Siendo muy joven y estudiando Historia comencé a darme cuenta de que no me gustaban las equidistancias, que había que comprometerse claramente, y del mismo modo no cegarse y no defender lo indefendible tampoco. En ese momento, lo pensaba en relación con la Guerra Fría. No me gustaba nada lo que ocurría al otro lado del Telón de Acero, me horrorizaba el Muro de Berlín, el Gulag, el estalinismo y la forma de proceder que tenía la URSS. Pero, ¿eso me hacía ser un defensor de todo lo que hacían o supuestamente defendían los Estados Unidos? No. Cierto es que preferiría vivir en New York que en Moscú, pero me parecía horrible la caza de brujas, el macartismo, la Guerra de Vietnam o las intervenciones en América Latina siempre en defensa de dictadores y de dictaduras sanguinarias como las que se padecieron en el Cono sur del continente. No fui nunca defensor del régimen castrista, pero tampoco del bloqueo que sufrían los cubanos y que, en realidad, hizo más fuerte al comunismo de la Isla.