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El rey Lear y el coronavirus


«Los pequeños vicios traslucen a través de los andrajos de la miseria; mas las finísimas pieles y los trajes de seda lo ocultan todo.

Dale al vicio un broquel de oro y la espada de la justicia se quebrará contra él, sin mellarlo; pero cubre su broquel con andrajos y un pigmeo lo atravesará con una simple paja»

El rey Lear, William Shakespeare, 1606

La gran tragedia real representada en 1606, basada en una vieja leyenda popular británica, habla de la hipocresía y de la ingratitud filial, del interés por rapiñar a costa del honor, del ostracismo familiar, de la expulsión del clan de quien pueda interponerse en los ánimos acaparadores del ambicioso, también de las mentiras y engaños a coro del resto de familiares, pandilla de lobos que atacan en manada al más débil, dando al vicio broquel de oro. Se trata de ejercer el poder en sus formas más bajas, pues el malo no se conforma con ser abyecto y taimado sino que además tiene que destruir a su adversario en su ataque de odio sin mesura «El rey Lear agota las fuentes de la piedad», dice certero Schlegel. Así es, y hoy, tantos siglos después, también seguimos en esas, no hemos aprendido a premiar la bondad ni la sinceridad en este mundo, como tampoco lo hace este drama, donde el bien muere y el mal triunfa, donde la firmeza de carácter y voluntad son las únicas virtudes que ayudan a las víctimas a sobreponerse y a sobrellevar sus desgracias cuando todo lo pierden. A veces, incluso la vida... Grande es todo bufón de rey, que le dice las verdades aun a costa de sus lomos. Grande es la locura que con su manto todo lo ampara. Grande es la verdad que, aunque duela, al final da luz a las sombras y te hace saber que el mal no se derrota a sí mismo, pues la mentira ciega los caminos, ayer como hoy, cargada de medias verdades y mediatizada por la codicia y la falta de lealtad. Y por eso andamos frenéticos, temiendo echarnos a dormir, siquiera a descansar los ojos ciegos, pues la penumbra se ha apoderado de nuestra normalidad. De esa nueva (a)normalidad en la que todos somos caballeros de armaduras oxidadas e hijas pródigas expulsadas de su reino acostumbrado, buscadores de un nicho que nos acoja sin devorarnos ni convertirnos en adalides de causas ajenas y perdidas, feos números en la página de sucesos. «No sé si la imaginación puede robar el tesoro de la vida, cuando la vida misma accede al robo», he aquí las palabras de Gloster que caen como plomo en los tiempos coronavirus en los que la traición no es tan diferente a la vivida por el viejo rey; y por eso tampoco sorprende que el bufón sea un conde ciego y condenado, ni que el final sea el rayo en la tormenta el que arranque un árbol de cuajo, metáfora triste de cómo nos sentimos llevados por el vendaval de unos hechos de los que no somos tan ajenos como creemos.

Y aún así seguimos caminando por el inhóspito paisaje del que provenimos, rotos los lazos familiares y sociales, dejados al albur, solo con las obras de Shakespeare en la mochila, sabiendo que ya aletea el efecto mariposa…

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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