La “fabricación de un rey absoluto” a través de Luis XIV
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
“Nec pluribus impar”
En el año en el que se cumple el aniversario del fallecimiento del rey Luis XIV, considerado por la historiografía como el modelo de monarca absoluto, abordamos en este trabajo el estudio de la formación del mismo, de cómo se creó una personalidad tan determinante en el devenir histórico de Francia y de toda Europa en la segunda mitad del siglo XVII.
Luis fue hijo del rey Luis XIII y de la reina Ana de Austria, infanta de España e hija de Felipe III. Nació el 5 de septiembre de 1638 en Saint-Germaine-en-Laye. Su nacimiento fue todo un acontecimiento porque el matrimonio no había podido engendrar un hijo en más dos décadas. Por esa razón fue bautizado como “dado por Dios” y, además del título tradicional de Delfín concedido a los príncipes herederos, se le otorgó el de “Primer Hijo de Francia”. Así pues, desde la cuna comenzó a quedar clara su importancia, aunque estos títulos no eran suficientes para formar a un príncipe absoluto. Por otro lado, conviene recordar que en Luis confluían tres dinastías clave en la Historia moderna: los Borbones, los Austrias españoles y los Médici italianos, ya que su abuela paterna había sido María de Médici, esposa de Enrique IV, el primer Borbón que reinó en Francia.
La educación, las influencias y experiencias que recibió y vivió desde su infancia son fundamentales para entender a Luis XIV. Por un lado, su madre Ana de Austria, aunque no era muy inteligente y no había recibido una esmerada educación política, sí tenía un acusado sentido de la grandeza real, ya que pertenecía a una dinastía que había demostrado la importancia de la realeza. Su abuelo había sido Felipe II y su bisabuelo el emperador Carlos. Además, había aprendido la importancia de la etiqueta borgoñona que era la que los Austrias habían incorporado desde los tiempos de Carlos, nieto de María de Borgoña. Esa etiqueta que se había hecho española establecía un estricto protocolo que casi divinizaba a los monarcas, con rígidas normas de comportamiento y acceso a la persona real. Por fin, Ana inculcó en su hijo un agudo sentido religioso, también de fuerte influencia hispana.
Por otro lado, el joven Luis aprendió de otro personaje clave en el período de Regencia en su minoría de edad. Nos referimos a Mazarino. Giulio Mazarino había nacido en el seno de una familia romana en los Abruzzos y había servido al papa hasta que en 1639 pasó a Francia para ponerse al servicio de la reina Ana, convirtiéndose en el ministro que realmente gobernaba el país, seguramente con más poder que el casi mítico Richelieu en su momento. Mazarino enseñó al joven monarca toda su sabiduría política. Pero el cardenal no era un maestro teórico ni aburrido, no sermoneaba a Luis XIV, sino que, de forma más hábil, le enseñó desde la práctica. Para ello convirtió al joven rey en una especie de espectador mudo cuando actuaba y gobernaba. A partir de 1650 fue incluido en distintos Consejos para que escuchara y observase. De ese modo aprendió a ser rey, su oficio, especialmente en todo lo relacionado con los problemas internacionales y militares, dos pasiones que tendría en el futuro.
Otro aspecto que marcó la educación del joven príncipe fue, sin lugar a dudas, además de las enseñanzas de sus dos grandes maestros, la situación generada por las Frondas, las revueltas e insurrecciones que marcaron parte de la Regencia de su madre y del cardenal. Las Frondas parlamentaria y nobiliaria hicieron peligrar el poder real en Francia entre 1648 y 1653. Motivaron que el propio monarca tuviera que desplazarse por casi toda Francia para combatir las revueltas y para salvar su vida y el trono, lo que le hizo conocer su Estado, sus gentes y recursos. Pero, sobre todo, le marcó porque le convenció de la importancia del sentido de la realeza, de que su persona era la depositaria de la soberanía de origen divino frente los estamentos privilegiados y cuerpos intermedios que intentaban frenar la centralización del poder.
Por fin, sin lugar a dudas, la vida galante, una vez terminados los disturbios y revueltas, fue el tercer gran componente de su educación juvenil. Luis XIV aprendió mucho en los salones reales, en las fiestas, teatros, bailes, en sus primeros escarceos amorosos y en las paradas y desfiles militares. El sentido de la ceremonia quedaría íntimamente unido a su concepto del poder que, ya maduro, consagraría en Versalles.
Luis XIV fue un joven de buena salud, con gran presencia, a pesar de que no era muy alto. Aprendió a compaginar el duro trabajo diario del despacho y las largas horas de ceremonias con el placer, algo que casi ninguno de sus coetáneos en los tronos europeos supo hacer, más dados a dejar el trabajo en manos de validos y privados, como puede ejemplificar el que luego sería su suegro, el rey Felipe IV. Luis XIV explicó en sus Memorias el placer que le proporcionaba el deber cumplido, la aplicación al trabajo.
Como apuntamos al principio, su madre le inculcó la importancia de su misión. Por eso, Luis XIV aprendió a contenerse en público, a tener un claro dominio de sí mismo. Fue la personificación en la historia del concepto de majestad real, sabiendo del peligro de la indiscreción, de mostrar sus debilidades o sentimientos, de la importancia del disimulo. Luis XIV no fue una inteligencia superior pero sí demostró un acusado sentido común y siempre supo elegir a sus colaboradores, consejeros y ministros, como ejemplificaría la figura de Colbert.
Luis XIV adoptó el sol como emblema y como divisa la siguiente: Nec pluribus impar. Ambas decisiones estaban en consonancia con las enseñanzas de su madre y de Mazarino, y con el clima generado por distintas obras de pensamiento político que desde principios de los años treinta hasta la década de los setenta del siglo XVII fueron publicadas en Francia. Nos referimos, especialmente, al Tratado de la Soberanía del rey (1632) de Cardin Le Bret, y sobre todo a la Política sacada de las Sagradas Escrituras de Bossuet de 1677.
Esta bibliografía consagró el principio de que el monarca era el representante o vicario de Dios en la Tierra, por lo que solamente a él debía rendir cuentas. La consecuencia de estos principios era clara: desobedecer al rey era un pecado, un sacrilegio. Otra consecuencia era que el monarca se convertía en la fuente de la ley, la cabeza de la autoridad y de la administración, aunque debiera delegar una parte de esta autoridad en ministros, comisarios y agentes de su confianza. Este absolutismo real solamente tenía un límite, ya formulado en el siglo anterior por el autor que definió el moderno concepto de soberanía, es decir, Bodin, y que no era otro que el de la existencia de leyes fundamentales del reino, como la ley sálica, así como los privilegios estamentales, de las corporaciones y provincias. El absolutismo nunca cuestionaría los pilares de la sociedad estamental, aunque no toleró ningún tipo de insubordinación como había ocurrido en tiempo de las Frondas. Estas ideas fueron aprendidas por Luis XIV, que se convirtió en el lugarteniente de Dios en la Tierra. Todas sus actuaciones y comportamientos, hasta los más nimios y cotidianos, deben relacionarse con este principio. Casi se puede hablar de un culto a su persona, especialmente cuando diseñó y levantó un escenario magnífico para que pudiera desarrollarse en Versalles.
Cuando Mazarino falleció en marzo de 1661 Luis XIV ya estaba preparado para reinar. Comunicó a la corte y a Francia que no volvería a tener privados, que a partir de entonces reinaría personalmente, eso sí, asesorado por consejeros y ministros capaces y, sobre todo, fieles.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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