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La toma de la Bastilla


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Ante la crisis de autoridad, frente a la rivalidad de las dos soberanías, la del rey y la de la Asamblea, la burguesía parisina se organizó.

A finales de junio de 1789, formó una especie de concejo semiclandestino, semitolerado, en la Casa Ayuntamiento. El cual propuso a la Asamblea nacional, la organización de una “milicia nacional”, destinada a mantener el orden en Paris y, eventualmente, proteger a los diputados, los cuales, sin embargo, no se atrevieron a aceptar la moción, y la aplazaron. En este ambiente, el domingo 12, hacia el mediodía, se enteró Paris de la destitución de Necker.

Para los parisinos, esa destitución era la prueba misma del complot aristocrático, el signo simultaneo de la bancarrota del reino y de la contrarrevolución. Dadas las noticias que se extendía durante los últimos días, unas falsas y otras ciertas, toda la ciudad se imaginaba ya rodeada por los soldados del rey, se veía ya aniquilada y entregada al saqueo. Así que los parisinos no se sublevaron esencialmente, para salvaguardar a la Asamblea nacional y sus conquistas.

En la tarde del 12, la reacción fue inmediata: lucía un buen tiempo y la muchedumbre que paseaba por el Palais-Royal, se agrupó en torno a oradores improvisados, antes de llevar en triunfo, a través de Paris, los bustos de Necker y del duque de Orleans. En la plaza de Luis XV, tuvo lugar un choque momentáneo, con la caballería del Real Alemán. Y en el acto, los guardias franceses salieron de sus cuarteles, para unirse al motín. Durante la noche Banseval, que mandaba en Paris por delegación del mariscal de Broglie, se llevó a los soldados al Campo de Marte, de donde ya no se movieron.

El pueblo parisino buscaba especialmente y por todas partes, armas. Durante toda la jornada del 13, millares de hombres las reclamaron en el Ayuntamiento. Los electores de los distritos de Paris, nombraron un Comité permanente y decidieron la inmediata formación de una milicia burguesa, compuesta por 800 ciudadanos de cada distrito, y destinada a velar por la seguridad pública. No cabe dudad de que aquellos burgueses acomodados, que se apoderaban así de la revolución parisina, querían evitar el verla deslizarse hacia la anarquía y la destrucción de propiedades. En la noche del 13 al 14, todo Paris, siguiendo las indicaciones del Comité, escuchó resonar los pasos de las primeras patrullas del nuevo orden social. Acababa de nacer la “guardia nacional”.

Todo un pueblo en vela, cuando alboreo el 14, acompañó hasta los Inválidos, al representante del Comité permanente, que había recibido el encargo de reclamar las armas. Para conseguirlas, la revolución se encaminó hacia la Bastilla. El alcaide de la misma, Launay, que no disponía más que de una pequeña guarnición, evacuó los patios delanteros y se atrincheró tras de los fosos. Prometió luego, a una delegación del Ayuntamiento, que no ordenaría disparar si no se le atacaba. Pero hacía la 1h. la multitud, logró invadir los patios hasta el puente levadizo. Entonces, creyéndose atacado, Launay dio la orden de fuego a sus soldados. La descarga de fusilería, fue mortífera para los asaltantes, que perdieron un centenar de hombres. El pueblo creyó en la traición del alcaide, y clamó contra ella.

Por la tarde, en el Ayuntamiento, la noticia provocó el furor popular. Algunos ciudadanos y 300 guardias franceses, mandados por Hulin, suboficial, y d’Elie, teniente del regimiento de Infantería de la Reina, arrastraron hasta la Bastilla, cuatro cañones tomados por la mañana en los Inválidos, y los apuntaron hacia el puente levadizo.

Eran ya las 5, cuando Launay ofreció la capitulación del castillo. D’Elie la aceptó, pero no supo o no quiso, hacérsela admitir a los amotinados, que se sentían traicionados y quería vengar a sus muertos. De forma que, tan pronto como se hubieron bajado los puentes, la muchedumbre se abalanzó al interior, e inauguró la serie de matanzas atrozmente espectaculares que, durante años, iban a señalar todas las jornadas revolucionarias por venir, y todos los levantamientos contrarrevolucionarios. Tres oficiales y tres soldados murieron. Launay, arrastrado por las calles hasta el Ayuntamiento, apaleado e insultado, fue asesinado en la plaza de Gréve. Y la multitud llevo su cabeza, clavada en una pica, hasta el Palais-Royal.

Banseval replegó sus tropas hasta Saint-Cloud. La ciudad había derrotado a la Corte.

Pues eso.

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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