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La espina de Trafalgar y el sol de Austerlitz


Napoleón en la batalla de Austerlitz, óleo de François Gérard. / Wikipedia Napoleón en la batalla de Austerlitz, óleo de François Gérard. / Wikipedia

Al tomar el título de emperador, Napoleón reafirmó sus aspiraciones europeas de dominio, evocando a Carlomagno, que extendió su autoridad sobre Alemania e Italia, lo que le llevaría a enfrentarse a Gran Bretaña, Austria, Nápoles, Suecia y Rusia, que respondieron a las provocaciones francesas formando la tercera coalición en 1805.

Francia y Gran Bretaña se enfrentaron por motivos hegemónicos. Napoleón no podía hacerse dueño de Europa si no derrotaba a Inglaterra, y ésta tenía que evitar que Francia rompiera el equilibrio continental. Tras la ruptura de la paz de Amiens, apenas hubo movimiento entre las dos potencias hasta la decisiva batalla de Trafalgar, que destruyó el sueño y proyecto napoleónico por invadir la isla.

Napoleón ordenó la construcción de dos mil barcos, con el convencimiento de que la travesía contra Inglaterra era posible. Para tener éxito en esta empresa bastaba con atraer la flota británica fuera del Canal de la Mancha durante tres días e incluso uno solo. Entonces, Napoleón podría pasar 130.000 soldados y el pueblo británico -según los cálculos del emperador- recibirían con los brazos abiertos a sus libertadores. Pero Bonaparte infravaloró el apoyo social de las autoridades británicas y la mala imagen que la Revolución francesa tenía en Inglaterra. Sus mismos almirantes no eran tan optimistas.

La armada francesa se encontraba bloqueada en Tolón y Brest. Napoleón ordenó al almirante Villeneuve que atrajera a los británicos hacia las Antillas americanas, pero éste no logró llegar a la cita con los demás almirantes franceses, que debían reunirse con Villeneuve en el Atlántico, por lo que se refugió en el puerto español de Cádiz. No quiso arriesgar la única gran flota francesa que todavía se mantenía fuerte. España era una aliada forzosa de Francia contra Gran Bretaña, por lo que puso también su flota al servicio de los intereses de Napoleón.

El César corso decidió concentrar sus esfuerzos en la lucha en tierra, venciendo a sus enemigos austriacos en varias batallas. El almirante Villeneuve, enardecido por las victorias de su superior, el 21 de octubre de 1805, decidió salir a alta mar con las dos flotas para enfrentarse a los británicos. Se encontraron en Trafalgar donde la escuadra franco-española fue derrotada por la británica, aunque, al menos, consiguió eliminar al almirante Nelson.

Napoleón no valoró, en un primer momento, toda la tragedia del desastre, pero la situación era grave. Gran Bretaña era, más que nunca, dueña de los mares. Napoleón sólo podría vencerla aislándola del continente. Villeneuve, que había sobrevivido a la batalla, fue llamado por el emperador a París. Antes que presentarse ante él, prefirió suicidarse.

Contrarrestando este desastre, el César corso logró vencer a dos grandes ejércitos ruso y austríaco el 2 de diciembre de ese mismo año, en la batalla de Austerlitz. La victoria de Napoleón fue un triunfo de su sistema de mando centralizado. Esta fue la primera ocasión en que el emperador logró el mando indiscutido del ejército francés, sin ser molestado por políticos impacientes o por pendencias de otros generales. La campaña representaba el triunfo de un plan estratégico de conjunto, radicalmente diferente de la estrategia fraccionada empleada por sus enemigos.

La dirección de la batalla por Napoleón demostró las mismas cualidades que su plan de campaña. Los aliados tuvieron muy pocas probabilidades, incluso antes de que se disparase el primer cañonazo; sucumbieron a un insidioso espejismo y se lanzaron al ataque sobre un enemigo que creían al borde del colapso. A su magistral plan de engaño, Napoleón añadió un formidable esquema táctico, basado en la concentración de fuerzas en un punto decisivo, que rápidamente desordenó por completo la maquinaria de rusos y austríacos. Los aliados no previnieron ninguna medida de defensa contra un posible ataque francés en el Pratzen y las fuerzas que comprometieron en el sur no supieron moverse en un terreno pantanoso y abrupto. Además, frente al Estado Mayor francés, los aliados tuvieron un alto mando desorganizado, con jefes de cuerpo de dudosa calidad, que, en realidad era el marchamo del ejército austro-ruso.

La batalla de Austerlitz se libró en el aniversario de la coronación de Napoleón. Esta victoria en territorio austriaco le aseguró la supervivencia de su Imperio y conquistó para la Grande Armée un papel que había de conseguir durante casi diez años, de un peso decisivo en el equilibrio de fuerzas. Todo parecía indica que las legiones romanas habían resucitado en el ejército napoleónico.

Tras Austerlitz, Napoleón organizó Europa en torno al Imperio. En Italia, el reino de Nápoles, una vez destronados los Borbones pro británicos, se impuso en el trono a José Bonaparte. Realmente, sólo respetó a Pío VII como jefe de sus Estados, aunque Civitavecchia y Ancona permanecieron ocupadas por fuerzas francesas. En Alemania, Napoleón reorganizó sus territorios. Dieciséis príncipes de la Alemania del Este y Sur se separaron de la fidelidad al emperador Francisco II y formaron la Confederación del Rhin, bajo protectorado francés, con lo cual se puso fin al Sacro Imperio Romano Germánico, se estableció un contrapeso efectivo al poder de Austria y las tierras alemanas se llenaron de nacionalismo, el cual abriría el camino hacia su unidad futura.

La República Bátava se convirtió en el reino hereditario de Holanda, en cuyo trono fue colocado Luis Bonaparte hasta 1810, en que fue integrado al Imperio. Todos estos territorios quedaron como Estados federativos del Imperio Francés, organizados, jerarquizados y unidos por los peculiares pactos de familia de los Bonaparte. A final de año, sólo Gran Bretaña era el principal obstáculo para sus planes de hegemonía europea.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.