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EL PERIÓDICO
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Plácido Fernández Viagas (1924-1982), una mirada serena, hospitalaria y democrática


Miro a mí alrededor y no percibo más que mediocridad, tedio y un cortoplacismo desesperante. El inmovilismo sigue cotizando al alza. Alocados y entontecidos no percibimos que las noticias de usar y tirar y los cambios que, con sorprendente rapidez, dicen transformarlo todo… en realidad ocultan no sólo que no pasa nada, sino que los de siempre seleccionan cuidadosamente lo que debemos saber, pensar y hacer o al menos, así lo pretenden y diseñan.

He decidido dedicar hoy mi colaboración en el diario digital El Obrero, a Plácido Fernández Viagas. Muchos, no saben quien fue y los que lo supieron lo han olvidado. ¡Tan fácil y quebradiza es la memoria!

Padecimos una larga dictadura y hubo unos años convulsos, difíciles, mas ilusionantes, en los que los esfuerzos de muchos encauzaron la convivencia… hasta hacer posible la Constitución de 1978.

Las primeras elecciones democráticas tuvieron lugar en junio de 1977 y la primera legislatura –pese a que no estaba en el guión de algunos- tuvo un carácter constituyente y su tarea primordial fue la elaboración de una Constitución, con pesos y contrapesos, pero que posibilitó –con errores y limitaciones- la andadura democrática que todavía, hoy, disfrutamos.

¿Por qué Plácido Fernández Viagas? Creo que merecen un profundo respeto quienes se esforzaron y padecieron incomprensiones y sanciones por arrimar el hombro y porque imperara en nuestro país un sistema democrático.

Plácido Fernández Viagas fue un excelente jurista y un político hábil, que supo sortear escollos y ver realizados muchos de los proyectos a los que había dedicado largos años de vida.

Para los que no lo recuerden, formó parte de Justicia Democrática, organización clandestina que fue perseguida con saña, por el franquismo. Me creo en el deber de señalar que hoy, que muchas cosas se han normalizado, todavía la democracia no ha ocupado determinados espacios que continúan recalcitrantes y con una vinculación un tanto obscura al pasado. La justicia, desde luego, es uno de ellos.

Plácido Fernández Viagas fue elegido en las Primeras Elecciones Democráticas (Junio 77) Senador por Sevilla por el PSOE. Previamente, había formado parte de Coordinación Democrática en Andalucía, una coordinadora que agrupaba a toda la oposición al franquismo.

Un solo hecho bastará para poner de manifiesto su compromiso democrático, en 1976 fue suspendido como juez, por participar en una manifestación a favor de la Amnistía para los presos políticos. Más tarde, en 1978 fue elegido presidente de la Junta Pre-autonómica de Andalucía, la que posteriormente sería la Junta de Andalucía y en el año 1979, fue elegido miembro del Tribunal Constitucional.

Su vida fue un ejemplo de coherencia y estuvo orientada a la defensa de los intereses comunes. Mantuvo a lo largo de su trayectoria, un compromiso con, lo que podríamos llamar ‘las virtudes cívicas’, en una época en la que la justicia y la legislación estaban desfasadas, tenían un ‘tufillo arcaico’ y respondían a un sistema totalitario donde la separación de poderes era una autentica broma.

Digamos que nació en Tánger, que estudió derecho en la universidad de Sevilla y que ejerció la judicatura en Canarias y en diversas provincias de Andalucía. Quienes le conocieron dicen de él que fue un intelectual, que le gustaba observar, comprender y juzgar los acontecimientos que se iban produciendo en nuestro país. De hecho, la democracia era para él una forma política y ética de reflexión.

No tenía miedo al futuro sino que lo anhelaba distinto y más justo. Era preferible hacer frente a incertidumbres y a un pluralismo de valores e ideas políticas que vivir instalados en un conformismo claudicante.

Creía que en un sistema democrático se mejoraría y, mucho, la inteligencia colectiva. Vivir los problemas y situaciones de una sociedad democrática le parecía un escenario sumamente apetecible –con sus incertidumbres y errores- viniendo de donde veníamos.

Nunca fue cobarde ni tuvo la menor simpatía o proximidad con quienes preconizaban formulas, más o menos, encubiertas de irresponsabilidad, muy al contrario, dejó sobradas muestras de hacia quienes sentía empatía, a quienes otorgaba confianza. Entre sus amigos y en los círculos a los que pertenecía, solía mostrarse escéptico, mas con una voluntad flexible y dialogante. Era una de esas personas dotada de ‘autoritas’ y que por tanto, gozaba de una merecida autoridad moral.

Visto en perspectiva, podemos valorarlo como un humanista regenerador. Conviene que lo recordemos como un hombre sabio que tomaba, toda la distancia posible, con la burocracia. Hacer de los procedimientos administrativos de la justicia un fin en sí mismo, lo consideraba un disparate, una necedad, en buena parte culpable de los vicios, trampas y atrasos del aparato judicial.

Por el contrario, para él la justicia debía estar al servicio de la ciudadanía. Lo demostró, sobradamente, con las iniciativas que propuso y creía que no sólo debía ser más accesible, sino frenar su deterioro, su declive… y su pernicioso y servil alineamiento ideológico.

En cierto modo coincide con un pensador, tan en boga en el presente, como el historiador británico, J.G.A. Pocock, crítico de la ideología liberal y que recupera algunos elementos del republicanismo clásico y renacentista, como es el caso de las virtudes cívicas reinterpretando a Niccolò dei Machiavelli.

Las rémoras cuando son numerosas, restan una gran cantidad de posibilidades y tienden al inmovilismo o a un lento y desesperante discurrir, a paso de tortuga, podría decirse. La excesiva lentitud de la justicia no sólo le resta credibilidad, sino que hace injustas las sentencias excesivamente dilatadas en el tiempo.

Por estos motivos y otros, que irán apareciendo, se hacía y se hace necesario un cambio de perspectiva y paradigma. Tan solo apuntaré –no es este el momento de detallarlo- que también, hacía y hace mucha falta, dar contenido y exactitud al concepto de seguridad jurídica.

A mi modesto entender, un sistema judicial moderno y competente, sin dejar de mirar al pasado, debe tener la vista puesta en el futuro, procurando dar respuestas a las inquietudes y problemas de nuevo cuño, que se manifiestan en una sociedad que está experimentando abundantes cambios, algunos de ellos superficiales pero otros de índole estructural. Hay, por ejemplo, demandas y expectativas vinculadas al movimiento feminista, que reclaman con urgencia ser atendidas, a fin de disponer de unas leyes y de un aparato judicial moderno y comprometido con los valores democráticos.

Plácido Fernández Viagas –como no podía ser menos- gustaba y mucho de la dialéctica. A su modo, era ‘senequista’ y procuraba tener presentes a los clásicos y, al mismo tiempo, conectar con los modernos. Algunos de sus planteamientos son axiomáticos, aunque dado su carácter, él hubiera estado encantado con discutirlos y que generaran debate y sembraran alguna que otra duda.

Creo que no exagero si afirmo que la dictadura, por ser suave, se caracterizó por una menesterosidad moral. Por el contrario, eran y siguen siendo bienvenidos, los planteamientos altruistas que protegen y garantizan los derechos de los más débiles, propios de la democracia.

En las últimas semanas hemos asistido a una exasperante utilización de la palabra ‘libertad’ que, a fuerza de tanta repetición, acababa no sólo por aludir a cosas diferentes y contradictorias… sino por no remitir más que a una vaciedad que podía llenar a su gusto quien la formulaba. Frente a este proceder irresponsable, me creo en el deber de señalar que la ética es la forma reflexiva que adopta la libertad.

Una democracia no sólo otorga a los ciudadanos derechos, sino que exige de ellos deberes. Sin ese equilibrio toda apelación a la libertad es vana, ilusoria y oportunista.

Los ciudadanos han de auto-controlarse y asumir la esencial fragilidad de los avances de todo tipo, que se han ido produciendo, si no son defendidos por una ciudadanía consciente y comprometida. Si no se produce esa asunción de responsabilidades… la democracia se convierte en un puro juego verbal y desprovisto de contenido, donde los populismos y los nostálgicos de sistemas dictatoriales echan las redes… y lo que es tan lamentable como preocupante, es que las sacan llenas de peces.

Plácido Fernández Viagas poseía, también, un resabio irónico de carácter socrático. Recordemos aquello de que “Una vida no razonada, no merece la pena ser vivida”

No fue un filósofo, mas sí, un lector de filosofía, especialmente de filosofía del derecho. Algunos de sus planteamientos y convicciones, considero que no están alejadas del patriotismo constitucional del pensador frankfurtiano Jürgen Habermas.

Hombre sencillo y abierto a diversas corrientes de pensamiento, en más de una ocasión manifestó que para que un sistema democrático tuviera consistencia, la duda tenía que dejar de ser considerada debilidad.

El gran poeta y pensador sevillano Antonio Machado, por boca de Juan de Mairena nos advierte, con lucidez, que dialogar en España es tarea harto complicada e inútil. “En España no se dialoga porque nadie pregunta como no sea para responderse a sí mismo” Leer la prensa diaria, los medios digitales y, no digamos, determinadas plataformas, nos demuestra no sólo que las palabras de Machado fueron premonitorias, sino la actualidad de que todavía, hoy gozan. ¡Y, claro, así nos va!

La derecha política, mediática –y si me permiten- enquistada en el poder judicial suele adoptar una actitud retórica, tóxica, soberbia y a la par, por extraño que pueda parecer, victimista.

He pretendido con estas reflexiones sobre Plácido Fernández Viagas, mostrar el largo camino que aún nos queda por transitar para alcanzar una democracia plena y de la que podamos sentirnos orgullosos. Por el momento, una de las primeras tareas ha de ser homologarnos con los sistemas jurídicos imperantes en países como Alemania o Francia, para evitar interpretaciones que pongan de relieve el atraso de nuestro sistema jurídico.

Antes de finalizar me gustaría añadir que en los meses que estuvo al frente de la Junta Pre-autonómica de Andalucía, se adoptaron acuerdos como el dar carta de naturaleza al Día de Andalucía o que se suscribiera el Pacto de Antequera, en el que las fuerzas firmantes se comprometían a lograr una autonomía plena para la Comunidad.

En cierto modo, también, en esto fue un precursor. Alguien que abre caminos. Como se recordará, fue sustituido por Rafael Escuredo. Justo es señalar que en 1998, dieciséis años después de su fallecimiento, fue incluido en el ‘Patrimonio de hombres insignes de Andalucía’, distinción esta que tenía sobradamente merecida.

Para quienes deseen conocer más detenidamente detalles biográficos o de la andadura jurídica y política de Plácido Fernández Viagas, quiero poner en valor varias obras de Manuel Ruíz Romero, especialmente “Plácido Fernández Viagas, presidente y juez: Prensa, Parlamento y Justicia Democrática” Instituto Andaluz de Administración Pública, Sevilla 2004.

Cuando aún no se han cumplido cincuenta años de la recuperación de los derechos y libertades democráticos, es un momento idóneo para recordar y homenajear a quienes hicieron posible levantar los cimientos de un edificio constitucional que posibilitara una convivencia democrática estable.

Tenemos una culpable propensión a olvidar lo que debemos a quienes hicieron posible un sistema democrático y, que tras largas décadas de aislamiento internacional, pudiéramos integrarnos como miembro de pleno derecho en lo que hoy es la Unión Europea.

El legado de hombres como Plácido Fernández Viagas, no debe echarse en el olvido, por el contrario, es una parte de nuestra historia democrática que estamos obligados a conocer y valorar.

La democracia no vino sola. Costó enormes sacrificios, cárcel, destierro, exilio y persecuciones… por eso, es tan peligroso tomarse en vano nuestra historia reciente y muchos menos, olvidar la etapa negra y siniestra de la dictadura.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.