Pese a todo, cuando Bárbara tuvo que enfrentarse a todos esos cuerpos del Ejército, numerados con cifras romanas, y a los flancos derecho e izquierdo, no tardó en sentirse una ignorante. Esa sensación la notó con especial intensidad, cuando tuvo que explicar, cómo habían conseguido los franceses, que estaban a la defensiva, recuperar el territorio de Alsacia, justo al principio de la guerra. De hecho, esto no acabó de entenderlo nunca, pero decidió pasar de puntillas sobre el tema, y tratar otra cuestión, una artimaña que se aprende, en el proceso de escribir historia (camuflar un poco los hechos, cuando uno no lo entiende todo). Véanse, si no, las altisonantes y equilibradas frases, que a veces escribió Edward Gibbon, las cuales, si se analizan con detenimiento, a menudo carecen de sentido, pero uno acaba ignorando ese hecho, ante la maravillosa estructuración de las mismas. Tuchman no es Gibbon, pero aprendió a valorar el esfuerzo, de adentrarse en materias, que no le resultaba familiares, en lugar de regresar a un terreno, del que ya se conocen las fuentes primarias, y todos los personajes y circunstancias. Ciertamente, optar por esto último, hace que el trabajo sea mucho más fácil, pero impide la emoción del descubrimiento y la sorpresa, que es motivo, por el que nos gusta adentrarnos (a los historiadores) en un tema que no conocemos, con vistas a escribir un libro sobre el mismo. Puede que esto no resulte del agrado de los críticos, pero a Tuchman le satisfacía.