El primero de noviembre de 1700 murió el rey Carlos II sin descendencia. En los últimos años de su reinado se había vivido intenso movimiento diplomático en Europa para dilucidar el futuro de la Monarquía Hispánica, porque, a pesar de sus graves problemas, seguía siendo una potencia territorial formidable, con un vasto imperio ultramarino. En esos juegos el rey francés Luis XIV desempeñó un protagonismo claro con los denominados Tratados de Partición, que promovió con algunas potencias. El rey sol tenía sus ojos puestos en España, aduciendo derechos dinásticos porque él era hijo de una infanta española, Ana de Austria, y sus descendientes también tenían sangre de los Habsburgo porque su esposa ya fallecida, María Teresa de Austria, había sido hija de Felipe IV.