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Irene Vallejo: el infinito de sus palabras


Ya sé que la convulsa actualidad no cesa de generar polémicas, gritos, polarizaciones, extremismos, enfados, palabras malsonantes, insultos, y no sé cuántas cosas más que exacerban nuestros ánimos, nos enemistan y no separan en orillas difícilmente reconciliables.

Nacionalismos contrapuestos entre Madrid y Cataluña, los indultos que se utilizan como monedas arrojadizas, las vidas de los desesperados que sirven sin ningún tipo de vergüenza como presión política, el conflicto entre Palestina e Israel que ya no valora ni la muerte o la desesperanza de los más niños, …. Es que da igual hacia donde dirijamos nuestra mirada que la violencia parece reírse a carcajadas mientras los seres humanos bramamos en vez de hablar, nos matamos en vez de abrazarnos, nos odiamos en vez de disfrutarnos.

¡Qué manera de perder la vida tan envuelta de necedad!

Pues hoy necesito un respiro. Necesito un descanso para reconciliarme con el ser humano, para seguir con mis sentidos alerta, despierta ante las injusticias, sin perder la esperanza. Y ese descanso lo comparto con ustedes, aunque ya la conocen de sobra, porque ha venido como un ángel a desprender su sabiduría comedida, discreta, prudente, en voz baja, sin estridencias.

Ella es Irene Vallejo.

Irene es una mujer joven, nació en Zaragoza en 1979. Filóloga, que se dedica a esas cosas imposibles que ningún padre recomendaría a sus hijos porque no da dividendos, no es una inversión rentable, y “solo sirve para perder el tiempo”. Ella estudia e investiga a los autores clásicos y, a través de los mitos y las fábulas, de la literatura clásica, de las premisas filosóficas de los griegos, nos recuerda que no acabamos de nacer, que somos una especie con pasado y con memoria, que tenemos mucho que aprender.

Como muchos de nosotros, he leído ese magnífico “infinito en un junco”, y luego he seguido sus conferencias y sus apariciones como si ella fuera una influencer. Y lo es. Afortunadamente.

Magnífica fue su intervención en el Día de Aragón 2021 y magnífico también el discurso del 50 aniversario del Hospital Materno Infantil de Zaragoza. Así lo señalaba Oliver Duch, en una carta escrita en el Heraldo de Aragón, que decía: “Cuando veo su expresión, vienen a mi cabeza adjetivos como frágil, inocente, tímida, absorta, vulnerable; sin embargo, cuando la escucho, siento solidez, fuerza, empuje, seguridad, ritmo pausado, con una voz sin estridencias. De mirada inocente, melancólica, todavía sigo emocionado con su discurso del Día de Aragón”

Leer cualquiera de sus entrevistas es abrir un libro que nos remonta a la mitología, a los sueños infantiles, pero también a la veracidad, a las soluciones para los conflictos de nuestra sociedad, a la profundidad del alma humana, a su inteligencia emocional. Transmite serenidad y sabiduría al tiempo que emoción y corazón.

Y quizás ella no sepa todavía cuán esenciales son sus palabras, el ritmo de su lenguaje, la musicalidad de su voz, la cadencia de su tono, las metáforas con que nos alumbra, la riqueza de su vocabulario. Pero Irene se ha convertido en un faro que nos alumbra en medio de esta mediocridad, de esta insultante actualidad que ensucia nuestros oídos de forma permanente.

Lo que más me alegra, lo que me hace realmente sentirme bien, es que no soy la única que lo piensa. Que su ensayo se ha convertido en un best-seller, que no estamos tan ciegos para leer la buena literatura, que pese a tanto grito somos muchos los que apreciamos el silencio de la reflexión, que sabemos discernir y rescatar la calidad de toda la vorágine que crece desordenada.

Irene ha triunfado por méritos propios pero el mérito de muchas personas, aisladas e individualizadas, ha sido “tejer” la red para que su triunfo sea también un triunfo colectivo: el de sus lectores.