El Nilo Azul. James Bruce. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
De buen principio, James Bruce, parte de El Cairo Nilo arriba, hasta Asuán, donde se encuentra que todo ulterior avance por el río, se ve impedido por las guerras locales. Así, pues, decide entrar en Etiopía, por la ruta del mar Rojo. Retrocede hasta la ciudad de Cus, por debajo de Luxor y, desde allí se abre paso, por el desierto hasta Kosseir. Se embarca, entonces, en un sinuoso viaje a través del mar Rojo, con destino a Jedda, donde coincide con un cónsul británico, que le ayuda en su propósito. En septiembre de 1769, desembarca en Masella y, en noviembre de ese mismo año, se encamina hacia el interior. Hasta este punto había cubierto un itinerario peligroso, sí, pero bastante bien explorado. Ahora se enfrentaba a lo desconocido.
Figuraban unos 20 hombres en la pequeña partida: Luigi Balugani, un moro llamado Yasine, que hacía las veces de mayordomo y, un grupo de porteadores ocupados fundamentalmente, en transportar un inmenso cuadrante y otros instrumentos científicos. En Massalla se habían comprado además seis burros, pero Bruce iba a pie. En tres semanas cruza la llanura costera y, remonta penosamente los senderos de montaña, hasta Adua, que en aquella época, era un pueblo de unas 300 casas y, una de las principales plazas fuertes del país. Ahí tuvo Bruce un botón de muestra de lo que le esperaba: varios centenares de desdichados, se hallaban encarcelados en jaulas, a la espera de que sus familias pudieran reunir dinero suficiente, para comprar su libertad. Sigue adelante en dirección a Axum, la antigua capital del país, donde verá 40 obeliscos y, las ruinas de un gran templo. Y, seguidamente se dirige de nuevo a Gondar, que, a la sazón, según supo, era la sede del gobierno. Es en esta etapa del viaje, cuando de produce el célebre episodio del buey crudo. Bruce aseguraba haber visto a tres etíopes, echar a tierra una vaca y, cortarle dos filetes del muslo. Volvieron luego la piel sobre la herida y, la cubrieron con arcilla, tras lo cual dejaron que la bestia se levantara y se alejara. Los tres etíopes se abalanzaron, sobre la carne caliente.
A mediados de febrero de 1770, 95 días después de haber dejado Masalla, la partida alcanzaba Gondar, donde Bruce se instala en una vivienda, del barrio musulmán. Es esa época aún no se había construido Addis Abeba y Gondar era la ciudad más importante del país. La formaba un núcleo, de unas 10.000 familias, que vivían en chozas de arcilla, de techo cónico. Pero el palacio del rey, era un edifico cuadrado flanqueado por torres y, con un muro alrededor. Empero, durante la mayor parte del año, la corte vivía en tiendas, siguiendo al ejército en su interminable vagar, por la meseta etíope.
En esos días, los problemas de Etiopía estaban envueltos, en una atmósfera de fantasía delirante. En las páginas del libro de Bruce, nunca llegan a cobrar coherencia o sensatez. Reina un ambiente de “grand guignol”, de melodrama medieval: de horror en horror, hasta que todo se disuelve, en una confusa e insensata mezcla de brutalidad y, derramamiento de sangre. Por el relato de Bruce, no sería exagerado decir que entre esas gentes, actuaba un instinto de muerte, que habían nacido expresamente, para odiarse y destruirse. El hecho de mantener unos signos externos de cristianismo y, observar una tosa cortesía en los modales, no hacía sino, empeorar las cosas.
El joven rey, Tecla Haimanout y, su visir Ras Michael, que era quien en la practica gobernaba el país, se hallaban ausentes, en una de sus incursiones de castigo, cuando se produjo la llegada de Bruce, quien, así las cosas, trata de ganarse el favor de Iteghe, la reina madre. Era, por lo visto, una mujer inteligente. “¡Fíjese, fíjese – exclamó un día ante Bruce, cuando éste le reveló el objeto de su viaje – como cada día la vida nos da pruebas, de la perversidad y la contradicción, de la condición humana: usted viene de Jerusalén, salvando los viles gobiernos turcos y, tórridos e insanos, para contemplar un río y una ciénaga, nada de los cual podrá llevarse, por valioso que sea, teniéndolo en su propio país a millares, más grandes y más limpios… En cambio yo, madre de reyes que han ocupado el trono de este país, por más de treinta años, tengo por único deseo, noche y día, que tras renunciar a todas las cosas de este mundo, pudiera ser llevada a la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén y, pedir limosna para mi sustento, por el resto de mis días. Y ojalá pudiera ser enterrada finalmente, en la calle a la vista de la puerta de ese templo, donde un día estuvo, nuestro Santísimo Salvador”.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.