimiento de la penicilina en 1928, la primera de ellas fue la insulina, una hormona que salvó la vida a millones de diabéticos.

Recordemos que el control en sangre (glucemia) de la glucosa que mantiene los niveles de azúcar dentro de unos márgenes adecuados obedece a un sistema homeostático en el que participan varios órganos: hígado, hipotálamo, glándulas suprarrenales y páncreas. Los islotes pancreáticos son fundamentales en el control, porque sus células elaboran sendas hormonas: glucagón, que eleva el nivel de azúcar en sangre e insulina que lo reduce, porque ayuda a que la glucosa penetre en las células para suministrarles energía.

La diabetes mellitus 1 es una enfermedad autoinmune: el propio cuerpo ataca a las células pancreáticas que producen la insulina. Al no tener insulina que pueda metabolizar el azúcar, es decir, en condiciones de hipoglucemia, el cuerpo tiene que extraer energía de las grasas. Esto produce una acumulación de ácidos (cetonas) en el torrente sanguíneo. Al final, la metabolización de la grasa acaba produciendo cetoacidosis, el coma y la muerte.

La insulina fue aislada en 1921, pero antes de que se aislara en cantidad suficiente como para usarla clínicamente, el único tratamiento era una dieta estricta lo suficientemente calórica como para que el cuerpo no tuviera que recurrir a las grasas, pero lo suficientemente liviana como para no causar hiperglucemia, lo que obstruye la microcirculación y, como consecuencia, provoca ceguera o neuropatía periférica.

Pero esa dieta espartana solo conseguía alargar un poco la vida de los pacientes. A medio plazo, el páncreas dejaba de producir insulina y, más pronto que tarde, acababan por morir. Era un tratamiento durísimo para una enfermedad que se manifiesta a edades tempranas. Los niños estaban perfectamente sanos hasta que aparecían los primeros síntomas a partir de los cuales se iban consumiendo poco a poco.

Aunque la diabetes no era una enfermedad nueva ni desconocida, en 1920 apenas se sabía nada más allá de su sintomatología. Como uno de los principales síntomas era la poliuria (orinar excesivamente), miles de niños habían fallecido mal diagnosticados con enfermedades del riñón. No obstante, cientos de científicos ya habían investigado las secreciones pancreáticas en el tratamiento de la diabetes y, aunque en algunos casos los niveles de azúcar habían descendido, las investigaciones se habían visto obstaculizadas por la aparición de graves efectos secundarios.

Sabemos lo que empezó a ocurrir a partir de 1923 gracias al historial clínico bien documentado de una de las primeras personas en recibir un tratamiento completo con insulina, Elizabeth, la hija de Charles Evans Hughes, a la sazón secretario de Estado y más tarde presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

En el caso de la niña Elizabeth, la batalla fue larga. Nacida en 1907, desarrolló diabetes en 1918. En ese momento, la esperanza de vida de un diabético tipo 1 sin tratamiento no solía superar unos cuantos meses. El único tratamiento conocido era la dieta de hambre. Si se seguía religiosamente, un diabético podría esperar vivir un par de años antes de que, sin defensas por su estado de desnutrición, sucumbiera a cualquier enfermedad infecciosa.

La primavera de 1919, Elizabeth fue llevada a la clínica especializada del Dr. Frederick Madison Allen. Allen la sometió a una dieta estricta y continuó vigilando su estado durante los siguientes tres años mientras la niña vivía en casa con una enfermera privada. Medía 1,51 metros y pesaba 34 kilos cuando apareció la diabetes. Con dietas de 800 calorías por día, en agosto de 1922 solo pesaba veinte.

Entre el verano de 1921 y la primavera de 1922, un equipo de la Universidad de Toronto liderado por el cirujano canadiense Frederick Grant Banting había conseguido aislar la insulina, un hito que le valió para que en 1923 lograra el premio Nobel de Medicina y Fisiología en compañía de su colega escocés John James Macleod. La madre de Elizabeth se puso en contacto con Banting, que la aceptó como paciente privada. Elizabeth iba a recibir el líquido que le concedería casi sesenta años más de vida.

Acompañada de su madre, la muchacha llegó a Toronto el 15 de agosto de 1922 y comenzó a recibir inyecciones de insulina. Se recuperó rápidamente y en dos semanas comenzó una dieta de 2.00-2.800 calorías para aumentar de peso. Tres meses después, cuando la visitó en Toronto el doctor Allen, era una niña de aspecto saludable que había recuperado su peso.

Regresó a su casa en Washington, D.C., el día de Acción de Gracias de 1922. Volvió a la escuela en 1923 y se graduó en 1929. Un año después se casó con William T. Gossett, vicepresidente de la Ford, con quien tuvo dos hijas y un hijo. Falleció de un ataque cardíaco el 21 de abril de 1981, con 73 años, después de haber recibido más de 40.000 pinchazos de insulina durante 58 años.

El 11 de enero de 1922, unos meses antes de que Elizabeth llegara a Toronto, Leonard Thompson, un chaval de 14 años que pesaba solo 29 kilos, se convirtió en la primera persona en recibir una inyección de insulina. Los investigadores canadienses llevaban solo un mes trabajando en la purificación del extracto y eso se notó. Las impurezas le provocaron una terrible reacción alérgica y el tratamiento se paró.

Por suerte, no cejaron: en doce días y con la ayuda del bioquímico James Collip, consiguieron suficiente pureza. La inyección del 23 de enero fue un éxito. Leonard mostró signos de mejoría y vivió trece años antes de fallecer de neumonía. Hasta entonces, un diagnóstico de diabetes tipo 1 era una sentencia de muerte.

Elisabeth Gosset Hughes no fue la primera paciente en recibir el tratamiento, pero la fama de su padre hizo que el éxito de la insulina abriera los periódicos de toda América y Europa. Para muchos expertos su caso hizo que el uso clínico de la insulina acabara con las inmensas salas de niños en coma unos diez años antes de lo previsible.

Con Leonard y Elizabeth la diabetes no se había curado, pero se había hecho crónica.

 

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.