La Segunda República llegó de forma pacífica. Se trató de una excepción en la historia contemporánea española, ya que los cambios bruscos de situación política se habían producido con una mayor o menor carga de violencia. Así se puede comprobar en el bienio 1835-1837 cuando se consiguió que la Corona se inclinase definitivamente hacia la construcción de un Estado liberal para superar el régimen del Estatuto Real, en 1854 con la Vicalvarada que terminó con el monopolio moderado en el poder y abrió el Bienio Progresista, o con la Revolución de 1868 que derribó el régimen isabelino y trajo la intensa etapa del Sexenio Democrático. Las razones que pueden explicar esta paz social y que aquellos días de abril fueran los de una fiesta popular en el auge de la primavera deben encontrarse, especialmente, en la confluencia de diversos sectores políticos y sociales a favor del cambio, superando momentáneamente sus diferencias (republicanos de distintas tendencias, socialistas y nacionalistas) o dejando hacer (anarcosindicalistas), junto con la presión popular en la calle que sorprendió a partidos y sindicatos. Por otro lado, tiene que tenerse en cuenta el desbordamiento que supuso para las fuerzas dinásticas y conservadoras la rapidez de los acontecimientos, y que impidió actuar, sin olvidar que era impensable seguir defendiendo con energía la causa monárquica, completamente desprestigiada al vincularse con una dictadura que había liquidado el régimen constitucional liberal.