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Capitán Richard F. Burton. Convertido en musulmán. V


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El escenario que se abría ante Richard F. Burton, poco tenía de interés, salvo para el geógrafo, el lingüista o el científico. “Ah que llanuras desoladas”, se quejó Burton, para añadir en otro pasaje: “Dicen los persas del Sind, que el olor de la muerte llega hasta la nariz de cualquiera. Burton escribió acerca de la fauna y la flora de los cenagales y, las orillas de los ríos. Era un naturalista nato. De haberse dedicado únicamente a esta tarea, con sus encantadores bocetos que, por desgracia, han sobrevivido en muy escaso número, podría haber destacado entre los mejores.

El desierto, el valle del Indo y, el gran delta de la desembocadura, estaban a fondo impregnados de historia. No sólo estaban los restos del paso de Alejandro Magno por la región, en el año 326 a.d. C. sino también los vestigios de pueblos anteriores, conocidos o ignotos. El Sind estaba repleto de mitos y leyendas. Burton oyó hablar de los “djinns” y otros espíritus, de los Siete Profetas Decapitados, de cadáveres que se levantaban de las tumbas, para pronunciar profecías y advertencias, de emperadores y de los señores de la guerra y, los “moghuls”, de santos y mujeres. Tattah, en tiempos centro floreciente, con medio millón de habitantes, situado en pleno centro del delta, en la época de Burton, había decaído hasta convertirse en un poblado, que no congregaba más que unos miles de personas. La gran mezquita construida por Aurengezeb, emperador mogol, con sus muros imponentes y sus enormes arcos, seguía en pie, sólo que circundada, por unas viviendas depauperadas y en ruinas.

A caballo, en camino de Killian Kot, un lugar próximo a Tattah que, según se creía, había sido una fortaleza construida, nada menos que por Alejandro Magno, Burton se sintió imbuido, por una abrumadora sensación de lo arcaico de la religión (refiriéndose al hinduismo). “Casi cualquiera de los lugares célebres del Sind, todavía despliega señales inequívocas, del hinduismo primigenio”. Se lo encontró, incluso, en las colinas de Mekli, en un área de unas seis millas cuadradas, que albergaba las tumbas de un millón aproximadamente, de santones musulmanes. “Unas cuantas piedras manchadas de bermellón, apiladas en vertical, decoradas con enormes guirnaldas, de flores ya marchitas, junto a una cisterna pequeña pero bastante honda”. Eran “lingas”, el signo del gran dios Shiva, mientras la cisterna era la representación, de la vulva de la Gran Madre, Shakti. Le asqueó la suciedad, pero, peor aún que la suciedad de los nativos (“Tattah es un amasijo de podredumbre”), era la suciedad de los ingleses. “Basta con ver los millares de fragmentos de botellas negras, que en estos parajes son huella inconfundible, de la presencia del blanco”. Sostenía asimismo opiniones no menos firmes, acerca de las personas y las etnias. Le agradaban los beluchistaníes y las tribus de las montañas, pero consideraba “al nativo del Sind, un puerco mugriento por naturaleza”.

Burton había llegado a la corte de Ibrahim Khan, en compañía de otros oficiales. Le desagradó en especial el ayuda de campo del amir, un tal Hari Chand, que le debió haber causado muchas molestias, pues aparece no menos de siete veces, en los libros de Burton, dedicados al Sind. Más adelante, sin embargo, podría haber estado agradecido al mismo, ya que fue este rechoncho ayuda de campo, quien le garantizó los servicios de “una dama de coqueto nombre, Mahtab – Rayo de Luna -, para un “nautch” (corta danza de la India), en el que Burton conoció a su hermana menor, Nur Jan, a la cual tomó por amante.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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