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Cuentos de la Alhambra contados por un yanqui


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«Para él [el español] no hay desgracia; la soportan sus hombros sin encogerse, lo mismo que cuando cuelga de ellos la raída capa. El español es siempre un hidalgo, aun en hambre y en harapos»

Cuentos de la Alhambra, 1829-32, Washington Irving

Los Cuentos de la Alhambra los escribe este autor así llamado en honor al presidente de EE. UU., de ascendencia escocesa, que ya traía en sus venas las brumas y la pasión por los cuentos de fantasmas y misterio susurrados al calor de la lumbre, y el espíritu inquieto de los aventureros del nuevo y viejo mundo.

En 1805 inicia un viaje por Europa que ya querría para sí el baúl de la Piquer, se codea con todo intelectual, artista y político digno de conocer, escribe, sociabiliza y se garbea por medio mundo y, en un momento dado, vuelve a nuestro país como agregado de la embajada norteamericana y se enamora del encanto y de la pasión de Granada, que retratará con los ojos asombrados de un extranjero atrapado por los muros de la fortaleza roja, cuando nadie recordaba ya su monumentalidad, en una España muy acostumbrada a tener magnificencia en estado de ruina. Es la época dorada del Romanticismo, principios del s. XIX, la de la literatura de viajes de regusto misterioso y fantástico, cuando el espíritu pintoresco y el orientalismo estaban en su apogeo… y Granada, generosa como es, se lo ofreció en bandeja. Alojamiento en la misma Alhambra incluido, oiga.

Así que no es extraño que lo que oyeran y vieran los sentidos de Washington quedaran transmutados, mediante atanor literario, en bellísimos relatos a caballo entre ese costumbrismo de bandoleros serranos y el misterio tan nuestro que atrapaba a los extranjeros en Andalucía y en la ciudad de Granada, tumba de reyes. El español es siempre un hidalgo, decía Irving. Nobleza obliga.

Los cuentos son tan hermosos como variados pero no se deben describir aquí, so pena de disipar su encanto; hay que leerlos y degustarlos bajo la sombra de un árbol al aire libre, al amor de la lumbre o como cada cual prefiera, paladeándolos como pequeños sorbos de licor precioso que irá directamente a insuflar las ganas de viajar al sur y conocer o volver a la Alhambra del reino perdido nazarí. Porque a veces, la mirada de un extraño profundiza más que las acostumbradas a ver un monumento, y las percepciones se enriquecen de esa mirada ajena que pone en valor lo que por visto no apreciamos. Es algo muy nuestro y, a la vez, tan universal que siempre nos abre sus puertas dispuesta enjaretar leyendas entre sus filigranas de estuco arrulladas por el agua de sus fuentes, sirenas que le cantan a cada cual su sinfonía al oído, al tiempo que van encadenando las palabras en cuentos atemporales y tesoros escondidos entre sus muros rojos, para que cada cual haga suya una Alhambra que es de todos.

Así es como sin fronteras, sin más límites que los que la imaginación ponga, en los Cuentos de la Alhambra volvemos a entrar en un viaje de fábula y magia a un lugar donde todo está aún por descubrir en y con la mirada del otro. Qué más da que este otro sea moro, cristiano o yanqui. La Alhambra es universal, tiene la solera y prestancia suficiente como para recibirlos a todos.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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