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¿Quién controlaría el Estado?


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En los inicios de julio de 1936, la gran irritación de los caballeristas, por las continuas advertencias de Prieto, acerca de la inminencia de un golpe de Estado (Prieto siempre tuvo la fama, de ser el hombre mejor informado de España) tenían mucho que ver con su firme determinación, de cerrar el camino de los centristas hacia el Gobierno. La despreocupación de la izquierda socialista por la conspiración militar, contribuyó a alimentar la ira y la frustración de Prieto, y de todos aquellos elementos asociados a la Ejecutiva del partido.

Las relaciones tradicionales entre las direcciones de UGT y del PSOE, se vinieron finalmente abajo. Esto ocurrió además, justo en un momento de debilidad y vacilación de los partidos republicanos, a raíz del golpe militar del 17-18 de julio, que obligó al PSOE a ponerse en primera línea. El PSOE resultó primordial, para la defensa efectiva de la República. Desde el punto de vista de su credo o visión del mundo, estaba listo para hacerse cargo del Gobierno, con el fin de cumplir con su propio destino y alcanzar, así, el objetivo clásico de todos los partidos socialdemócratas. Los discursos de los socialistas durante toda la Guerra Civil, refuerzan esta percepción del conflicto, como medio a través del cual, el PSOE cumpliría su misión histórica, recibir el control del Estado. Sin embargo, en 1936 había dos partidos socialistas en acción, y la pregunta era, cual de los dos obtendría ese control. De modo que la batalla entre los centristas y la izquierda socialista, se convirtió en una lucha por el dominio del partido y del Estado.

El impacto del golpe militar, desmoronó por completo las estructuras de gobierno de la Segunda República. La dimisión del debilitado presidente del ejecutivo, Santiago Casares Quiroga, al día siguiente del golpe, simbolizó el hundimiento del republicanismo. El radicalismo social y económico, de amplios sectores de la clase trabajadora, ya patente durante la primavera y el verano de 1936, estaba cuajando en una revolución, al calor de la resistencia popular al golpe. Todo esto inspiró un intenso temor y una gran alarma, en la mayoría de los grupos republicanos. El dilema principal, al que se enfrentaban el presidente Azaña y la clase política republicana, consistía en que la defensa de la República, implicaba formalmente autorizar la distribución de armas, a las milicias populares. Lo que al tiempo suponía, conceder poder político a los representantes del proletariado. Tanto Azaña, como el grueso de los políticos republicanos tenían dudas (cuantas veces he repetido, el peligro de los intelctuales, siempre con sus dudas y sus reparos, en puestos de responsabilidad política) sobre la idoneidad de “armar una revolución para contrarrestar una contrarrevolución”. Pero al final no quedó elección. El 19 de julio, el catedrático de química José Giral, miembro de Izquierda Republicana y buen amigo de Azaña, aceptó la presidencia del Gobierno y, con ella, armar al pueblo.

Pero en septiembre de 1936, eran ya de tal magnitud la colectivización agraria e industrial, y el fervor de las milicias populares, que Prieto, por encima de su proverbial pesimismo, fue el primero en admitir que la realidad política, hacía inevitable un gobierno de un cariz más radical, que sólo Largo Caballero podía presidir.

La toma de conciencia de esta situación, se hizo muy dura para la militancia del partido. Los dirigentes caballeristas no habían iniciado la revolución, ni tampoco habían intentado aprovechar su fuerza, a pesar de su retórica revolucionaria de los años anteriores. Y, sin embargo, sería en último término a la revolución popular, a la que Largo Caballero debería el encargo de formar gobierno, a comienzos de septiembre, y a la izquierda socialista, su ventaja en la disputa interna del partido.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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