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La Antártida


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La Antártida – también llamada el Sexto Continente o el Continente Blanco – constituye una inmensa meseta, no desprovista de montañas, casi enteramente cubierta por una capa de hielos permanentes, cuyo espesor medio se calcula en 2.500 m. Su extensión, 13.500.000 km², dobla casi la de Australia y es 28 veces superior a la de España. A diferencia del Ártico, que es un mar ocupado en sus 2/3 partes por hielos flotantes, la Antártida conforma un sistema de tierras continental, el más alto, frio y seco del planeta.

El más alto porque su cota media, 2.500 m sobre el nivel del océano, excede en tres veces la de cualquier otro. Lo del más frío, no creo plantee dudas: la temperatura media anual del Polo Sur, es de 49º bajo cero, habiéndose registrado en la estación de Vostok (de la antigua URSS), situada a 3.488 m, sobre un manto de hielo de 3.700 m de profundidad, el récord de mínimas de la Tierra: 89º bajo cero. En cuanto al más seco, no deja de resultar algo paradójico. La precipitación de nieve en su interior, no llega a los 5 centímetros/año. Así que la Antártida, resulta ser uno de los desiertos más áridos del mundo.

A su entrada real en la historia, el Sexto Continente ofrecía a los hombres, una característica única, inexistente en los demás: su absoluta soledad. A diferencia de África, por ejemplo, aquí no había animales salvajes ni tribus hostiles, que amedrentaran al explorador o, se opusieran a su avance. El obstáculo esencial, era la pura y simple naturaleza. Aunque eso sí, una ausencia total de recursos, para sostener la progresión por su interior y la propia vida. Quienes lo pisaron y comenzaron penetrarlo podía enorgullecerse, ahora con razón y justicia, de que eran los primeros de la especie humana, en hacerlo.

La exploración y conquista, de la tierra continental antártica, se inició a la par que el siglo XX. En la primera década del siglo, los nombres que destacan, por encima de todos los demás, son los de Amundsen, Scott y Shackleton. El primero consiguió el triunfo definitivo. El segundo sólo perdió la batalla final y, con ella su propia vida. El tercero fracasó en todo cuanto intentó, pero sus reveses resultaron tan gloriosos, que le consiguieron un puesto sobresaliente, entre los inmortales de la aventura, en el continente austral. Sus hombres confiaban en él ciegamente y, como elemento de comparación, sirvan las siguientes frases de Raymond Priestley: “Para la dirección científica, dadme a Scott; para un viaje rápido y eficaz, a Amundsen; pero cuando estéis en una situación desesperada, cuando os parezca que no existe una salida, arrodillaos y rezad para que venga Shackleton”. La expedición de Shackleton en el “Endurance” (1914-1916) fue su despedida final de la Antártida y, también, la última y más terrible de sus derrotas. Tanto que ni siquiera llegó a desembarcar en sus costas. Sin embargo, es por ella, por la que más se le recuerda. No en vano, constituye uno de los ejemplos más asombrosos y tenaces, de supervivencia, de toda la historia, no ya de las exploraciones, sino de le humanidad misma.

Pues eso.

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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