HEMEROTECA       EDICIÓN:   ESP   |   AME   |   CAT
Apóyanos ⮕

Indagaciones someras sobre la esfinge: primera obra teatral de Unamuno


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

Poder que me utilizas,                                                    he de saber qué dices,

como médium sonámbulo                                               qué me haces decir, cuando me cojes

para tus misteriosas comunicaciones;                              he de saber qué digo, un día!

¡he de vencerte, sí,

Juan Ramón Jiménez

En el pasado mes de junio aparecieron en las páginas de El Obrero, dos breves ensayos míos sobre el teatro de Unamuno. No obstante, creo que este tercero viene a ampliar las anteriores reflexiones. Por tanto, me propongo hacer algunas consideraciones sobre La Esfinge

Siempre es interesante, en cualquier género, conocer la primera obra de un autor. Con pocas excepciones, contiene el germen del desarrollo posterior. Creo que La Esfinge se atiene a este planteamiento y, por eso, la he elegido para mi colaboración de esta semana en El Obrero.

Unamuno nunca –o muy raras veces- cae en el conformismo, propio de los intelectuales que han sido absorbidos, fagocitados, asimilados por el sistema imperante. Por el contrario, don Miguel durante toda su existencia, fue incomodo a las normas, reglas y usos del orden establecido. En cierto sentido, por exagerado que parezca, puede sostenerse con rigor que era un outsider, que es tanto como decir, un pensador antisistema o al menos, al otro lado del sistema.

En todas las incursiones intelectuales que emprendió, se aparta conscientemente y de forma intencional, de todo lo establecido, lo vigente. Se apoya en lo experimental y en un buen conocimiento de la cultura y el pensamiento de las corrientes europeas. Le agrada indagar, asimismo, sobre los entresijos de la antigüedad clásica greco-latina. No olvidemos que fue catedrático de griego en Salamanca. Buen conocedor del teatro clásico, a la hora de plasmar sus inquietudes aparecen en forma de sombra, sus conocimientos de la tragedia griega, sobre todo, de Eurípides.

A título de ejemplo, someteré a reflexión del lector, un par de ideas del trágico griego. Una, de Medea dice así: “Desde siempre he considerado la condición humana como una sombra”. Quienes se sientan atraídos por los textos dramáticos de Unamuno, apreciarán si esta idea es o no recurrente. La segunda, también de Eurípides, en esta ocasión de las Suplicantes, apostrofa: “Cuando los dioses reparten bienes a hombres indignos, estos se ensoberbecen como si siempre fueran a ser afortunados”. En varias de las obras de don Miguel asistimos a los repentinos cambios de la fortuna o el destino, que encumbra o hace caer en desgracia a algunos personajes.

Puede y debe comentarse, sin embargo, que la falta de coherencia, la mentira o la doblez convierten, a menudo, a los hombres en artífices de su desgracia. La vulnerabilidad de la condición humana se pone muchas veces de manifiesto, mostrándonos de forma descarnada la incompetencia, el velo de ignorancia que nos envuelve, cuando no, la felonía.

Bien es verdad, que Unamuno huye de planteamientos sencillos, rígidos y esquemáticos. Los seres humanos somos demasiado complejos para reducirnos a dos o tres características de ‘tiralíneas’. Además, en no pocas ocasiones, los personajes son portadores de planteamientos filosóficos o morales de don Miguel, que a través de ellos, transmite su angustia existencial o su amargura metafísica.

Las obras unamunianas son polémicas, más nunca simplistas ni frívolas. Sabe plasmar con firmeza que muchos desmanes nacen de la intransigencia que anida en el corazón de los mortales.

Ya va siendo hora de que contestemos a la pregunta ¿cuándo escribió Unamuno La Esfinge? Nos tropezamos con una pequeña diferencia temporal, entre unos especialistas y otros. Los más, dicen que fue compuesta en 1898 -el año que suele tomarse como el nacimiento de esa Generación regeneracionista- Emilio Salcedo, por el contrario, la data en 1897, durante la gran crisis espiritual que padeció.

Al igual que en otras casos, transcurrieron años entre su composición y su estreno, que tuvo lugar en el Teatro Pérez Galdós, de las Palmas de Gran Canaria, en febrero de 1909. Son varias las interpretaciones de este hecho, no solo repetido sino recurrente. El carácter minoritario, vanguardista y alejado de las preferencias del público burgués, las distintas artimañas de una censura retrograda, la ceguera de unos empresarios incapaces de apostar por obras que se salieran de los estrechos límites imperantes, ante el temor de que no fuera a aportarles beneficios inmediatos, más también, el hecho de que Unamuno no viviera del teatro y pudiera permitirse el esperar el momento o la oportunidad que consideraba más idónea para que una obra suya subiera a las tablas.

A don Miguel, obvio es decirlo, le interesaba la política, mas no en la forma ramplona en que se manifestaba, ni en sus aspectos más negativos vinculada a la corrupción o a las viejas ideas tradicionalistas. Le interesa la política como reflexión, su grandeza, sus miserias y el devenir heraclitiano de los acontecimientos que arrastran a los hombres.

Prestemos un momento de atención a que Ángel, el protagonista de La Esfinge, es apoyado, convencido y empujado a que se dedique a la política. No resiste las presiones y, así lo hace. Sin embargo, sufre una crisis existencial que lo viene a trastocar todo. Repárese en que esta crisis de Ángel es, en cierto modo, reflejo de la gran crisis espiritual del propio don Miguel. Evidentemente, su teatro, como el resto de su producción filosófica o literaria, viene a ser un trasfondo de su yo.

Unas palabras de Stefan Zweig, con su lucidez acostumbrada, vienen a corroborar cuanto estamos sosteniendo. La Europa finisecular es convulsa. Varios conflictos estallan y otros se perciben en el horizonte. La situación en España es, de igual forma, inquietante y agitada. El viejo mundo no acaba de agonizar… y el nuevo no termina de nacer. En este contexto, las palabras de Zweig son proféticas: “cuando la historia se mira de cerca, es sobrecogedora”

El teatro de Unamuno tiene su propia brújula interior, sus propios procedimientos e incluso sus propias claves. Se ha prestado escasísima atención a sus concepciones dramáticas, especialmente, en sus primeras obras como La Esfinge. Tanto es así, que incluso circulan textos con variantes significativas. Ettore Ferroni tradujo la obra al italiano, basándose en un manuscrito autógrafo de don Miguel, distinto y posterior al que editó García Blanco. Señalo esto, porque no son pocas las sorpresas que nos puede deparar un trabajo concienzudo sobre sus obras dramáticas. En sus piezas no hay –nunca o casi nunca- un tiempo y un lugar preestablecido. Tienen un carácter conscientemente abstracto y se mueven en un universo unamuniano de ideas y conceptos metafísicos.

Volvamos la vista atrás un momento, sobre una idea que don Miguel ha desarrollado en distintos lugares a lo largo de su trayectoria intelectual. Me refiero a las complicadas relaciones, equilibrios, tensiones e incompatibilidades entre política y moral.

En los dramas unamunianos hay lugar para lo imprevisible y lo incontrolable, que pueden aparecer, cuando menos se les espera, bajo distintas máscaras y con frecuencia, reducidos, despojados incluso de todo aquello que no es esencial.

Sus hondas preocupaciones, sus contradicciones suele mostrarlas palpitantes, desnudas. Otra característica que citaré, al menos de pasada, es que en casi todas sus obras se esconde u oculta algún secreto.

Eso sí, siempre es poco convencional. El suyo es un teatro esencialmente de ideas, con pocas concesiones a los usos y costumbres vigentes. Su teatro tiene, las más de las veces, una dimensión experimental. Creo que está concebido más, pera ser leído y meditado, que para ser representado.

Voluntarismo y fatalismo mantienen un pulso dialéctico que va mucho más allá de lo que las apariencias parecen indicar.

La de Unamuno es una mirada más emocional que racional. Su concepción dramática supone una crítica al cientificismo –tan en boga en esos años- y adopta una actitud manifiestamente contraria a un racionalismo ramplón.

Son, asimismo, apreciables sus lecturas que con frecuencia no son dramáticas sino filosóficas, sociológicas y ensayísticas. Indiquemos que era un buen conocedor del pensamiento de Thomas Carlyle, Herbert Spencer, Søren Kierkegaard, Hegel, Karl Marx… En cuando a sus gustos dramáticos, en varias ocasiones muestra su interés por Henry Ibsen y su universo de preocupaciones, fundamentalmente éticas y morales.

El teatro unamuniano es atemporal y se adentra en las profundidades del yo. Tiene mucho de subjetivo y los conflictos que plantea están –siempre o casi siempre- interiorizados.

La angustia es otra constante. Sus personajes –especialmente los protagonistas- están rotos, escindidos y viven, atormentadamente, fuertes crisis espirituales. El convulso mundo interior… va más allá de cualquier transgresión moral.

Esta breve aproximación a La Esfinge va tocando a su fin. Me parece de singular relieve que el protagonista, un revolucionario o, al menos, un hombre a quien su círculo más próximo empuja a la revolución es víctima de la violencia revolucionaria, tras pasar por una crisis espiritual. Ángel es abandonado por todos aquellos a quienes, por unas razones u otras, ha defraudado. Muchos esperaban conseguir gloria u honores a su costa. Unamuno es, desde luego, pesimista respecto a la condición humana.

La ‘imagen’ de la revolución ‘devorando a sus hijos’ está presente, aunque como telón de fondo y no como asunto central, que no es otro que la escisión y la crisis espiritual. Subyace, asimismo, la honda preocupación por el más allá… por la salvación e incluso por la inmortalidad.

Algunas de estas ideas las expuso don Miguel en una carta dirigida al hispanista italiano Gilberto Beccari. Por unas razones u otras, a Unamuno le interesa más la lucha agónica del hombre frente a los misterios de ultratumba, que lo que podríamos definir como problemas históricos.

Las obsesiones de Unamuno inevitablemente se trasladan a sus dramas. La Esfinge, el primero de ellos, no es, desde luego, una excepción.

Durante los meses de septiembre y octubre, la Fundación Progreso y Cultura de UGT, está desarrollando un ciclo con el título “El pensamiento de Unamuno, hoy”. El próximo 13 de octubre, intervendré desarrollando la ponencia Identidad y autenticidad en el teatro unamuniano, cuyas líneas maestras he intentado mostrar en estos tres breves ensayos.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.

Tu opinión importa. Deja un comentario...


Los comentarios que sumen serán aceptados, las críticas respetuosas serán aceptadas, las collejas con cariño serán aceptadas, pero los insultos o despropósitos manifiestamente falsos no serán aceptados. Muchas gracias.

Periodismo riguroso
y con valores sociales
El periodismo independiente necesita el apoyo de sus lectores y lectoras para continuar y garantizar que los contenidos incómodos que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. ¡Hoy con tu apoyo, seguiremos trabajando por un periodismo libre de censuras!
Slider