Ceuta, la frontera donde la historia aún no ha terminado
- Escrito por Manuel Peinado Lorca
- Publicado en Opinión
Hay lugares que parecen condenados a vivir varias épocas al mismo tiempo. Ceuta es uno de ellos. Basta contemplarla desde el aire para comprender que allí la geografía nunca tuvo la última palabra. Diecinueve kilómetros cuadrados de tierra africana bajo soberanía española, una alambrada que separa dos continentes y un puerto que mira hacia uno de los pasos marítimos más transitados del planeta. Durante siglos fue una singularidad histórica. Hoy vuelve a ser una cuestión estratégica.
Cada vez que miles de personas se concentran junto al espigón del Tarajal, la explicación inmediata habla de pobreza, de desesperación o de inmigración irregular. Todo eso existe y sería absurdo ignorarlo. Pero quedarse ahí equivale a contemplar únicamente la superficie del problema. Ceuta no es solo una frontera migratoria. Es también un tablero donde se cruzan intereses políticos, rivalidades regionales y viejas disputas sobre la soberanía.
En los últimos años hemos aprendido que los movimientos de población pueden convertirse en un instrumento de presión internacional. Bielorrusia lo hizo con Polonia y Lituania. Turquía utilizó en varias ocasiones la amenaza de abrir las rutas migratorias como argumento en sus negociaciones con la Unión Europea. Rusia ha experimentado con tácticas similares en la frontera septentrional de la OTAN. En todos esos casos, los seres humanos dejan de ser únicamente personas que buscan un futuro mejor para convertirse también en una herramienta de presión diplomática.
Ceuta participa, guste o no, de esa misma lógica. Cada crisis migratoria lanza un mensaje simultáneo a Madrid y a Bruselas: las fronteras situadas fuera del continente europeo son mucho más vulnerables de lo que aparentan sobre un mapa.
La paradoja tiene raíces profundas. Cuando Portugal conquistó Ceuta en 1415 dio comienzo, casi sin saberlo, a la expansión europea por el norte de África. Más tarde llegó la Unión Ibérica y, cuando Portugal recuperó su independencia en el siglo XVII, la ciudad decidió permanecer vinculada a la Corona española. El Tratado de Lisboa de 1668 consolidó definitivamente esa situación. Desde el punto de vista jurídico, pocos territorios cuentan con una continuidad histórica tan sólida.
Pero la historia rara vez concede soluciones definitivas. Marruecos nunca ha aceptado esa soberanía desde que obtuvo su independencia en 1956. Para Rabat, Ceuta y Melilla representan los últimos restos del colonialismo europeo en África. Para España constituyen parte indiscutible de su territorio nacional. Ambas posiciones llevan décadas conviviendo sin resolverse porque responden a dos lógicas distintas: una jurídica y otra política, que no siempre coinciden.
Las fronteras suelen parecer eternas cuando los mapas permanecen quietos. Sin embargo, basta abrir cualquier libro de historia para comprobar que pocas cosas cambian tanto como las líneas dibujadas sobre ellos. El Congreso de Viena reorganizó Europa después de Napoleón. El Tratado de Versalles volvió a hacerlo tras la Primera Guerra Mundial. La desaparición de los imperios coloniales dejó repartidos por el mundo numerosos enclaves cuya situación legal sobrevivió a las circunstancias históricas que los habían creado.
Durante buena parte de la Guerra Fría esas contradicciones quedaron amortiguadas. La estabilidad bipolar, la protección militar estadounidense sobre Europa y el crecimiento económico hicieron pensar que la geografía había perdido importancia. Parecía que el comercio, las instituciones internacionales y la interdependencia económica acabarían sustituyendo poco a poco a la vieja política del territorio. No ha ocurrido exactamente así.
La invasión rusa de Ucrania, la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, las guerras comerciales, la instrumentalización de la energía, de las materias primas y de la tecnología indican que la geopolítica ha regresado con una fuerza que muchos daban por extinguida. La geografía, que parecía una disciplina decimonónica, vuelve a ocupar titulares.
Cuando la geografía regresa, Ceuta deja de ser una curiosidad histórica para convertirse en un punto estratégico. No resulta difícil entender por qué. A escasos kilómetros se encuentra el Estrecho de Gibraltar, una de las grandes arterias del comercio mundial. Cada año lo cruzan alrededor de cien mil buques que conectan el Mediterráneo con el Atlántico y transportan una parte sustancial del comercio entre Europa, África, Oriente Próximo y Asia. Quien controle los territorios que flanquean ese paso posee una influencia muy superior a la que permitiría imaginar el tamaño de esos territorios.
Existe además un segundo factor mucho menos visible, pero probablemente más decisivo a largo plazo: la demografía. Mientras Europa envejece y reduce progresivamente su peso relativo en la población mundial, África experimenta el mayor crecimiento demográfico del planeta. Hoy viven allí alrededor de 1 500 millones de personas. Las proyecciones de Naciones Unidas apuntan a que hacia mediados de siglo podrían superar los 2 500 millones. Gran parte de ese incremento se concentrará precisamente en el África occidental y en la franja del Sahel.
Esta diferencia convierte las fronteras mediterráneas en espacios sometidos a una presión permanente. La migración seguirá siendo un fenómeno humano, económico y social, pero también adquirirá una dimensión estratégica creciente. Los países capaces de facilitar o dificultar esos flujos dispondrán de un instrumento político de enorme valor. Ceuta es, en cierto modo, un laboratorio donde ya puede observarse esa nueva realidad.
No está sola. Gibraltar constituye otra anomalía heredada de la historia, aunque muy distinta. Kaliningrado, separado del resto de Rusia, condiciona buena parte del equilibrio militar del Báltico. Las Malvinas siguen formando parte del imaginario político argentino más de cuarenta años después de la guerra. En el mar de China Meridional, islotes casi invisibles sobre el mapa generan disputas porque de ellos dependen aguas territoriales, recursos naturales y posiciones militares. Todos estos casos son diferentes, pero tienen algo en común: pertenecen a un mundo que parecía haber desaparecido y que, sin embargo, vuelve a hacerse presente.
Durante mucho tiempo interpretamos los vestigios del pasado colonial sobre todo desde una perspectiva moral. Era una discusión necesaria y continúa siéndolo. Pero quizá haya llegado el momento de añadir otra pregunta. No basta con saber cómo nacieron determinados territorios. Conviene preguntarse también si los equilibrios que los sostienen siguen siendo viables en un escenario internacional muy distinto del que los vio nacer.
Nada de esto significa que Ceuta deba dejar de ser española. Tampoco que los tratados internacionales hayan perdido su valor. Precisamente porque el derecho internacional descansa sobre la continuidad de la soberanía reconocida, España posee argumentos jurídicos extraordinariamente sólidos. Lo que sí parece evidente es que mantener esa soberanía exige hoy un esfuerzo político, diplomático y estratégico mucho mayor que hace unas décadas. La continuidad legal ya no basta por sí sola. Hace falta gestionar diariamente una realidad mucho más compleja.
Quizá esa sea la principal enseñanza de Ceuta. Las fronteras del siglo XXI ya no cambian necesariamente mediante invasiones o guerras convencionales. Cambian mediante presiones económicas, campañas de desinformación, ciberataques, crisis migratorias cuidadosamente administradas o maniobras diplomáticas que permanecen siempre por debajo del umbral del conflicto armado.
Los imperios dibujaron muchas de las fronteras que todavía aparecen en nuestros atlas escolares. Durante décadas creímos que la historia las había convertido en algo definitivo. Sin embargo, la historia nunca desaparece del todo. Se limita a esperar. Y cuando la geopolítica vuelve a ocupar el centro del escenario, lugares como Ceuta dejan de ser una reliquia del pasado para recordarnos que, en realidad, el pasado nunca terminó de marcharse.
Manuel Peinado Lorca
Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.
En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.
Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).
En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.
En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.
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