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El pensamiento dialéctico, atractivo y renovador de Antonio Gramsci (1891-1937)


(Tiempo de lectura: 7 - 13 minutos)

La realidad está definida con palabras. Por lo tanto,

el que controla las palabras controla la realidad.

Antonio Gramsci

Qué duda cabe que Gramsci fue un intelectual, un crítico dotado de una capacidad analítica que le llevó a renovar el marxismo. Sus textos son atractivos y, a menudo se complace en mirar hacia el pasado, para extraer conclusiones aplicables al presente. No hay más que citar, por ejemplo, sus magníficos comentarios sobre Maquiavelo y su actualización de la figura de El Príncipe.

Sobre Antonio Gramsci se han vertido ríos de tinta para ensalzarlo, criticarlo… no han dejado de publicarse estudios sobre él, especialmente en Italia. Por tanto, es obligado preguntarse ¿cómo aproximarnos a su figura intelectual y política?, ¿desde qué ángulos y perspectivas? Puede hacerse –y prueba de ello es que se ha hecho- desde distintos ángulos. He elegido a Leszek Kolakowski, como acompañante y guía. Marxista heterodoxo, un tanto escéptico pero perspicaz y buen conocedor de la trayectoria del pensamiento dialéctico, como pone de manifiesto en su obra Las principales corrientes del marxismo.

Antes, sin embargo, es conveniente situarnos ¿de dónde partimos? Todo lo que acontece, hoy en día, conduce al pesimismo. De un tiempo a esta parte, hemos ido dando pasos hacia atrás de forma acelerada, hasta el punto de que las cosmovisiones de la realidad -lo que en su día se llamaron los grandes relatos- e incluso la capacidad para analizar críticamente lo que está sucediendo, no goza ya de ningún prestigio, salvo en círculos muy reducidos. Todo o casi todo es ‘post’, lo que bien mirado nos coloca en una posición harto difícil para el ejercicio crítico. El racionalismo está en quiebra. El humanismo desacreditado. Y, a ‘los grandes relatos’ ha venido a sucederles el vacio, la fragmentación y la frivolidad cuando no, un peligroso adanismo.

Todo parece desvanecerse en la niebla. Cualquier intento de ordenar y de disponer de elementos sólidos y precisos para analizar la realidad, es abiertamente menospreciado y sustituido por una petulante ‘anarquía epistemológica’ que cada vez se extiende más y más.

Tanto ‘post’ puede acabar incluso con la democracia, al menos tal y como la venimos entendiendo hasta ahora. Ya se escuchan voces agoreras en este sentido. Estamos a punto de atravesar los umbrales de la posdemocracia, si no los hemos atravesado ya.

Por poner sólo un ejemplo, me referiré a los postulados defendidos por el ensayista y filósofo Zygmunt Bauman. Centra su pensamiento en aspectos como el socialismo, lo que ha significado el holocausto –no olvidemos que era de origen judío- la posmodernidad, el consumismo, las desigualdades sociales y los millones de personas condenadas a la pobreza. Ha logrado que su concepto ‘modernidad liquida’ se haya convertido en un referente prácticamente obligado.

En nuestro país no nos resulta lejana su figura, en el 2010 recibió el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Sostiene y, no le falta razón para ello, en diferentes obras, que nuestras relaciones son cada vez más liquidas o lo que es lo mismo, menos consistentes.

Esta semana voy a dedicar mi colaboración en El Obrero, a Antonio Gramsci, que con inteligencia y capacidad de entender lo que estaba sucediendo, fue crítico con el leninismo, acuñó conceptos y análisis que posteriormente serían defendidos y desarrollados por el eurocomunismo y tuvo coincidencias y afinidades dignas de ser analizadas, más pormenorizadamente, con Rosa Luxemburg. La lectura de las obras de la espartaquista y sus análisis -acercamiento propiciado por mi admirado Luis Gómez Llorente- me interesaron mucho y me ayudaron en los años finales de la dictadura a revisar conceptos y criterios en un sentido transformador mas, alejado de la ortodoxia imperante, en el movimiento comunista antes de que ‘los aires de renovación’ condujeran al eurocomunismo.

Es un filósofo ineludible. Son legión los puntos de vista, perspectivas y análisis críticos de Gramsci que continúan vigentes, aunque en medio del paramo ideológico en que nos encontramos, no se produzcan apenas acercamientos a sus textos y mucho menos un reconocimiento de lo que significó su figura para la renovación del socialismo.

Acertó en tantas cosas que voy a limitarme a unas cuantas. Se ha citado, hasta la saciedad, su postulado de que el viejo mundo agoniza y el nuevo tarda en aparecer. Analicemos la frase completa, lo que suele omitirse es que “…en ese claro oscuro surgen los monstruos”.

Parece evidente su acierto. Los monstruos ya están aquí. Nos amenazan y sus intenciones destructivas y aniquiladoras se ven por doquier. Justo en este momento hay que echar mano de lo que Gramsci conceptualizó como optimismo de la voluntad para hacer frente al pesimismo de la razón.

Tras este preámbulo, vamos a intentar adentrarnos en el bien pertrechado mundo conceptual y analítico del filósofo italiano.

Leszek Kolakowski en el tomo III de su emblemática Las principales corrientes del marxismo, señala aspectos sumamente interesantes de su pensamiento filosófico y político. Nos lo presenta como un revisionista. El término está tan gastado y tergiversado que no creo que sea el más apropiado dada la confusión imperante.

Para una primera aproximación es obligado preguntarnos ¿revisionista con respecto a qué?, ¿de qué modo? La respuesta más obvia es que con algunos planteamientos teórico-prácticos del marxismo-leninismo, verticales y autoritarios y configuradores del centralismo democrático. El propio Lenin no se libra de estas críticas.

Las ideas de Gramsci, aunque fragmentarias, ya que no le fue posible estructurarlas y darles forma en sus largos años de prisión, son un soplo de aire fresco. Así, rechaza el mecanicismo y pone serios reparos que llegan a invalidar a lo que otros llaman leyes históricas imperecederas e inatacables. No obstante, con un ostensible rigor analítico se atrevió a cuestionarlas e incluso a desmontarlas parcialmente.

Antes de seguir adelante quisiera, aunque solo fuera mencionar y conceptualizar qué son y qué significan en su análisis político los ‘consejos obreros’. Para entenderlo hay que diferenciarlos de los soviets. Gramsci no cree en ‘el dirigismo’, ni en una vanguardia que marque el camino. Sostiene que el proletariado debe elegir y designar a sus representantes democráticamente. Nadie puede erigirse en una supuesta vanguardia que se vaya alejando de las masas a las que, afirma, dirigir y encauzar.

Otro punto de inflexión, que lo sitúa varios decenios por delante de otros, es que se mostraba abiertamente partidario de una política de alianzas. El rumbo de Europa y el ‘dominio despótico’ en Italia del fascismo mussoliniano así lo exigía, aunque no todos supieron verlo. Por consiguiente, no cae en las descalificaciones tan al uso hacia la social democracia ni el parlamentarismo… aunque como es lógico, realice las oportunas críticas tanto a la una como al otro.

La llamada ‘filosofía de la praxis’ -término, por cierto, ideado para eludir la censura de sus escritos carcelarios- llega, y no se podía ni debía ir más lejos, a argumentar que las ideas no pueden comprenderse fuera de su contexto histórico y social.

Coloca a la verdad en una dimensión muy próxima a la epistemología y, se atreve, con valentía y serenidad, a cuestionar la, para algunos, ‘sagrada diferencia’ entre infraestructura y superestructura. Da un paso más y llega a plantear y desarrollar que la ciencia no forma parte de la superestructura. Es ostensible su alejamiento de Hegel –no sucedería lo mismo con Marx- y del idealismo. Evidentemente, esto le acarreó descalificaciones por parte de quienes se movían disciplinadamente en el terreno de ‘la más férrea ortodoxia’

De la misma forma critica una suerte de economicismo, concebido casi como un fin en sí mismo. Para él las llamadas leyes inexorables de la historia, han de tener muy en cuenta el factor humano, que es tanto como decir la voluntad. Si se prescinde de ella, las leyes históricas por sí mismas carecen de sentido. Es más, como sostendrá en otro lugar, la conciencia social se expresa en la conducta deliberada.

La modernidad liquida con su egocentrismo y su autosuficiencia, prescinde de un plumazo de estos y otros análisis y perspectivas. Es conveniente poner reparos al ‘relativismo epistemológico’ ya que en caso contrario ‘el niño se nos puede ir al vertedero junto con el agua sucia’. Volveremos a Gramsci casi de inmediato, mas antes, hay que señalar que sigue siendo una tarea pendiente ‘la democratización del conocimiento’. Esto último, debemos tenerlo muy presente ya que es una de las pocas tablas de salvación a la que podemos aferrarnos.

Desacreditar y cuestionar abiertamente el racionalismo ilustrado se puede convertir en un aliado de lo que la pensadora y crítica literaria estadounidense, Michiko Kakutani, llega a identificar nada menos que con la muerte de la verdad. Otra mujer, la filósofa Martha Nussbaum, a contracorriente, en los tiempos que corren, defiende con convencimiento y energía, los valores universales del humanismo y los considera nada menos que un antídoto contra la fragmentación, la pérdida de fe en la ciencia, los ataques irracionales a la verdad y el relativismo exagerado que nos rodea. Por mi parte, siempre he pensado y sigo pensando, que la democracia necesita una cultura humanista en la que apoyarse, para no disolverse entre tanta liquidez.

Gramsci concedió una enorme importancia al concepto de hegemonía y a su relación multifactorial con el poder. Creyó en la verdad sin tentaciones relativistas y formuló que el deterioro de la democracia comienza con la pérdida de protagonismo de la verdad. Su clarividencia para adelantarse a los riesgos que comporta la posverdad, con licencia para que circulen libremente mentiras y bulos, es literalmente admirable.

No es fácil comprender como permanecemos impasibles cuando se sostiene y argumenta, desde algunos círculos de poder y desde los medios de comunicación afines, que la verdad no existe y que, por tanto, los enunciados no tienen porque ajustarse a ella. Para estos pseudo-intelectuales la verdad es equiparable a una quimera y no tiene más consistencia que una ocurrencia de quita y pon.

Para no dejarnos atrapar en la desesperanza, no está de más recordar al joven filósofo británico Julián Baggini, que formula con contundencia la necesidad de querer y practicar algunas de las virtudes epistémicas. Es interesante contra lo que pide que nos rebelemos y que combatamos: cinismo, narcisismo, individualismo inconsciente y reduccionista, servilismo ante el poder, ignorancia autocomplaciente… lo que según él desemboca en una moral dirigida por las tripas en lugar de por la razón.

Mi admirado Stephan Zweig con la lucidez que le caracterizaba, anunciaba que se estaba aproximando una verdadera catástrofe que era portadora de una serie de manipulaciones que provocarían entre otras cosas el que las palabras perdieran su significado y su autenticidad.

Me sigue llamando la atención, por lo rabiosamente actual, la importancia que Gramsci concede a los intelectuales en la formación de una ‘conciencia de clase’. Es ‘luminosa’ quizás, por atrevida, la relación entre pensamiento y conducta.

Considero de enorme interés la interpretación que realiza de las marxianas Tesis sobre Feuerbach. Estos análisis penetrantes, tantas veces citados, ponen de manifiesto la incompatibilidad entre el enfoque de Karl Marx y la ortodoxia leninista, naturalmente, muchos han venido ocultando este y otros postulados incómodos. Personalmente, no entiendo como no se ha hecho más hincapié, en este brillante enfoque gramsciano.

Ha llegado el momento de aproximarnos a uno de sus conceptos básicos, el de hegemonía, inseparable para él del poder. Parte, de que el proletariado necesita ‘intelectuales orgánicos’ ¿cuál es el papel y la función que les otorga? El de no limitarse a observar las estructuras sociales, sino a contribuir a transformarlas. Para él, no deben ni pueden ser ‘espectadores pasivos desde fuera’ sino quienes asumen la tarea de analizar y dar forma a lo que las masas no pueden expresar por sí mismas.

Es más que interesante su concepto de hegemonía cultural. La clase obrera ha de lograr, primero una capacidad para liderar y ejercer una influencia ostensible y contundente sobre las bases culturales y, sólo entonces estará en condiciones de alcanzar sólidamente el poder político.

Antes hemos mencionado su crítica al centralismo democrático. No me resisto a añadir ‘lo profético’ de su afirmación de que acaba degenerando en un puro y duro ‘centralismo burocrático’

Para él todo conocimiento no es sino la expresión de la conciencia histórica real. Esto supone, nada más y nada menos, llevado a sus últimas consecuencias, el cuestionamiento y rechazo del socialismo científico.

En definitiva ¿cuál es el significado de Gramsci hoy? Nada más y nada menos, que concebir y dar forma a un proyecto socialista renovador que, en mi opinión, puede aportar mucho a una Social Democracia que se desprenda de algunos tics y lastres excesivamente conformistas y que se reconcilie con su pasado, que amplíe los derechos de las minorías y que sea capaz de apostar, con entusiasmo y pasión, por un sistema democrático que garantice la cohesión social y dé pasos significativos en pro de la igualdad. En los tiempos que corren ha de incluir como señas de identidad el ecologismo y la transición ecológica como mecanismos para evitar el hundimiento y la insostenibilidad del Planeta. El feminismo ha de ser sustancialmente parte del nuevo proyecto. Es y ha sido un movimiento que contribuye a renovar el pensamiento de la izquierda, criticando las caducas estructuras patriarcales con sus rígidos esquemas opresivos.

Por último, una Social Democracia renovada, debe incorporar como uno de sus aspectos emblemáticos una labor pedagógica contra la alienación, ya que la posverdad y la serie de fenómenos concomitantes que la acompañan, no son sino nuevas formas de alienación y la bandera contra ella no podemos permitir que nos la arrebaten con tergiversaciones ni manipulaciones.

Gramsci era capaz de ver más allá de lo que tenía delante de los ojos. Las conceptualizaciones y análisis sobre el Estado, que ha realizado el marxismo ortodoxo son notoriamente insuficientes. Sin embargo, Gramsci aunque no desarrolla una teoría al respecto, es capaz también, de intuir una realidad mucho más compleja que la reducida a simple formulismos. Para él, el Estado es ‘una trinchera avanzada’ detrás de la cual se encuentran, nada más y nada menos, ‘que las fortalezas y fortines de la sociedad civil’

De lo que no puede dudarse es de la profunda originalidad y capacidad proyectiva del pensamiento gramsciano. Una prueba de cuanto venimos diciendo, es que sigue siendo objeto de polémicas y controversias de un incuestionable interés tanto filosófico e histórico como político.

A modo de síntesis quiero enfatizar que otorga y se parapeta en un sentido epistemológico de la verdad. No hace falta recordar por ocioso, su conocida expresión de que ’decir la verdad es siempre revolucionario’

Saliendo al paso de otras polémicas que aún siguen vivas, en su Crítica del materialismo histórico de Nikolái Bujarin, expone y fundamenta con una claridad meridiana, sus concepciones antimetafísicas.

Por mi parte pongo fin por hoy a estas reflexiones. Es más que probable que haya que volver de nuevo a Gramsci dentro de unos meses.

Valoro y mucho, las páginas que le dedica Leszek Kolakowski en Las principales corrientes del marxismo. La suya es una visión heterodoxa, desprejuiciada y claramente rupturista con el denominado marxismo escolástico.

Pone igualmente de manifiesto, que sobre Gramsci y sus visiones de un futuro democrático no está todo dicho, muy al contrario, siguen siendo necesarios los acercamientos y estudios sobre su pensamiento, especialmente sobre el papel de los intelectuales en la vida pública y sobre su tan traído y llevado concepto de hegemonía.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.

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