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Ceuta y la guerra en la zona gris


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Cuando pensamos en una guerra imaginamos tanques, aviones y soldados cruzando una frontera. Sin embargo, buena parte de los conflictos del siglo XXI ya no se desarrollan así. Las grandes potencias y muchos Estados regionales han descubierto que existe una forma mucho más rentable de presionar a un adversario: actuar sin llegar a declarar la guerra.

Los estrategas denominan a ese espacio ambiguo la zona gris. No es paz, porque existe una voluntad de perjudicar al adversario. Tampoco es guerra, porque las acciones emprendidas no alcanzan el nivel que justificaría una respuesta militar convencional. Es una franja intermedia donde la presión económica, la propaganda, el espionaje, los ciberataques, el sabotaje o incluso la migración pueden convertirse en armas políticas.

La ventaja de actuar en la zona gris es evidente. Si un ejército invade un país vecino, la comunidad internacional sabe cómo reaccionar. Si, por el contrario, un Estado lanza una campaña masiva de desinformación, promueve un ciberataque contra una red eléctrica o favorece una crisis migratoria, resulta mucho más difícil responder. ¿Se trata realmente de una agresión? ¿Puede demostrarse la intención? ¿Qué respuesta sería proporcional?

Las herramientas empleadas en este tipo de confrontación reciben el nombre de ataques híbridos porque combinan instrumentos muy distintos. Un mismo episodio puede incluir campañas de propaganda, presión diplomática, ataques informáticos, sabotajes, coerción económica y utilización de actores aparentemente civiles. Ninguna de esas acciones constituye por sí sola una guerra. Juntas pueden alterar el comportamiento de un Estado entero.

Quizá el ejemplo más conocido sea el de Crimea en 2014. Antes de la anexión por Rusia aparecieron hombres armados sin distintivos oficiales que ocuparon edificios estratégicos mientras una intensa campaña informativa sembraba confusión sobre quién controlaba realmente el territorio. Aquellos «hombrecillos verdes» permitieron modificar la situación sobre el terreno antes de que la comunidad internacional pudiera reaccionar.

Otro ejemplo fue el ciberataque sufrido por Estonia en 2007. Durante varios días quedaron afectados bancos, ministerios, periódicos y servicios públicos. No hubo bombas ni disparos, pero un país altamente digitalizado quedó prácticamente paralizado. Atribuir la responsabilidad resultó extraordinariamente complejo, precisamente una de las características de las operaciones en la zona gris.

La instrumentalización de la migración constituye otra modalidad de presión híbrida que ha adquirido una importancia creciente durante la última década. En 2020, miles de migrantes fueron conducidos hacia la frontera greco-turca después de que Ankara anunciara que dejaba de impedir su paso hacia Europa. Grecia y la Unión Europea interpretaron aquella actuación como un intento deliberado de utilizar los flujos migratorios para obtener concesiones políticas. Turquía respondió que simplemente ya no podía soportar en solitario la carga de millones de refugiados. Más allá de quién tuviera razón, el episodio mostró hasta qué punto un fenómeno humanitario puede convertirse en un instrumento geopolítico.

Algo parecido ocurrió en 2021 en la frontera entre Bielorrusia y Polonia. Las autoridades europeas acusaron al régimen de Aleksandr Lukashenko de facilitar la llegada de migrantes procedentes de Oriente Próximo para dirigirlos hacia las fronteras exteriores de la Unión Europea. El objetivo, según Bruselas, era desestabilizar políticamente a varios Estados miembros sin recurrir a la fuerza militar.

Estos ejemplos ilustran una característica esencial de la guerra híbrida: el arma no siempre es un misil. Puede ser un cable submarino cortado, un virus informático, una campaña de noticias falsas o un flujo masivo de personas.

Con este marco conceptual resulta inevitable preguntarse si la reciente crisis de Ceuta puede interpretarse de la misma manera.

La respuesta exige prudencia. Calificar un episodio como ataque híbrido implica atribuir una intención deliberada a un Estado. Esa intención no siempre puede demostrarse de forma concluyente y, además, suele convertirse inmediatamente en objeto de controversia política.

Ahora bien, si dejamos a un lado las declaraciones oficiales y analizamos únicamente el patrón estratégico, la semejanza con otros episodios de presión híbrida resulta evidente. En la reciente entrada masiva de migrantes no hubo empleo de fuerza militar. Tampoco se produjo una invasión convencional. Sin embargo, España se vio obligada a movilizar recursos extraordinarios, reforzar la frontera, atender una emergencia humanitaria y gestionar una crisis política y diplomática de primer orden.

Precisamente eso persiguen muchas operaciones en la zona gris: imponer costes al adversario sin disparar un solo tiro.

Ceuta posee, además, unas características que la convierten en un escenario especialmente sensible. Es una frontera terrestre entre Europa y África, concentra una enorme presión migratoria y tiene un elevado valor simbólico para España y para Marruecos. Cualquier alteración de la normalidad adquiere inmediatamente una dimensión internacional.

En términos estratégicos, puede afirmarse que Ceuta constituye una auténtica zona gris geográfica: un lugar donde confluyen disputas territoriales, control de fronteras, presión migratoria, relaciones diplomáticas, seguridad europea y percepción pública. Todo ello la convierte en un espacio especialmente propicio para operaciones de coerción que no llegan a ser una guerra abierta.

¿Significa eso que la reciente crisis fue necesariamente un ataque híbrido? No de forma automática. Para afirmarlo con rotundidad sería necesario demostrar que la relajación de los controles fronterizos respondió a una decisión política deliberada destinada a presionar a España o a la Unión Europea. Esa demostración corresponde a los servicios de inteligencia y a los responsables políticos, no a los analistas.

Sin embargo, también sería ingenuo ignorar que la instrumentalización de la migración forma ya parte del repertorio estratégico de diversos Estados. Lo ocurrido en Grecia, Polonia o la propia Ceuta en 2021 demuestra que los movimientos masivos de personas pueden utilizarse como herramienta de presión con una eficacia considerable.

Quizá la principal lección sea otra. Durante siglos las fronteras se defendían con fortalezas y cañones. Hoy siguen siendo necesarios, pero ya no bastan. En la guerra híbrida las armas pueden ser un algoritmo, una campaña en redes sociales, un cable submarino, una remesa de gas... o una multitud de personas desesperadas.

La geopolítica del siglo XXI ha convertido la zona gris en uno de sus principales campos de batalla. Y pocas fronteras europeas ilustran mejor esa realidad que Ceuta, donde la línea que separa la paz del conflicto resulta cada vez más difícil de dibujar.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.

 


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