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Las luchas entre liberales, obstáculos para el estado liberal


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Retrato Leopoldo O'Donnell. Museo del Ejército, Toledo. / Wikipedia. Retrato Leopoldo O'Donnell. Museo del Ejército, Toledo. / Wikipedia.

La división entre aquellos grupos políticos que pretendieron, en la España del siglo XIX, construir un Estado liberal fue uno de los factores que explicaron los avances y retrocesos en ese proceso de edificación.

Desde 1820, el liberalismo español se fraccionó entre doceañistas y exaltados en el reinado de Fernando VII; en la época isabelina entre moderados, progresistas, unionistas, a los que se unieron -en el Sexenio Revolucionario- radicales, alfonsinos y montpensieristas, sin olvidar que algunos grupos evolucionaron formaron el partido demócrata.

¿Qué motivaron esas divisiones? Uno de los más decisivos fue su posición ante la Iglesia católica, en cuanto hubo que definirse los límites a su reforma secularizadora, cuando hubo que clarificar el papel de la Iglesia en la nueva sociedad, A la hora de diseñar la desamortización de bienes eclesiásticos, unos liberales defendieron hacerlo sin acuerdo con Roma, como muestra de fuerza del Estado liberal, otros prefirieron buscar ciertos acuerdos con Roma. En definitiva, algunos buscaron el enfrentamiento y derrota de los católicos frente al Estado liberal, mientras otros, más moderados, buscaron ciertas vías de encuentro para intentar integrarlos, lo que favorecía la unidad nacional, limitaba el carlismo y evitaba muchos problemas.

También la construcción de la nueva ciudad liberal enfrentó a los grupos liberales. La urbe del Antiguo Régimen estaba plagada de campanarios de iglesias, de conventos, de monumentos religiosos, de murallas. La urbe del liberalismo debía derrumbar campanarios e iglesias, desamortizar conventos, convertir espacios religiosos en usos administrativos o civiles, sustituir los monumentos católicos por estatuas dedicadas al nuevo panteón cívico-militar liberal, quitar huertos de monasterios y construir nuevos barrios. Había que eliminar el sonido de las campanas por el reloj de los nuevos ayuntamientos, había que rotular de nuevo todas las calles y plazas con nombres menos religiosos, colocando carteles con los nuevos nombres dedicados a los héroes del liberalismo, a los políticos del siglo, a los militares que habían ganado las guerras carlistas.

El liberalismo se fragmentó ante la actitud final del Estado con los derrotados en las primeras guerras carlistas: ¿Qué política debía contemplarse con ellos? Para las filas progresistas resultaba clara la victoria militar y se les debía tratar como derrotados, aceptando ser vigilados estrechamente, exiliados si no juraban fidelidad a la reina Isabel II -encarnación de la Nación liberal-, humillados y anulados como fuerza política. Pero los más moderados buscaron otras vías de conciliación, buscando su integración en la Nueva España: a los militares carlistas se les ofreció su reingreso en el ejército si juraban fidelidad, se aceptó la existencia de una red de prensa carlista, a los más recalcitrantes una serie de indultos, incluso Isabel II aceptó reintegrar en el servicio de la Real Casa a antiguos criados que habían luchado en las filas del pretendiente, como los hijos del pintor Vicente López.

Igualmente, la división entre los liberales se agudizó ante la cuestión de plantear una mayor o menor centralización a la hora de crear la nueva administración liberal. Hubo partidarios de la misma, con el objeto de luchar mejor contra los carlistas, contra los revolucionarios de extrema izquierda, para controlar las protestas sociales, ocasionadas por las levas militares y los impuestos a los artículos de primera necesidad. Hubo, en cambio, defensores de una descentralización o incluso del federalismo, los cuales intentaron conjugar la tradición de una España diversa con el liberalismo, adaptando una realidad -la fuerza de la región- a una unidad estatal, ya que todavía se encontraban en plena construcción un sistema de comunicación que la afianzara, un único mercado nacional y un sentimiento nacionalista español.

Una dramática división del liberalismo giró en torno a los mecanismos políticos de alternancia en el poder. Si todos los partidos, una vez en el gobierno, manipulaban las elecciones -desde la capital o desde las provincias- para intentar perpetuarse en el poder, la oposición no veía otro camino que la acción extraparlamentaria para retomar el gobierno. El abanico de esta tenía varias varillas: la revolución, el pronunciamiento militar, la presión cortesana para conseguir el apoyo de la Corona. Como señalaron algunos liberales, el problema degeneró a causa del exclusivismo en que cayeron numerosos políticos, aunque hubo quien llegó a plantear la creación de constituciones pactadas entre grandes fuerzas políticas y un turno pacífico en el poder, como Leopoldo O´Donnell, pero, finalmente, no tuvo el éxito esperado. Cuando se planteó un régimen liberal más democrático, con la constitución de 1869, los partidarios del mismo se enfrentaron de forma cainita entre ellos hasta facilitar el fracaso de su régimen y el estallido de numerosos conflictos bélicos (Tercera Guerra Carlista en 1872 y sublevación cantonal de 1873).

 

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.